Letras

Sudestada

Inés Ulanovsky

Relato de LAS FOTOS 

 

Un trofeo de pesca, un suéter estilo Bariloche, un banquito y un vaso verde son los únicos objetos que Maia Gattás Vargas heredó de su padre. El vaso verde se lo dio su tía abuela, que murió a los noventa años. Él había vivido unos meses en su casa y ella afirmaba que ese había sido su vaso. La veracidad de esa información está en duda porque su tía abuela también veía duendes por todos lados. El suéter estilo Bariloche se lo dio su otra tía. Cuando Maia empezó a usarlo, su mamá le dijo que no recordaba haberlo visto antes. La abuela le dio un banquito de madera que según ella había construido su padre. Maia lo pintó para usarlo como mesa de luz. Al verlo terminado su mamá le dijo que “de ese banquito –ella– no tenía ni idea”.

Con el trofeo de pesca nunca hubo dudas. No tiene una chapita con el nombre grabado del ganador de la competencia pero esa estatuilla de bronce y mármol con la figura de un pez arqueado mirando hacia arriba era propiedad de Luis Andrés Gattás, su papá. También está la foto. El día que su mamá se la mostró por primera vez, le dijo que había sido especial para ella, tanto que la había mantenido guardada adentro de una biblia durante más de veinticinco años. La había sacado un amigo a orillas del Río de la Plata el 22 de septiembre de 1979. Al papá de Maia le encantaba pescar y ese era su lugar preferido en el mundo. Apenas la revelaron la hicieron bendecir por un cura. La foto se convirtió en un fetiche, en una especie de talismán, de estampita. En el reverso, habían escrito con birome azul: “Dios es amor y, el que ama permanece en el amor y Dios en él”. La tinta se fue borrando y aunque ahora solo se ve el surco de esas palabras marcadas en el papel, todavía es posible leerlas. En la foto están los padres de Maia abrazados y sonrientes con el Río de la Plata iluminado por el sol como único fondo. Algunos veleritos blancos parecen recortados sobre el horizonte, que es marrón pero también azul o posiblemente gris. En julio de 1986 nació Maia y dos meses después su papá salió a pescar con su amigo Alejandro. Fueron al río por la zona de Olivos en un Peugeot Azul. Tenían puestos pulóveres de lana gruesos y llevaban el equipo de pesca en un kayak. Unos prefectos que recorrían la zona los vieron entrando al río y fueron a advertirles que venía una sudestada. Un sitio especializado en fenómenos meteorológicos dice que “el primer indicio del comienzo de una sudestada lo da un descenso continuo de los valores de presión mientras el viento rota al sur y luego al sudeste. El cielo comienza a cubrirse con nubes medias y bajas. Cuando la presión disminuye, el viento aumenta en intensidad y comienzan a producirse lluvias continuas. La alineación del río con el viento también da lugar a fuertes oleajes que hacen peligrosa la navegación”. Volvieron al auto y se los vio alejarse. Al día siguiente empezó la búsqueda. La Prefectura, la Policía, los buzos salvamentistas, la familia, los amigos y los helicópteros. Todo el mundo los buscaba. La mamá de Maia estaba convencida de que a su marido lo había rescatado un barco pesquero japonés y que pronto recibiría una llamada de él desde algún país asiático. Con la idea de direccionar la búsqueda, contrataron a Federico Rosales, un parapsicólogo que les dijo que Luis iba a aparecer cerca de un águila. En esas horas también circuló la versión de que en realidad habían sido secuestrados y estaban en una casa en el Tigre. Sus amigos se organizaron y fueron a recorrer la zona en varios autos, con la ilusión de que eso fuera cierto. Después de cinco días de intensa búsqueda, la Prefectura recibió una llamada. El 24 de septiembre apareció un cuerpo en el río. Lo encontraron a varios kilómetros de la entrada por la que se supone que él y Alejandro habían ingresado. Luis Andrés Gattás –el papá de Maia– apareció flotando justo en el lugar de la foto feliz, a unos doscientos metros de un parador llamado “El águila”, que todavía existe. Ahora se llama “Águila club” y su web lo define como “un lugar diferente, con un estilo diferente”. Junto con el cuerpo, la prefectura le entregó a su familia una bolsa con sus objetos personales: el reloj de Luis, que no era sumergible pero que seguía funcionando, y un llavero de bronce con forma de ancla.

Maia es alegre. Nunca le tuvo miedo al agua, ni a la muerte, ni a las tragedias, pero el día que cumplió veintisiete años la invadió una tristeza rara, desconocida. No entendía por qué hasta que se dio cuenta. Ya era más grande que su papá, que al momento de morir tenía apenas veintiséis. En ese tiempo estaba obsesionada por entender qué lo había llevado a entrar al río a bordo de un kayak, sin salvavidas y con un aviso de sudestada. Cada vez que había una, se acercaba al río a filmarlas; a ver cómo eran, cuánto duraban; a sentir la intensidad del viento en la cara. También descubrió los diarios íntimos de su abuela y de su mamá. Con distintos estilos, las dos registraban todo. En el diario de ese año hay ocho páginas en blanco porque su mamá dejó de escribir el día que desapareció su papá. Cuando lo retomó, no escribió nada referido a su muerte. En el de su abuela encontró un registro minucioso de los días desesperados de la búsqueda.

 Sábado 20 de octubre: Verdaderamente todos creemos que lo que estamos viviendo y experimentando es una película o una pesadilla.

 Domingo 21: 2 hs della mattina. Estoy con Maia en la cocina, la tengo dormida dentro de su moisés. La cuido para que Marisa pueda dormir un rato. Ha sido una jornada agotadora. Muy cargada de emociones. ¡Dios mío! Los buscamos sin encontrarlos. Los vamos a encontrar sanos y salvos.

