Hormigas sobre la moral

A propósito de Degenerado, la nueva novela de Ariana Harwicz.
Ismael Rimoldi

¿Cómo será sentir una montaña de hormigas carniceras abalanzarse sobre uno? Sentirlas que se meten bajo la ropa, que nos clavan un millón de mandíbulas y que son tantas que la lucha es inútil. Al cabo de una hora, suponiendo que el corazón aún nos siga latiendo, ¿seguirá doliendo algo? Y mientras siguen devorándonos las carnes, ya sin ninguna reacción muscular pero con el maldito cerebro aún vivo, ¿qué se nos pasaría por la cabeza? ¿Nos serviría de consuelo algún pensamiento? ¿Alguna autovaloración del tipo “de todas formas fuiste un buen muchacho” o “al menos esta vez yo no tuve la culpa”?

Como si nos atacara con un lanzador de hormigas de esa misma especie, en su nueva novela Ariana Harwicz (Buenos Aires 1977, desde 2007 radicada en Francia) nos tira a la cara un aluvión de imágenes que en segundos nos están rapiñando lo más gordo del corpus moral que, queramos o no, nos constituye. Al menos eso parecen querer hacer, en un sentido, las palabras, vociferaciones, consideraciones alucinadas del nuevo personaje creado por una autora que ya se incrustó en el inconsciente de miles de lectores con su tríptico de mujeres alienadas por el clásico vínculo heterosexual y la maternidad (Matate, amor, 2012; La débil mental, 2014; Precoz, 2015; todos editados por Mardulce).

Pero esta vez la cabeza que sigue hablando en un cuerpo que ya no tiene retorno es la de un hombre. Un viejo. Que ni siquiera es padre, o al menos no se sabe si tuvo progenie alguna vez. Pero por qué no. Si podría ser un abuelo como tantos de esos de los que no se tiene noticia, hasta que se la tiene. El título y la ilustración de portada –que generó su polémica en la misma concepción de la edición– anticipan la calificación de novela no apta para todo público y nos describe al protagonista: Degenerado.

¿De cuántos degenerados hemos estado teniendo noticias últimamente? Al menos a un par ponemos en la categoría sin dudas. Días antes de que el libro de Harwicz saliera a la calle (en simultáneo en España y en Argentina, gracias a la impresión nacional por la que bregó la autora, realizada por convenio entre Anagrama y la distribuidora local, Riverside Agency), los medios argentinos empezaron a titular y describir hasta el morbo la historia del pediatra del Hospital Garrahan, detenido luego de incautarse su celular y otros dispositivos a la luz de una investigación internacional sobre una red de producción y circulación de imágenes porno de infantes y abuso de menores.

Debe ser el delito tipificado penalmente que mayor condena social genera, además de repulsión e incomprensión. Genera odio. Nadie duda en pedir la mayor de las penas legales a quien es capaz de someter a un niño o niña ni perdonaría nunca a quien es capaz de violar su intimidad e inocencia. Por fuera de la legalidad, muchos aplicarían –y aplican- el peor de los escarmientos sobre quienes traspusieron el último límite de lo que consideramos una conducta verdaderamente humana.

Pero Harwicz es escritora, no está explayándose sobre una temática puntual para el posterior análisis de peritos policiales ni pudo calcular que justo iba a publicar algo que encontraría eco en los noticieros. A lo sumo uno podría imaginar que, como escritora, sabe que en este mundo todo lo peor sucede todo el tiempo. Que lo peor para la ley y la moral no lo es para la cabeza de muchos. Que el hecho de vivir contiene también aquello que condena a la propia vida, que la mata o que la enloquece, como otra forma incluso más oscura que la propia muerte.

Si se quiere encontrar en la ficción más cercana algún relato directamente involucrado con la temática en boga de la crónica policial de estos días, bien vale la pena mencionar aquí a Fuera de lugar, la novela negrísima de Martín Kohan que parece haber sido premonitoria, aunque también se trata de un ejercicio narrativo, de la red que se estaría destapando en la realidad. Tan sólo por mencionar a otro autor argentino adoptado por Anagrama y que, justamente, presenta Degenerado, junto a la autora, de visita en Buenos Aires, y a Flor Monfort.

