Hombre al agua

Jorgelina Etze

Nuevas formas crecen
Son tan atractivas
Quiero descansar de todo ayer.
“Hombre al agua” Soda Stereo


Recuerdo el susto.
Y el frío. Un frío punzante. Como si miles de alfileres me perforasen la piel, los ojos, la sangre.
Pero la caída no. La caída no la recuerdo.
Bueno, ahora sí la recuerdo. Pero al principio no. La caída había desaparecido de mi memoria.
Luché, claro. Y traté de entender. Pero solo podía pensar en “Hombre al agua” y la canción sonaba en mi cabeza como un mantra.
Mientras pataleaba intentando mantenerme a flote, noté el silencio. Un silencio espeso, apretado, pastoso. Un silencio que se pegaba en la piel y que envolvía. Que se tragaba, incluso, los sonidos de aquella lucha desesperada.
Al final, agotado, me abandoné a la corriente. Total, en esas circunstancias, mi destino ya no estaba en mis manos.
Nadie tiene el destino en sus manos, la verdad. Vamos tomando decisiones a ciegas. Tanteando en la oscuridad cuando, para ser honestos, nada depende de nosotros.
Tal vez me resigné porque, en realidad, sentí que no estaba tan mal eso de ir a la deriva. La experiencia podía convertirse en una aventura extraordinaria. ¿Iban a encontrarme alguna vez? ¿Llegaría a una tierra lejana? ¿Qué era esa eterna noche?

Cada tanto veía luces.
Algunas eran muy intensas. Parecían reflectores. Entonces tenía la seguridad de que iban a encontrarme. ¡Si se hubieran movido un poco! Si hubiesen logrado enfocarme…
Pero siempre quedaba al límite de aquella luz. La arañaba, la acariciaba, trataba de tocarla y no podía. La luz, cegadora, se escapaba entre mis dedos como arena o como agua. Se escurría y, después, siempre quedaba solo y flotando en la oscuridad.
Otras veces, muchas veces, las luces eran tenues. Fugaces. Podrían haber sido estrellas o luciérnagas. Chispas que se perdían en el viento.
Tal vez ni siquiera eran luces. A lo mejor eran recuerdos. Fantasmas. Rastros de otras luces. De otros tiempos. Destellos que me recordaban que estaba vivo, que, a pesar de todo, que, en contra de todas las probabilidades, yo seguía latiendo.


Una vez escuché voces. No podía ver nada, pero sabía que estaban ahí. Muy cerca.
Supuse que provendrían de algún barco que navegaba en la zona. Porque tenía que haber barcos, ¿no?
Sí. Las voces venían de un barco. Tenían que venir de un barco.
La alternativa de que hubiera otros como yo, abandonados a la corriente, me aterraba.
Las voces se oían desesperadas. Mejor dicho, una de las veces se oía desesperada. Era la voz de una mujer mayor, casi una anciana.
Sé que insistía en algo, pero no recuerdo en qué.
La otra voz era fría, firme, calma.
─Es un reflejo ─decía─. Nada más.
Fue entonces que la mujer lloró. Pero ya no escuché más. No pude porque las voces se perdieron. Se alejaron.
Y volví a quedarme solo.

Mientras flotaba no tenía memoria de lo que había dejado atrás.
Eso estuvo bien. Si por un tiempo no hubiera olvidado, habría enloquecido: no tengo dudas.
A medida que me adaptaba, que me convertía en hombre/pez, los recuerdos se iban deshaciendo. Se fundían en una niebla opaca que me daba tranquilidad, que me narcotizaba al ir descubriendo mis formas nuevas.
A pesar de la oscuridad, veía claramente. Me sorprendió mi capacidad de ver en la noche. Podía verlo todo. Todo.
Sospeché que no era con mis ojos con lo que veía. La idea me pareció ridícula y la descarté de inmediato.
Levanté la mano. Brillaba. Brillaba como las escamas de los peces o como la pirita en el lecho de los ríos cuando le pega el sol.
Mis manos aún eran mis manos. Mis dedos eran dedos y no había membranas. Pero estaban traslúcidas. Y podía ver los huesos, los nervios, las venas.
Noté, fascinado, el temblor imperceptible de la sangre al fluir. Y una iridiscencia en la piel que, estoy seguro, antes no estaba ahí.
Algunas algas jugaron con mi cara, me hicieron cosquillas. Quise alejarlas pero no pude: las tenía enredadas en el pelo. ¡Eran mi pelo!
Hipnotizado observé a mis rulos flotando alrededor.
Parecían humo en el agua cuando se enroscaban y desenroscaban mientras flotaban a mi lado.
No sé por qué, mi cabeza vegetal me hizo reír.
Entre las algas de mi pelo y el tornasol de mi piel, sentí que me convertía en un ser mágico o, tal vez, mitológico.
Imaginé que me convertía en un tritón y, entonces, sentí una tibieza nueva. Una calidez extraña pero confortable.
El líquido me protegía, me preservaba y, a medida que pasaba el tiempo, descubrí que casi no necesitaba respirar. Tampoco comer.
Flotaba envuelto en un capullo y, supuse, que así debía sentirse uno mientras crecía en el vientre materno. Con todas las necesidades satisfechas, conectado al mundo y a la vida por un hilo.
¿Dónde estaría ese hilo ahora? ¿A qué ancla me encontraría sujeto para no desaparecer?
Mi olfato también cambió. Se hizo más agudo, más sensible. La eternidad tiene un olor mineral que se instala en el agua y en las piedras.
Nunca lo había sentido antes, pero, desde mi viaje, nunca dejé de notarlo.
También percibía otros olores. A veces, a flores. A veces, a químicos. Y siempre un olor nuevo que no podía identificar.
Ahora sé que ese es el olor de la tristeza.