Lunes 22: 21 y 25 hs. Otra jornada agotadora! Fui a S. Isidro con Susy y tomé contacto con la realidad. Hablamos con el prefecto de la zona. Fuimos a un parapsicólogo. Debemos esperar hasta mañana... Incertidumbres, corridas, idas y vueltas. Señor tú tienes el timón en las manos, Tú eres padre.

Martes 23: 8 y 30 hs. Continúan buscando a Luis y Ale. ¡Por favor señor! Escucha la oración de tu pueblo y ten misericordia. Humildemente ofrezco mi vida. Si mi vida la quieres aquí o allá, en ese misterio insondable. Perdón Señor, mi arrogancia. Si soy útil, si me necesitas, aquí estoy. Estoy dispuesta. Amén.

Miércoles 24: Virgen de la Merced, tenga piedad usted. Madre del Pan. ¿Dónde están? ¿Dónde está Luis? Se renueva la búsqueda 7 y 30 hs. 15 hs. Encontraron a Luis. Encontraron a Alejandro.

Viernes 26: Mientras escribo tengo los ojos inflamados por el llanto. Te extraño Luis, todos te extrañamos. El último tiempo te noté serio y preocupado. Los exámenes, el trabajo. Me hablaste del cajón cerrado mientras ojeabas el diario. ¿Un presentimiento? ¿Un sueño premonitorio? Todos nos sentíamos tan bien con tu compañía. Sabemos que desde el cielo ayudarás a Maia y a Marisa. A todos! Nadie puede escapar a su muerte. La tuya fue blanca, brillante, inmortal!

Lo único que Maia sabía sobre su apellido era que tenía un origen árabe. Después se enteró que era palestino. Pero cuando buscó su significado, el primer resultado que le apareció en google sobre la palabra “Gattas” fue “hombre bajo el agua”.

 

Marisa Di Giambatista y Luis Andrés Gattás el 22 de septiembre de 1979.

 

 

***

Inés Ulanovsky (Ciudad de Buenos Aires, 1977). Es fotógrafa, productora audiovisual y guionista. Publicó los libros Fotos tuyas y Algunas madres también se mueren. Estudió Diseño de Imagen y Sonido en la UBA y es Magister en Escritura Creativa de la UNTREF.  Trabajó en medios gráficos, radio y televisión. Ganó el “Premio Leamos” del concurso de crónica breve Basado en Hechos Reales (2019) y recibió la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2018).

“Las fotos” fue publicado por Paisanita Editora, Buenos Aires, 2020.

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuni Sarmiento

 

Cosas

Tantas cosas que pasan y aun así hay una cola de cosas esperando pasar, muy irritadas algunas porque debieron haber pasado hace tiempo y mire, le dice una cosa a otra, de aquí a que yo pase, ya ni vale la pena, ya perdí el entusiasmo de pasar, pasaré por no dejar, pero sin ganas y rápido, para que después pase usted. Yo soy considerada, no como esa gente en los semáforos. Sí, dice la otra, qué se le hace, son cosas que pasan, no se deprima y por mí no se apure, aunque le agradezco, pero yo soy horrible, preferiría no pasar.

 

*

Los nuevos árboles

Ahora existen árboles que vuelan vagabundos y que en lugar de raíces tienen una manito amarronada (las venas que sobresalen conservan cierto aspecto vegetal). Andan por el cielo de la ciudad, o más bien entre los edificios, buscando de qué agarrarse. Hay que tener cuidado, son muy astutos, y en cualquier momento se agarran con su manito de cualquier cosa o persona con el fin de establecerse para siempre. Por suerte, se espantan con facilidad, basta un manotazo. Pero es un fenómeno nuevo y a mucha gente le cuesta acostumbrarse.
El otro día estaba mi mamá en el balcón contemplando la tarde y casi la agarra una palmera. Llegué yo a tiempo para espantarla. Pero me quedé preocupada, ahora no puedo perderla de vista. Depende de mí en este sentido por una razón muy simple: ella no cree en la existencia de estos nuevos árboles. Al no creer es incapaz de defenderse. Es un problema de fe como todo y no de ver para creer, pues mi mamá "ve" los árboles, y aun así no cree que existan. Una y otra vez repite mientras los mira: no puede ser, no puede ser. Y hasta que no cambie su actitud existencial voy a tener que andar con ella, adonde vaya, espantándole los árboles.
Después de varios días de vigilancia y de andar sermoneándola sobre el peligro de los nuevos árboles mi mamá ahora grita de alegría, dice que cree, que por fin cree, pero no en los árboles que vuelan sino en la posibilidad absoluta del vuelo. El cerebro de mi mamá ha hecho la siguiente operación: “si ellos vuelan, todo vuela, y si todo vuela, yo vuelo”. En consecuencia, se arroja por el balcón. Afortunadamente, logro sujetarla por el borde de la camisa. La camisa se estira y se estira, durante siete pisos se estira. Cuando mi mamá llega al suelo, la camisa ha llegado al límite de su posibilidad de estirarse. A dos centímetros del suelo, mi mamá cuelga alegremente a salvo. Pero me espera una tarea difícil, ahora tengo que hacerle entender a mi mamá que no todo vuela. Y es triste porque está muy feliz con su descubrimiento y siente un gran deseo de vivir, más grande, dice, que nunca.

