Los dioses

Un cuento de Ednodio Quintero

Enclavada en lo alto de la montaña, protegida por riscos, fosos, farallones, la ciudad, prácticamente aislada del mundo exterior, se bastaba a sí misma y consumía su espíritu en el ejercicio de una religiosidad exacerbada. Mendigos, charlatanes y saltimbanquis, farsantes, predicadores y traficantes de ídolos, asolaban las calles empinadas y los callejones sombríos con el guirigay de sus pregones y de sus disputas. A pesar del aislamiento geográfico que hacía obligante una promiscuidad varias veces centenaria, los ciudadanos no habían logrado ponerse de acuerdo en una fe única y perdurable que colmara sus inquietudes y satisficiera a plenitud sus anhelos de trascendencia metafísica. Acaso la cercanía del cielo es que sus creencias estaban signadas por el fanatismo, la fugacidad y el desapego.

Un viajero extraviado que se adentrara tras aquellos muros, se asombraría hasta el escándalo de la facilidad con la cual los montañeses adoptaban con devoción y luego condenaban al olvido a sus múltiples dioses. Si un halcón surcaba el cielo rumbo a occidente, la multitud rugía. El temor y el espanto se apoderaban de los corazones, pues volar en dirección al poniente era un presagio inequívoco de muerte. Al día siguiente, la figura de aquel pájaro presidía las ceremonias más solmenes. En su honor se levantaban estatuas, se bordaban estandartes, se imprimían himnos de alabanza, libros de horas y cantos con acento virgiliano. Los designios del dios alado eran conjurados mediante sacrificios que incluían, por lo general, un cordero blanco, alguna fiera capturada en los bosques cercanos y un primogénito recién nacido. A nadie extrañaba, sin embargo, que esta misma tarde la multitud se prosternase ante un cerdo salvaje en las arenas sucias de un anfiteatro en ruinas. Y que al anochecer, una procesión de encapuchados portadores de antorches paseara en silla de manos, bajo un palio de terciopelo y oro, a una muchacha desnuda embadurnada en miel, y que todos, sin excepción, quisieran tocar su sexo lacio y milagroso.

Así, un casquillo de caballo encontrado bajo la almohada de un moribundo se convertía en preciado talismán por cuya posesión se libraban verdaderas batallas. Las voces de un herido abandonado en un portal finiquitaban la contienda desplazando la atención hacia un sapo verdoso que daba extraños saltos en la penumbra de un corredor. Acudían en tropel intérpretes que iban dibujando, sobre papeles de seda y con meticulosidad de joyeros, las curvas trazadas en el aire por el torpe animalejo. La dicha o la desgracia de algún hombre podía estar inscrita entre las líneas de aquella figura enrevesada.
En el fragor de un rito sangriento, el más leve cambio en las formas de las nubes convertía al verdugo en víctima propiciatoria. Los piojos de un criminal elevado a los altares eran subastados en medio de una algarabía de posesos. Los oficiantes de algún culto vespertino parecían apaleados por sus fieles seguidores al anochecer. Alimañas anidaban en los tabernáculos. Y una taberna maloliente, refugio de tahúres sedentarios y rateros trashumantes, podía ser consagrada como santuario. Abundaban los brebajes, las pociones mágicas y los sahumerios. En algunas ocasiones, la sangre seca de perra se cotizaba en el mercado negro a precios superiores a los de la sal, el incienso y el oro. El más idiota se declaraba dueño de la piedra filosofal. Los poetas herméticos gozaban del aprecio general, pues nadie, hasta la fecha, había logrado descifrar sus arcanos. La heráldica, por el contrario, había caído en franco desprestigio: se la consideraba como una ciencia decadente y barroca, reservada a los melancólicos y los suicidas.

No obstante, aquella profusión de supersticiones no era más que la expresión desmesurada, tal vez cándida, de unos seres inquietos, ávidos e insatisfechos, que aspiraban ver realizados sus anhelos en los vastos espacios del espíritu.

***
A media mañana, un día soleado de principios de abril, llegó a la ciudad un dios verdadero. Vestía túnica blanca ribeteada con hilos de oro, calzaba sandalias de cuero y se apoyaba con soltura en un báculo de marfil. Su larga cabellera negra y su barba de un amarillo herrumbroso conferían a su rostro dulce y alargado un resuelto aire de dignidad. La sonrisa leve de sus labios expresaba a un mismo tiempo ternura y determinación, y en sus ojos ardía el fuego de innumerables soles. Luces sesgadas le golpeaban la frente y un vientecito suave le agitaba la túnica y la cabellera. A pesar de la fatiga, con pasos seguros cruzó el umbral de la Gran Puerta y avanzo decidido por la amplia calzada que conducía al centro de la ciudad.