Pero lo que hace esta Harwicz en estado puro –relato sin respiro, delirio que shockea, gramática alucinada en una voz trastornada que alcanza una poética siniestra– es enfrentarnos con el peor de los monstruos que está entre nosotros y que hemos ayudado a crear, al menos quienes hayamos vivido parte del siglo XX. Un simple vecino que habita, en este caso, entre un nosotros de un pueblo francés, menuda locación para recordar a Céline y mofarse de los hipócritas que lo han leído. Claro que hay escalas. Sin embargo sabemos que hitos del horror humano como los campos de concentración, los pogroms, lo gulags o los vuelos de la muerte sirven para denunciar la segregación y la demencia de las obediencias debidas allí cuando germinan en cualquier momento. Al mismo tiempo, es sabido, esos sucesos nos ponen en evidencia como comunidad, como lo que somos capaces de hacer en grupo, de acordar e impulsar, aunque más no sea temporalmente, o de intentar acallar de la memoria luego de los hechos.

Aquí en Degenerado el hecho parece ya haber sucedido. Tanto el hecho generado por él, como la historia del siglo que lo degeneró a él. Esto la diferencia, también, de Matate, amor, la primera novela de Harwicz –de culto para miles de seguidores, condición que fue reafirmada con el tremendo unipersonal de Érica Rivas dirigido por Marilú Marini, que agotó entradas función tras función en 2018 y podría haber seguido haciéndolo–, en la que la autora nos tenía en vilo ante cuchillos que se afilaban para preparar la cena familiar. Ahora el suspenso de estas 120 páginas queda del lado del lector, que pasa a ser otro de los vecinos o conciudadanos del tribunal popular que quedará formado. El menor o mayor grado de empatía con el viejito vecino quedará por cuenta de cada uno –aquí no están esas madres pre revolución feminista–, ya que lo que trama el relato y el monologuismo del protagonista es un camino inevitable de juzgamiento, hasta los bordes de un foso que nos asoma a los restos de la estructura moral, si es quedó algún hueso de ella en el punto final.

Harwicz –nominada al Man Booker International en 2018, un año después de su compatriota Samanta Schweblin, junto a quien integra, con Mariana Enríquez, esta suerte de camada reciente de escritoras argentinas noir o góticas que se están traduciendo al mundo– retoma también, para regocijo nuestro, lo que parece ser su dispositivo esotérico de escritura: como si fuera una médium literaria, la autora escribe como poseída por el demonio que habita en sus personajes. Ellos nos hablan a través de lo que la autora escribe. Ellos le dictan todo lo que les pasa, y nosotros nos quedamos solos frente al monstruo que nos habla. Una cabeza parlante, un cerebro aún activo que nos dispara palabras aún después de que todo el resto de su ser, o del nuestro, ya ha sido degradado.

Es un dispositivo jugado. Harwicz sigue asumiendo el mismo riesgo de sus novelas anteriores sin medirlo, no porque le resulte gratuito llegar hasta los extremos, sino porque no concibe la escritura sin esa libertad. Explora en Degenerado hasta el límite de las posibilidades un nudo y un estilo, para consolidar su marca propia, y a la vez se aleja de los tópicos de su primer tríptico. Celebramos entonces la nueva apuesta de esta autora y también la de una editorial que, en su cincuenta aniversario, la suma a su catálogo con el mismo espíritu de búsqueda que le dio origen.

 

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Ismael Rimoldi. Nació en Córdoba, reside en Buenos Aires. Periodista y lector compulsivo.

Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) estudió Guión Cinematográfico, Dramaturgia, Artes del Espectácu­lo y Literatura Comparada. Ha publicado las nove­las Matate, amor (Premio al Mejor Libro del Año de La Nación, nominada en su versión inglesa, Die, My Love, a los premios Republic of Consciousness y Man Booker International 2018 y en su versión alemana, Stirb doch, Liebling, al Internationaler Literaturpreis 2019), La débil mental, Precoz y, en colaboración con Sol Pérez, el ensayo Tan intertextual que te desmayás. Sus libros se han traducido al alemán, árabe, croata, francés, georgiano, hebreo, inglés, italiano, polaco, por­tugués, rumano y turco, y se han convertido en obras teatrales representadas en España, Argentina, Ecua­dor, Uruguay e Israel. Vive en Francia desde el año 2007.

 

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