 

*

Monsieur Duverger

Mi mamá estaba trabajando en la escalera. Se la veía muy ajetreada, casi desesperada. Qué haces, pregunto. “Quiero subir desde el último escalón hasta el primero y así también quiero bajar, pero como están las cosas no se puede”. Decidí ayudarla y pronto estuvo listo. En el primero pusimos el último y en el último dejamos el último. Y esto, claro, en ambos sentidos. Mi mamá gruñía de satisfacción (es su manera de expresar satisfacción).
Después, en el patio, ambas nos vaciamos la memoria, hicimos un gran montículo con nuestros recuerdos mezclados. Los revolvimos un poco con el tridente y los aventamos para que el viento se llevara los más ligeros. Cuando estuvo listo volvimos a colocárnoslos de a puñados en la memoria sin importarnos cuáles eran de quién. Luego subimos o bajamos la escalera (cómo saberlo) y abrimos la botella de vino que, hace tantos años, nos trajo el profesor Duverger (en realidad nos trajo cinco, pero cuatro las consumimos con él). La abrimos para celebrar el éxito de nuestras relaciones madre-hija. Ya estaba bastante rancio el vino, pero igual entre las dos hicimos memoria y nos acordamos de que cuando Duverger nos visitó, en aquel lejano entonces, no hizo más que decir y repetir hasta muy entrada la noche que: “el sistema electoral mayoritario conduce al bipartidismo”. Yo me acordé (ella no) de que al final mi mamá, ya un poco harta, le había dicho: “Entonces la fulana democracia es un chanchullo”. Y el profesor Duverger, muy complacido, afirmó: “Sí, yo creo en el arroz. El arroz es consenso. Consenso es lo contrario de chanchullo ¿verdad?".

 

*

Mudanza

Una mujer soñó que arrastraba un viejo mueble hasta los linderos del sueño y se lo traía a la vigilia. Luego volvió a entrar y salió con un escapulario, un hombre que cultivaba lechugas de mármol y un pequeño dedo abandonado en el suelo de un bar. En su tercera incursión sacó un sacacorchos (extraordinariamente corriente) y una pelea entre su abuela y un policía que la multaba por sonarse la nariz frente a la estatua de un prócer. Luego se sacó a sí misma completamente desnuda leyendo una revista en la sala de espera del dentista. En su sexta expedición, ya sin aliento, se las arregló para encontrar un camión tan infinito como el universo mismo y allí metió todo, excepto el universo mismo, que provisto de voluntad propia y firmeza de carácter, se negó a acompañarla y adoptó un aire desdeñoso. En ese instante sonó el despertador y la mujer corrió a preparar el desayuno de sus hijos. Pero como estaba ofendida y se encontraba de un pésimo humor por el desaire del universo, volcó la leche, quemó el pan, y acusó de estos accidentes a sus hijos. A partir de entonces se dedicó a soñar con un universo vacío al que trataba de convencer, mediante prolongados ruegos y razones, de que la acompañara a la vigilia. Todas tus cosas están allí, le decía, pero sin ti parecen mudas e invisibles. Piensa en lo que sufren, cómo te extrañan. Todas tus cosas lloran amargamente en la vigilia, se sienten solas y falsas, nadie las entiende, y el que se topa con ellas las olvida casi al instante. Pero el universo permanecía inquebrantable y respondía con sarcasmos. Hasta que un día, harto ya de ser un gran vacío, al que regularmente acudía una mujer ruidosa y testaruda, el universo penetró subrepticiamente en la vigilia y se robó todo, incluyendo el reloj despertador, los hijos, el pan quemado, y una especie de marido que encontró en el traspatio. Sólo dejó una mujer dormida en la oscuridad impenetrable de la nada. Esta última (la nada) se negó rotundamente a acompañarlo.

 

*

Robo

Yo soy una mujer que no tiene tiempo, sólo espacio. En compensación, la naturaleza me dotó de un órgano que sirve para robarse el tiempo de los demás. Por eso, durante el día, robo un poco aquí, otro poco allá, de manera que me alcance no sólo para completar el día y pasar la noche, sino también para desayunar cómodamente a la mañana siguiente y para seguir robando, porque el robo de tiempo se realiza en el tiempo.

 

 

***

Nuni Sarmiento (Buenos Aires, 1956) estudió Letras en la UCV, e ingresó luego en la ULA, donde pasó dos años sin estudiar nada, gracias a lo cual pudo graduarse. Vagabundeó después por algunos postgrados de filosofía, siempre a la caza de emociones mentales, siempre dispuesta a arrojarse en abismos inverosímiles que le producían algunos dolores de cabeza pero también mucho placer y risa. Hasta que un día se enteró de que la filosofía era una enfermedad del lenguaje y lamentó haber sido tan frívola y desconsiderada. Sobre todo porque vislumbró la otra, escalofriante cara del diagnóstico: que el lenguaje es una enfermedad filosófica. Ha publicado: La maldad del azar (Monte Avila, 1991), ¡Señoras! (Ediciones Solar,1991), Revés (Siembraviva Ediciones, 2003). Actualmente vive en Mérida, Venezuela.

 

Arturo Gutiérrez Plaza

HOGAR

Vivo en esta ciudad, en este país despoblado,
avergonzado por sus propios fantasmas,
confinado a cuatro paredes hurañas.

Vivo en cuartos vacíos.
En habitaciones que a ratos se encogen
expulsando todo aquello
que hasta ayer me acompañaba.

Vivo en su centro como viven los moluscos,
babosos e invertebrados, cordializando
con la concha que los protege.

Doy rondas, tanteo su superficie,
hago trampas: intento horadarla
guardando la esperanza de encontrar
respiraderos al otro lado.

Pero soy de acá, este es mi hogar
y aunque me vaya, aunque me escape lejos,
este encierro siempre será mío.

Vivo como el cangrejo ermitaño,
como un decápodo errante,
refugiado en conchas vacías,
atrapado, impenitente, confiado
en la bondad de alguna ola que me arrastre
o termine de ocultarme entre la arena.


*

LA VALIJA

Si has de hablar de una valija extraviada
es porque sabes que en ella
también ibas tú.