El dios se proponía librar la ciudad de falsarios, pestes y calamidades. Mohanes, truhanes y holgazanes levantarían sus tiendas de lona enmohecida y huirían como ratas en sus chirriantes carromatos. Y la última zahorí, vituperada, partiría rumbo al desierto en compañía de algún músico ciego o de un titiritero. Nadie se atrevería a poner en duda los atributos del dios. Sin embargo, con cierto aire de preocupación que se reflejaba en su rostro, el caminante pensaba en el estupor de aquella pobre gente que no aguardaba su llegada. Había olvidado –pues el olvido es también privilegio de los dioses- enviar alguna señal premonitoria. Habría bastado una lluvia de azufre o un ángel con trompeta. Muy distinto sería el paisaje si el dios se hubiera anunciado mediante algún prodigio. Estos muros desnudos lucirían engalanados con guirnaldas trenzadas entre sí por cintas de seda, y una alfombra de terciopelo escarlata cubriría la ardiente calzada. De los balcones colgarían bambalinas, faroles y banderas, y en las esquinas se levantarían arcos de bambú adornados con ramas de laurel, flores amarillas y aromáticas enredaderas.

Cirios pascuales, velas de sebo y lámparas votivos arderían en chozas, templos y portales. Y al paso del dios, una llovizna de pétalos iría cubriendo sus pisadas; y se escucharían lamentos de flauta, campanas al viento, petardos, aplausos y fanfarrias. Mujeres enloquecidas, ciegos y leprosos, obesas matronas y fornidos guardianes, a empujones y codazos se acercarían a contemplar el rostro del recién llegado, se conformarían con una sola mirada, acaso con besar el borde gastado de su túnica. En fin, aquel pueblo de montañeses idólatras daría lo mejor de sí mismo y ofrendaría al dios con llaves de oro, pergaminos, bufandas y sombreros, frutas de la estación y peces ahumados.

¿Y si algún desventurado no lo reconociera? El dios avanza, presuroso, como un pastor que busca sus ovejas extraviadas en algún oculto vallecito entre las rocas. Su figura de peregrino proyecta una sombra larga y vacilante sobre los ladrillos de la calzada. Y de repente su rostro se ilumina, pues allá en el fondo ha vislumbrado unas siluetas moviéndose entre los árboles. Hombres en mangas de camisa y muchachas con flores en el pelo se pasean en las cercanías de una fuente. Parejas sentadas en bancos de madera se acarician las manos mientras intercambian suspiros y confesiones en voz baja. Desde la cima de un fragante árbol del paraíso, un niño de ojos oscuros tararea una melodía de las montañas y otea el horizonte. ¿Y si uno solo de aquellos infelices, con el corazón lleno de soberbia, tuviera el coraje de negarlo? Lo fulminaría con la mirada y le arrojaría a la cara las credenciales selladas y lacradas en las que se demuestra la esencia misma de su deidad.

Cerca de la verja de metal oxidado que rodea el parque, el dios reposa apoyada en su báculo de marfil. Ensaya mentalmente una fórmula de saturación, y con la mano izquierda aprieta contra su pecho agitado las insignias de su poder.

Al anochecer del mismo día de su llegada, el dios abandonó la ciudad. Lo habían reconocido, sí. Y le ofrecieron agua fresca para calmar su sed, y compartieron con él sus raciones de pan, miel y queso de cabra. A la hora de la siesta, un hombre de hermosa cabellera le ofreció su hamaca, y una muchacha de mejillas sonrosadas veló su breve sueño. Debió soñar con algún manantial o una gacela. Aliviado de la fatiga, se levantó y emprendió el camino de regreso. Comprendía que su presencia entre aquellos seres era innecesaria. Hastiados de dioses, habían vuelto los ojos hacia el fondo de sus corazones y habían reconocido en ellos sui propia divinidad.


El escritor Ednodio Quintero nació en 1947, en Las Mesitas (Trujillo), un lugar agreste de la alta montaña de los Andes venezolanos. Es considerado uno de los más grandes narradores de Hispanoamérica. Entre sus obras destacan: La muerte viaja a caballo (1974), La danza del jaguar (1999), Mariana y los comanches (2004), Combates (2009) y El hijo de Gengis khan (2013).
Los dioses es un cuento de Los mejores relatos. Visiones de Kachgar (2006)

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