Una sola cosa me hacía falta en aquellos días. Extrañaba el contacto físico. Lo añoraba, lo necesitaba con desesperación.
Precisaba el toque de otro ser humano. Algo que me recordara que yo seguía siendo. Que todavía no me había convertido en agua, en plancton o en oxígeno.
Me hacía tanta falta el contacto que, algunas veces, tuve la sensación de que me tocaban. De que me acariciaban la mejilla, la frente o el pelo.
Se trataba de algo sutil, efímero como el toque de una mariposa, pero ahí estaba. Y me daba consuelo.
En una ocasión, sentí que me sostenían de la mano. Como si alguien no me quisiera dejar ir. Como si con eso intentaran regresarme a algún sitio, a algún tiempo.
Pero nada cambiaba: yo seguía flotando.
¿Cómo había llegado a ese lugar? ¿Por qué?

No sé cuánto duró el viaje. Fue un tiempo indefinido que yo percibía tan eterno como fugaz.
A veces, creo que fueron meses, años tal vez, de viajar abandonado a la corriente. Otras veces, en cambio, estoy seguro de que tan solo fue un instante.
No lo sé. Tal vez nunca lo sepa y, la realidad es que no importa. No importa si fue un siglo o un parpadeo. Fue una experiencia mística, haya durado lo que haya durado.

Y en un día como cualquier otro o, tal vez, en un instante como cualquier otro, la negrura por fin cedió.
Vi formas nuevas que dibujaban la silueta de una ciudad donde el cielo se terminaba. Y, atrás de lo que parecían edificios, como si a lo lejos un fuego verde ardiera arrasándolo todo, se veía un resplandor que atraía.
Que llamaba.
De pronto, ya no me sentí a la deriva. Mis piernas se transformaron en un timón y mi corazón, o tal vez mi cabeza, fijó el rumbo.
A medida que me acercaba, que las formas se definían y que los colores se afirmaban, se afianzaba en mí una certeza: tenía que ir a esa ciudad, alcanzar esa costa.
Sabía, como se saben ciertas cosas, que todo aquello tenía un sentido. Y que era real.
Era real.
Fue entonces cuando empezaron a prenderse luces en la costa. Una a una comenzaron a encenderse, a brillar.
Eran faros. Cientos de faros marcando el camino que me llevaría al otro lado, a mi nueva casa.
Y, entonces, amaneció.
Y abrí los ojos.
Y mi cuerpo ondulaba sobre las olas que, inexorablemente, me arrastraban a la playa. A esa playa vacía y refulgente que se abría frente a mí como una promesa.
Y los faros gatillaron la memoria.
Y recordé todo. Todo.
Las luces, los estadios repletos, los viajes, los acordes, los gritos, los flashes.
Recordé el amor amarillo, la ciudad de la furia, el picnic en el 4° B y tu corazón delator.
Recordé una luna roja, los signos, el rito.
Y recordé lo que sangra.
Y el dolor de cabeza, ese terrible dolor de cabeza. Y las sirenas.
Y la caída. ¡Por fin pude recordar la caída!
La costa se acerca. Casi puedo tocarla.
Ya no floto, no. Ahora mis piernas me sostienen en este otro lado.
Mis pies se acostumbran. Pisan esta arena fina que no es fría ni caliente. Que es suave, perfecta, brillante.
Y eterna.
Salgo del agua y un sol diferente calienta mi piel. Esta piel que hasta ahora estuvo fría y transparente y que ahora parece nueva, renacida.
Miro atrás buscando algo. No sé qué. Al fin entiendo que ahí ya no hay nada. Nada para mí, al menos.
Sé que tengo que llegar al otro lado, que hay algo nuevo, que el camino sigue allá.
Y debe ser cierto porque alguien me llama.
─Gustavo ─escucho.
Y me reconozco.
Y entiendo.
“Hombre al agua” nunca fue un mantra. No.
Fue una premonición.
Todo el tiempo, todo aquel tiempo, fue una premonición.

 

 

***

Jorgelina Etze. Lomas de Zamora, 1974. Abogada, cuentista y novelista. Forma parte de “La Abadía de Carfax“, círculo de escritores de horror y fantasía. Dicta talleres de lectura y escritura creativa en Burzaco y en Adrogué, Buenos Aires. Publicó "No hay una sola forma de morir" (Ed. PasoBorgo 2013. Cuentos), "Cosas de chicos" (Ed. Altazor. 2016. Novela) y participón en "Cuentos de la Abadía de Carfax IV" (editorial PasoBorgo, 2015) y "Gracias Totales" Tributo narrativo a Soda Stereo (Ed. Altazor. 2017)

 

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