Ahora, extranjero, desesperas buscándola
entre la multitud,
indefenso.

¿Cómo suturar tantos puntos de fuga?

Estaba dicho que sólo así aprenderías
a rogar por la bondad de los milagros.

Sin embargo, forastero, todo ha sido inútil.

Los reclamos infructuosos
nada dicen a nadie
como poemas ahogados
en tiempos de míticos naufragios.

A tu hora, en tierra ajena, cavilas lejos,
rememoras tus cuadernos mal escritos,
atestados en el interior de tu valija:
borradores de promesas reveladas y burladas.

Pero temes, sobre todo, por sus páginas en blanco.

Ellas, en su silencio ya perdido,
son las verdaderas señales de tu rendición,
las cartas de renuncia al único país que te quedaba.

*

EL VIAJE

A Alexis Romero

Cuando se inicia el viaje,
cuando verdaderamente comienza,
ya no se tiene memoria de la partida.

Ya no se sabe,
siquiera,
cuál era el destino previsto:
la posible travesía.

Pues todo viaje es también,
secretamente,
un pacto con el olvido.

Una forma de levar anclas,
de alejarse de las súplicas de los náufragos,
de aquellos lentos ahogados
que estuvieron en uno
y ahora yacen
en el fondo
lodoso
de nosotros mismos.

*

UNIVERSIDAD – INDIOS VERDES

¿Para qué forzar los sueños y las pesadillas
si todo aquí convulsiona hasta domesticar el asombro?
Esto, sólo en parte, lo supo Breton con sus ojos ingenuos,
al pasearlos por las superficies de estas tierras.

Para entonces los subsuelos eran profundidades ganadas
por el agua, el lodo y ruinas anteriores a los dioses de Lautreamont.

Desde hace medio siglo, sin apelar a la imaginación,
los habitantes de este valle transitan
por debajo de las calles,
excavando, día a día, el sustento.

Un mercado abigarrado y florido
(de ofertas y padecimientos)
viaja entre túneles y vagones
apretujando la existencia de los que van de prisa,
de los que buscan atajos debajo de todo.

Un ciego que tal vez no mira, toca una melodía
en un piano eléctrico con la diestra,
al tiempo que siniestramente lleva el ritmo,
entre tropezones, con un vaso que es maraca y alcancía;
chocolates de calidad y cacahuates se anuncian
a 10 pesos (“a lo que valen y a lo que cuestan”);
mujeres con tapabocas miran de reojo a parejas que se abrazan
y besan como topos en tiempos de cópula.

Toda especie de anunciantes entra y sale de los vagones,
estación tras estación: vendedores de libros de autoayuda
y biografías del Che; predicadores evangélicos;
pregoneros de chicles y paletas para el bien de gargantas y bocas;
aturdidos sordomudos; parapléjicos enyesados;
dj`s enmochilados y cantantes con guitarras electroacústicas
que ofrecen baladas y rock, en inglés y en español.

Todos forcejean cuerpo a cuerpo como lisiados de extintas batallas.

Nada de esto registró en su bitácora el padre del surrealismo,
ni mientras visitaba estos parajes
ni al macerar el inconsciente en las riberas del Sena.

*

DESPEDIDA

Cae pero flota
danza
se detiene para voltear
para mirar atrás
duda
dice adiós
es torpe al despedirse
ligera baila en el viento
nos tributa
su frágil existencia
su arrepentida levedad
de a poco
nos llena de canas
su piel hace más fría
nuestra piel
humedece nuestros zapatos
nos deja en gratitud
una huella
se despide
nos dice adiós
cae pero flota
ella también
es la nieve.


*

UNA HISTORIA VERDADERA

No te engañes.
Si hubo un tiempo en que todo parecía mentira,
tal vez fue así.

Pero fue allí
(y has de agradecerlo)
donde aprendiste a creer sin reparos.

Es cierto, hoy no sabes nada
con exactitud,
salvo que de uno a otro
amanecer suceden cosas.

Hay quienes piensan que los pájaros
se refugian en el canto
porque no quieren mentir.

Pero hay bandadas desorientadas
que buscan el sur
y se equivocan
creyendo, de veras,
que mañana se hará más tibio el sol.

 

De El cangrejo ermitaño, Antología poética, Colección Visor de Poesía, 2020


***

Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962). Poeta, ensayista, profesor e investigador universitario. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Al margen de las hojas (Monte Ávila, 1991), De espaldas al río (El pez soluble, 1999), Principios de Contabilidad (México: Conaculta, 2000), Pasado en Limpio (Equinoccio/bid&co, 2006) y Cuidados intensivos (Lugar Común, 2014), Cartas de renuncia (Poeteca, 2020) y El cangrejo ermitaño (Madrid: Visor/Fundación para la Cultura Urbana, 2020). Entre sus libros de ensayos, investigación literaria y antologías, se cuentan: Lecturas desplazadas: Encuentros hispanoamericanos con Cervantes y Góngora (Equinoccio, 2009), Itinerarios de la ciudad en la poesía venezolana: una metáfora del cambio (Fundación para la Cultura Urbana, 2010), Las palabras necesarias. Muestra antológica de poesía venezolana del siglo XX (Santiago de Chile: LOM, 2010) y Formas en fuga. Antología poética de Juan Calzadilla (Biblioteca Ayacucho, 2011). Es Magíster en Literatura Latinoamericana, PhD en Lenguas Romances y Literaturas, y profesor titular de la Universidad Simón Bolívar. Ha obtenido, entre otros: el Premio de Poesía de la Bienal Mariano Picón Salas (1995), el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (1999) y el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2009).

 

 

Ricardo Montiel

 

DNI

             Miro mi DNI: es un rectángulo de plástico impermeable, una identidad sumergible.

