Amor imperecedero

Clarice Lispector

Todavía me siento un poco perdida en mi nueva función con eso que no puede llamarse propiamente crónica. Y, además de ser neófita en el asunto, también lo soy en materia de escribir para ganar dinero. Ya trabajé en prensa como profesional, sin firmar. Al firmar, sin embargo, me vuelvo automáticamente más personal. Y siento un poco como si estuviera vendiendo mi alma. Hablé de esto con un amigo que me respondió: pero escribir es un poco vender el alma. Es cierto. Aun cuando no sea por dinero, una se expone mucho. Por más que una amiga médica lo haya objetado: argumentó que en su profesión da su alma toda, y no obstante cobra dinero porque también necesita vivir. Les vendo, pues, a ustedes, con el mayor placer, una cierta parte de mi alma —la parte para la charla del sábado.

Sólo que, por neófita, todavía la elección de los temas me confunde. En este estado de ánimo me encontraba cuando estaba en la casa de una amiga. Sonó el teléfono, era un amigo en común. Hable también con él, y, es claro, le conté sobre mi tarea de escritura de todos los sábados. Y de pronto le pregunté: “¿qué es lo que más le interesa a la gente? Digamos a las mujeres”. Antes de que pudiese responderme, oímos del fondo de la enorme sala a mi amiga que respondía en voz alta y espontánea: “El hombre”. Nos reímos, pero la respuesta era seria. Y con un poco de pudor me veo obligada a reconocer que lo que más interesa a la mujer es el hombre.

Pero que esto no nos suene a humillación, como si se nos exigiera tener en primer lugar intereses más universales. No nos sintamos humilladas, pues si le preguntáramos al mejor técnico del mundo en ingeniería electrónica qué es lo que más le interesa al hombre, la respuesta íntima, inmediata y franca será: la mujer. Y cada tanto es bueno que recordemos esta verdad obvia, por más vergüenza que nos dé. Preguntarán: “pero en materia de personas, ¿no son los hijos lo que más nos interesa?”. Eso es otra cosa. Los hijos son, como se dice, nuestra carne y nuestra sangre, y ni se habla de interés alguno. Es otra cosa. Tan otra cosa que cualquier niño del mundo es como nuestra carne y nuestra sangre. No, no estoy haciendo literatura. Hace unos días me contaron de una niña semiparalítica que necesitó vengarse rompiendo un jarrón. Y toda la sangre me dolió. Era una hija colérica.

El hombre. Qué simpático es. Menos mal. ¿Es él nuestra fuente de inspiración? Sí. ¿Es nuestro desafío? Sí. ¿Es nuestro enemigo? Sí. ¿Es nuestro rival estimulante? Sí. ¿Es nuestro igual al mismo tiempo por completo diferente? Sí. ¿Es lindo? Sí. ¿Gracioso? Sí. ¿Es un niño? Sí. ¿También un padre? Sí. ¿Nos peleamos con él? Lo hacemos. ¿Podemos seguir sin el hombre con quien nos peleamos? No. ¿Somos interesantes porque al hombre le gustan las mujeres interesantes? Lo somos. ¿Con el hombre tenemos los diálogos más importantes? Sí. ¿Es el hombre irritante? También. ¿Nos gusta que nos fastidie? Nos gusta.

Podría seguir con esta lista interminable hasta que el director me ordene parar. Pero creo que nadie me mandaría detenerme. Creo que toqué un punto neurálgico. Y, por ser un punto neurálgico, cómo nos duele el hombre. Y cuánto le duele la mujer al hombre.

Con mi manía de viajar en taxi, entrevisto a todos los choferes con quienes viajo. Hace unas noches viajé con un español muy joven, de bigotito y mirada triste. Palabra va, palabra viene, me preguntó si yo tenía hijos. Le pregunté si también él los tenía, y me contestó que no estaba casado, que jamás se casaría. Y me contó su historia. Hace catorce años amó a una joven española, en su tierra. Vivía en una ciudad pequeña, con pocos médicos y recursos. La joven enfermó, sin que nadie supiera de qué, y en tres días murió. Murió consciente de que moriría, prediciendo: “Voy a morir en tus brazos”. Y murió en sus brazos, pidiendo: “Que Dios me salve”. El chofer durante tres años apenas si podía alimentarse. En la ciudad pequeña todos sabían de su amor y querían ayudarlo. Lo llevaban a fiestas, donde las muchachas, en lugar de esperar que él las sacara a bailar, le pedían que bailara con ellas.

Pero de nada sirvió. Todo el ambiente le recordaba a Clarita —éste era el nombre de la muchacha muerta, lo cual me asustó pues es casi mi nombre y me sentí muerta y amada. Entonces resolvió salir de España, y sin siquiera avisar a sus padres. Se informó de que sólo dos países en ese momento recibían a inmigrantes sin exigir visa: Brasil y Venezuela. Se decidió por Brasil. Aquí se hizo rico. Tuvo una fábrica de zapatos, la vendió después; compró un bar-restaurante, lo vendió después. Es que nada le importaba. Decidió transformar su auto de paseo en taxi y se hizo chofer. Vive en una casa en Jacarepaguá, porque “allá hay cascadas de agua dulce (!) que son lindas”. Pero en estos catorce años no logró querer a ninguna mujer, y no tiene “amor por nada, todo me da lo mismo”. Con delicadeza el español dio a entender que no obstante la saudade cotidiana que siente por Clarita no detiene su vida, que consigue tener relaciones y cambiar de mujeres. Pero amar —nunca más.

Bueno. Mi historia termina de un modo un poco inesperado e inquietante.

Estábamos casi llegando a mi destino, cuando habló de nuevo de su casa en Jacarepaguá y de las cascadas de agua dulce, como si existiesen de agua salada. Dije medio distraída: “Cuánto me gustaría descansar unos días en un lugar como ése”.

Pues hete aquí que era lo que no debería haber dicho. Porque, con riesgo de meter el coche adentro de alguna casa, súbitamente giró la cabeza hacia atrás y exclamó con la voz cargada de intenciones: “¡Si usted lo quiere, puede venir!”. Nerviosísima con el repentino cambio de clima, me oí contestándole apurada y en voz alta que no podía porque tenía que operarme e “iba a estar muy enferma (!)”. De ahora en adelante sólo entrevistaré a los choferes muy viejitos. Pero esto prueba que el español es un hombre sincero: la intensa saudade por Clarita no detiene su vida.

El final de esta historia desilusiona un poco a los corazones sentimentales. A muchos les gustaría que ese amor de catorce años detuviese, y mucho, su vida. La historia sonaría mejor. Pero no puedo mentir para contentarlos. Y además me parece justo que su vida no resulte completamente detenida. Ya basta con el drama de no lograr amar a nadie más.

Olvidé decir que él también me contó historias de negocios y de desfalcos —el viaje era largo, el tránsito pésimo. Pero encontró en mí oídos distraídos. Sólo lo que se conoce como amor imperecedero me había interesado. Ahora estoy recordando vagamente lo del desfalco. Tal vez, si me concentro, lo recuerde mejor, y lo cuente el próximo sábado. Pero creo que no es interesante.


Clarice Lispector. (Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977). Considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la generación del 45 brasileño. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un "no-estilo". Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, como La pasión según G.H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.


Imagen Daniel Blaufuks

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