            Al frente, en mayúsculas y en rojo dice EXTRANJERO. La foto fue estirada hasta adaptarse al formato: mi cara se ve levemente deformada, los ojos un poco más unidos, la frente unos milímetros más alta… Recuerdo una imagen distinta en el espejo, pero el espejo me puede traicionar, y el espejo sólo copia un instante.

            Al dorso, en Lugar de nacimiento dice el nombre de un país. Pero el nombre de un país no precisa un origen: es una generalidad, un catalejo de corto alcance. Lo mismo ocurre con las historias de nacimiento. Al no poder recordarlas, dependemos del relato de otros, por lo que nunca deja de ser una sospecha.

            Quizás por eso, un día, nos sentimos de repente aparecidos, con un nombre, un idioma, una patria, un deber. Imposturas que barnizan nuestro complejo relieve, como a esos árboles a los que pintan el tronco de colores, o a esos perros cuyos amos visten de frac.

            De alguno modo, nacemos ya migrantes, pues nada de lo que primero habitamos, lo hemos fundado nosotros.

  

*

Preguntas

             “¿De dónde sos?”

            Y uno menciona un país y una ciudad de ese país, pero por lo general el país solamente. De cualquiera de las dos maneras, queda una incógnita en el aire, como si uno hubiera precipitado algo que yace incompleto. Quizás por eso me he esmerado en elaborar esta respuesta:

            “No hallo lo que era, o lo que yo ideaba que era. Me esfuerzo en unir los pedazos, pero la imagen resulta corrida, desplazada del límite de ayer. Me es difícil determinar el lugar en donde he estado y el lugar en donde estoy, porque en ambos el tiempo transcurre en simultáneo, y uno, ligado a esos símbolos cambiantes, acaba convertido en un ciudadano mixto e inasible. Creía saber en dónde estaba el principio, pero la trama se ha desordenado, ese es el ritmo de mi ahora”.

            Pero luego pienso que no, que esta no es una respuesta para el otro, sino para mí. Ni siquiera responde con objetividad a la pregunta, y hasta es probable que al interlocutor le parezca un rebusque, un encubrimiento o una boludez. Sin embargo, la pregunta reaparece y vuelvo a caer en lo mismo. Incluso empeoro:

            “De un lago en el camino, que más tarde será lluvia…”

            Tal vez cometo la torpeza porque el verbo soy se resiente cuando uno vive en otro país. Pero creo haber encontrado una solución, al menos una transitoria: responder citando.

            A “¿De dónde sos?” le suele seguir “¿Por qué viniste?”. Entonces digo:

            “No me basta –nunca me bastó, pese al diámetro de las alegrías– soportarme en un mismo lugar, creerme custodia de una fijeza”.

            La cita es de Jacqueline Goldberg, pero el interlocutor no lo sabe (o sí, pero no le interesa ir más allá de sus preguntas).

            Al fin y al cabo estas preguntas las hacen quienes no te conocen. Entonces, ¿por qué no responder con la voz de otro?

 

  *

            ¿Nos hemos finalmente “asentado” cuando ya todo lo que vemos nos refleja? ¿En qué momento la fugacidad de lo nuevo se tensa hacia el pasado novedoso? ¿Y qué significa que un pasado se vuelva novedoso, que el “futuro” que una vez elegimos, se vuelva indeterminado como la infancia? Viví mi infancia en otro país, ¿eso la hace doblemente extranjera? No es casual la sensación de los primeros pasos: nacer de nuevo en cada instante, pero ya con recuerdos…

            Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el nuevo pasado absorbe el anterior? ¿Qué ocurre cuando, como dice Eugenio Montejo, no somos nunca quien parte ni quien vuelve, sino algo entre los dos, algo en el medio? Porque al principio las memorias del país de origen y las que se van creando en el país adoptivo, parecen estar separadas por la grieta de la extranjería. La abrumadora novedad pareciera no admitir el pasado extrageográfico. Pero, con los años, las dos memorias acaban confluyendo en un solo relato –o en un solo medio en que confluyen las cartografías de una vida–, y quizás sea eso lo que acabe asentándonos, y no el haber cumplido con trámites burocráticos de frontera.

  

*

El espíritu de la escalera y el asado

             La idea de los asados es juntarse, comerse una vaca entera entre varios, y en lo posible pasarla bien. Verse, digamos, entre vinos y cervezas y el fuego que va dorando los chorizos, las morcillas, el vacío… verse y juntarse son verbos casi sinónimos y siempre suenan como lo central, como si todo lo demás viniera por añadidura: el mate, la birra, el asado… y también la ronda de conversaciones en las que nos vamos poniendo al día, o en las que nos permitimos el comentario político o la broma, porque hay algo en la inminencia del festín de la carne que envalentona a los hombres, y no sé qué será. No digo esto porque yo esté en contra del asado, pero me es inevitable no percibir a veces que entre el cuchillo, el delantal del asador y los aplausos, hay una especie de deliberada superioridad que roza lo salvaje. Insisto: no es esta una denuncia encubierta por el asesinato de animales inocentes, que por supuesto que lo son, qué duda cabe. Lo que he querido decir desde el principio es que a mí me ha sucedido al revés, he ido más por el asado y me he juntado por añadidura, porque no soy muy entusiasta del juntarse o del verse; de hecho, he ido a poquísimos asados, y puede que por eso recuerde los que fui.

            Recuerdo sobre todo lo que alguien, un desconocido a quien jamás volví a ver en otro asado ni en otra circunstancia, dijo una vez con sangre entre los dientes: que los extranjeros veníamos a robar su educación y su salud pública (lo decía como si el país fuera un terreno suyo que le invadieron), que nos regalaban sus impuestos y que cómo era posible que el país que levantaron sus difuntos abuelos, se lo estén quedando los que vienen de afuera. El salvaje no sabía que yo era “de afuera”, o que venía “de afuera”, y en lugar de una buena y contundente réplica que lo anoticiara y ubicara, me quedé callado y con la mente en blanco, sumido en la más estúpida indefensión.

            La ocurrencia vino después, cuando ya era demasiado tarde. Concentrado en cualquier otra cosa, vinieron a mi mente las réplicas: a propósito de la primera acusación, habría contestado que la educación y la salud pública son tan públicas como el asiento del colectivo o la baldosa de la vereda, que después de todo es un asunto de Estado, y no de extranjeros. Y de los impuestos, pues le habría mostrado mi credencial de monotributista categoría “C”, que vengo pagando desde hace casi una década; y, por lo último, teniendo en cuenta el apellido impronunciable de aquel tipo (lo supe porque sus amigos se referían a él por su apellido, y no por su nombre), le habría dicho que yo era su abuelo, y que estaba “levantando” este país para los que vinieran después, que por supuesto vendrían de afuera, porque todo el que “viene” lo hace de afuera. ¿De dónde sino?

            Quién sabe, tal vez la indignación me bloqueó, o el instinto neutralizó mi respuesta para que yo conociera las tácticas de mi enemigo, que con el tiempo descubrí que más que tácticas aquellos eran comentarios pueriles, lugares comunes de los xenófobos que linchan públicamente a sus abuelos. Porque qué es un xenófobo: alguien que lincha públicamente a sus abuelos.

  

Del libro inédito S, M, L

 

*** 

Ricardo Montiel (Maracaibo, Venezuela, 1982) ha publicado los libros de poesía Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015) y Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020). Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Coeditó la revista digital Merece una reseña, y vive en Buenos Aires desde 2007. Blog personal: ricmontiel.blogspot.com

 

Natalia Litvinova

La nostalgia es un sello ardiente

Catalina, sos abogada
pero no podrías defenderme
de la trama familiar
ni del exceso de nostalgia,
guardamos algo
por considerarlo pequeño
pero luego se expande
transformándonos
en su territorio.
Cuando abrí la computadora,
escribí tu apellido
e hice clic,
supe que te casaste
y tuviste un hijo hace dos años.
Tus fotos se destacaron
entre miles de otras,
no pensé que había
tantas portadoras
de tu nombre.
Si todas se tomaran de las manos
desde Bielorrusia,
formando una cadena,
llegarían a mí.

*

Te gustaría llevarme de la mano
a la habitación de tu hijo
y decirme: No salió a mí.
No se te parece, es cierto,
tiene las orejas
demasiado grandes.
Los enamorados
se escriben cartas
y las amigas
absorbemos
el agua de cada una
como dos dalias
plantadas cerca.
Nosotras, Catalina,
tampoco nos parecemos
a nuestros padres,
no nos seducen las trampas
en las que cayeron.
Hace dos décadas
que no nos vemos,
hicimos de la soledad
una perla
que nos enfría
cuando todo arde.

*

Nos criamos en las escaleras
que olían a tabaco y orina.
En los 90 los borrachos
dormían en rincones oscuros
de nuestro edificio.
Yo vivía en el sexto,
vos en el octavo
y el ascensor no funcionaba.
Bajábamos las escaleras corriendo
para que no nos alcanzaran,
el vidrio de las botellas de cerveza
crujía bajo nuestros pies.
Ahora, cada vez que entro
en un ascensor
mi corazón se acelera
sin amuletos.


*

Perder todo es fácil,
lo difícil es retener algo
hasta transformarlo
en una piedra preciosa,
en amuleto.
Fácil es dejar
cada cosa
en su sitio,
difícil es regalarle
a otro
tu piedra preciosa,
tu amuleto,
sin saber
quién de los dos
nació sin suerte.

*

El geranio es la flor preferida de mamá.

Hay que ponerla junto a la ventana
para que ahuyente a los malos espíritus.

En el libro “Hierbas mágicas”
leí que una parcela de geranios rojos,
plantada cerca de la casa de una bruja,
avisa con sus movimientos
la llegada de visitantes.

En México, los curanderos purifican a sus pacientes
cepillándolos con geranios, ruda y pimienta.

Un día mamá me contó:

Una mujer tenía una casa húmeda
y de aspecto triste.
Se sentía miserable
pensando que todos vivían mejor.
Por las noches iba a visitar a sus vecinas
y se quejaba de su destino.
Una de ellas decidió regalarle un geranio:
Mirá, tiene un poder mágico,
ponela en el centro de la mesa,
cuidala bien.

Una flor te puede cambiar la vida.

¿Fue feliz esa mujer?,
le pregunté a mamá, pero no me contestó.

Al otro día entró en mi cuarto:

Cuando yo era joven
tenía un solo vestido,
un abrigo para el invierno
y un par de sandalias,
la nieve se acumulaba
sobre mis dedos.
En verano salía al jardín,
me bañaba con baldes de agua,
la menta me rozaba
los tobillos,
fui feliz.

 

De La nostalgia es un sello ardiente, Llantén, 2020

 *

"Estos poemas buscan a una amiga perdida, una amiga que quedó en la tierra lejana de otro tiempo y otro país y en la búsqueda tantean, duros y delicados, blindados pero suaves, esa tensa distancia que a veces es melancolía y a veces es recelo, rechazo. “Las amigas /absorbemos / el agua / de cada una / como dos dalias / plantadas cerca” dicen estos poemas, mientras nos dejan espiar esa correspondencia con lo que falta, ese acompañarse fantasmagórico que repasa la vida en común y la vida después, la vida en la soledad de quien extraña y se extraña. Amiga espejo, amiga cómplice que completa y que diferencia, Catalina se vuelve el hueco a quien confiarle la madre, los anhelos y sueños, la idea de un hijo, el pasar cotidiano. Por momentos, la pregunta que se susurra es: ¿qué habría pasado si?, pero por debajo, mientras tanto, corre otra, más profunda y esencial: ¿qué, de todo lo vivido, nos hizo ser lo que ahora busca, lo que ahora habla?"
Federico Falco


***

Natalia Litvinova (Gómel, 1986) es poeta, editora y traductora de poesía rusa. Nació en Bielorrusia y vive en Buenos Aires. Publicó varios libros de poesía, entre ellos, Siguiente vitalidad, Cesto de trenzas y La nostalgia es un sello ardiente. Su obra ha sido publicada en Alemania, Francia, España, Chile, Brasil, Colombia y Estados Unidos.

 

Vanina Colagiovanni

Poemas de Una no elige cuándo caerse (Caleta Olivia, 2020)

 

Ruptura

Vas a sentarte en el sillón otra vez
con las manos en la sien
abrir la puerta del balcón, prenderte un cigarrillo
vas a fumar sin convicción y a decirme
no quiero
vas a decir que sí a todo lo que no querés
y a pensar en un insecto, que dura un día y muere
en la muerte
en la transparencia de las alas
vas a esperar
voy a esperar yo también
mucho más de lo que alguna vez
pudimos imaginar que esperaríamos
por cualquier cosa
vas a pensar de nuevo en una crisálida
en un tiempo, cuando todo esto haya terminado
en esa imagen
de belleza orgánica
en ese color tornasolado
indefinido
definitivamente
luminoso.

*

Río mudo

Cada tanto vuelve una imagen, de todos modos, reparadora:
un bote que avanza lento en el calor
gotas de transpiración en la frente
islas y más islas en un río sin sombra
yo con un remo, él con otro
la mano del hijo que recién empieza a hablar
se hunde en el agua y él se ríe
refrescándonos;
si pudiéramos tener siempre
esa mano en el agua
como termómetro, antena,
medida fresca del otro
si estuviéramos a tiempo.

*

Cierto orden de los trazos

Al escuchar una lengua
que hace mucho se estudiaba
se dejó y se olvidó,
al enlazar de nuevo con el sonido familiar
el reencuentro
tiene algo mágico
parecemos sorprendidos de que la lengua
efectivamente exista
más allá de nosotros
y de la insistencia al estudiarla
está ahí
alguien la trae
la porta como lengua materna
la esparce gentilmente en el aire
y una quisiera que esa sustancia
no se extinguiera
porque nos trae
una parte olvidada
de nuestra ignorancia
de la época en la que fallábamos
una y otra vez
en memorizar el orden de los trazos
de cada ideograma,
glifos sobre piedra,
y era parte del asunto quedarse
de un lado del muro
que nos separaba del otro idioma
de esa otra persona
a la que quizás
no terminamos verdaderamente
de conocer.


*

Te acercás despacio al niño dormido en tu cama

Aguantás la respiración mientras vigilás la suya.
Es un pequeño momento de paz
que se ramifica en posibilidades
más o menos atractivas
pero no podés optar
antes de que vengan las imágenes
apretás los párpados
e intentás que tu alrededor se detenga
pero un sonido mínimo,
una exhalación imperceptible
te mantiene apoyada
en la noche.


*

Justo ahora

“Uno no elige cuándo caerse”
estaba enojado y rechazaba
mi mano para levantarlo
a los 7 años ya tenía la respuesta
a mi “justo ahora te venís a caer”
tan poco amable
y no, uno no elige
cuándo ni dónde caerse, ni la mano que rechaza
para levantarse del pasto
ni el gesto en la cara al rechazarla, no
elige la herencia aunque sí pueda intentar
torcerla
hacer algo con eso que viene
quién sabe de dónde
y que
justo ahora
aparece.

*

Cocina lenta

el sabor y el aroma
todo ayuda a crear la atmósfera necesaria
para que ese magma que trae un recuerdo
aparezca una vez más antes de volver a disolverse.

 

***

Vanina Colagiovanni nació en Buenos Aires en 1976. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA); también estudió Letras. Desde 2007 es editora de Gog & Magog y se dedica a la gestión cultural. Ha publicado una novela, Laguna (Bajo la Luna, 2016), y cuatro libros de poesía Travelling (2004), Sala de espera (2007) y Lo último que se esfuma (2011) por Gog & Magog y Una no elige cuándo caerse (2020, Caleta Olivia). Participó de diversas antologías de cuento y poesía publicadas en Israel, Chile, República Dominicana y Argentina.

 

Tratado de la Errancia (un fragmento)*

Fernanda García Lao

 

“Cuando los egipcios comenzaron a escribir sobre algo semejante al papel, dotaron a la humanidad de una memoria de fabricación humana”

Lancelot Hogben

 

Cuaderno N° 1 

Introducción

Quiero aportar mi visión en el fértil terreno de la huida. Es una visión histórica, lamentablemente. Los ejes del estudio serán la población femenina escapista, el año 1904 –en el que observé interesantes éxodos, fugas, muertes y demás formas de abandono– y yo. Me asumo botón de muestra. En tal año se produjo mi nacimiento, y desde el principio sentí una especie de furia generacional que me incitaba al camino. Después descubrí que no estaba sola, un montón de féminas padecían la misma fiebre. Las primeras habían nacido en el XIX. Después la temperatura bajó, hasta ese hielo que nos invade: la maternidad, la moda y el amor conspiran contra las vagabundas.

El abordaje no será lineal, ni académico. Mi recorrido será anárquico aunque sensible, de resultados inciertos. En un primer momento, intentaré ser científica, sistemática. Me imagino un transatlántico. Después el estilo será personal, abierto. Un naufragio.

Las fuentes han sido múltiples, pero todas de segunda o tercera mano. Nada fresco, ni real. Todo descartable. Aunque debo confesar que soy mi fuente favorita y mi vida ha sido hasta aquí un intento de fuga frustrado. Pero he tenido mucho tiempo para imaginar. No menosprecien la mente de una mujer estrafalaria.

Al terminar este tratado, me iré. O estaré muerta. Pero acá no me quedo.

En Villa Amelia, sin fecha posible. 

 

Estudio básico preliminar del comportamiento nómade, sin atender al género

  1. Por qué. La pobreza, el hambre, la codicia, los problemas judiciales, las desavenencias conyugales, la curiosidad insaciable o el inconformismo atroz encienden los motivos de la huida. Sin embargo, lo circunstancial es una mera excusa. Habría que considerar el factor genético. El nomadismo sería hereditario. O contagioso.
  2. Quiénes. Los primeros exploradores, conquistadores o cruzados fueron principalmente traficantes, aristócratas, hidalgos, criminales, rufianes y bribones. De ese material humano execrable descendemos. La suma de carroñas foráneas dio como resultado esta humanidad, aparentemente seria y responsable. Sin embargo, varios siglos después se ha invertido el asunto. El sujeto que parte pertenece a otra especie: un desacomodado económica, espiritual o políticamente. Un buscador de cielos, un fanático de lo imposible. Los rufianes operan sin moverse de su condominio.
  3. Cómo. En la Antigüedad se viajaba tan lamentablemente que la gente con tendencia al descanso y el confort desistía y desconocía el mundo. El conocimiento es agotador. Los que sí atravesaban el océano en precarios cascarones confiaban en obtener fortuna. A cambio, padecían infecciones, olían a pis, tenían liendres, tifus, peste y sufrían accidentes de todo tipo: por herida cortante, naufragio, traición, caída, hurto del compañero o asalto del pirata de turno. Con el advenimiento del progreso, los traslados se hicieron más tibios, en aparatos desodorizados. En la actualidad, hay un ejército de serviciales mucamos que hacen cómodo el periplo, a un costo razonable. El viajero ha perdido independencia en el trayecto. Es un condenado al tour, a la visita guiada, a la memoria acotada del estudiante de turismo. El viajero es castigado al recorte histórico y a la generalidad vana.
  4. Progresión. Tras los vándalos transpirados y sin escrúpulos, llegaban los colonos y sus mujeres. Los primeros saqueaban y los segundos comerciaban lo saqueado. Ellas pasaban el trapo. Así crecieron las naciones. Las industrias más desarrolladas durante el siglo XX han sido la armamentística y la desinfectante. Un muerto requiere mucha higiene. La sangre deja huellas.
  5. Las viajeras de mi interés son las que parten sin razón. Su disfrute es el viaje en sí. Tienen un individualismo muy superior al de sus pares varones. No van en grupo. No esperan elevar su estatus, sino perderlo. Viajar para ellas es sinónimo de liberación, significa desprenderse del destino de pastoreo para el que han sido criadas. Las viajeras son ovejas descarriadas. Incluso antes de hacer la valija.

 

Adaptaciones de género

“Cualquier tipo de vagabunda –de ciudad, de campo, de desierto– se viste como si fuera un hombre para pasar inadvertida, adopta posturas masculinas, disimula la voz e incluso el cuerpo. Suele utilizar seudónimos, travestimos en el decir y modificaciones en el ánimo. Todo por temor. Los hombres se comportan como lobos con las rebeldes”. (Extraído de un diario que encontré bajo la reposera).

 

Categorización sociológica-científica

La siguiente categorización obedece al comportamiento femenino reproductor, en un determinado país, en un determinado año.

  1. Reproductoras residentes. Mujeres con tendencia a la preñez recurrente, instaladas en un mismo domicilio durante largos períodos. Generalmente, hipotecadas y anorgásmicas.
  2. Reproductoras migratorias. Mujeres con tendencia a la preñez recurrente, que mudan de domicilio, ciudad o país de origen. A ellas se deben las explosiones demográficas en latitudes inhóspitas.
  3. Reproductoras parciales. Mujeres de preñez breve, una o dos veces, que no se hacen cargo del resultado de sus escarceos y esquivan a sus crías. Esto no significa que las abandonen, las atienden, pero con cara de póquer.
  4. Transeúntes. Mujeres que no llegan a reproducirse por sus constantes vaivenes, tanto emocionales como físicos. También llamadas Hembras Turista o Chicas de No Fácil.
  5. De estado no definido. Mujeres con desordenes hormonales. Peludas o peladas.
  6. Mujeres sin órganos reproductores. O sin domicilio.
  7. Vagabundas migratorias. Mujeres cuyo espíritu advenedizo las lleva recorrer enormes distancias, sin establecer domicilio fijo.

 

Entre las vagabundas migratorias se distinguen:

            La viajera brava (Solenopsis desterrata)

            La viajera loca común (Paratriquina longicornis)

            La viajera boticaria (Tapinoma melancocephalum)

 

  1. La Solenopsis devora sus recuerdos y también la fase inmadura de estos, es decir, los sueños. Olvida sistemáticamente las variables de familia o primer amor. Así, avanza sin culpa y sin equipaje. Es ligera o maleducada.
  2. La Paratriquina es aún más independiente y despojada. Suele instalarse en desiertos o zonas rocosas. Practica tanto el silencio como la observación. Se adapta al paisaje. Consume alucinógenos. A veces.
  3. La Tapinoma es considerada una fugitiva oportunista. Su presencia se observó en guerras y desastres, invadiendo el lugar. Sexualmente muy activa. Cerebralmente calculadora y arribista. Suele utilizar artificios para embaucar a su víctima. En general se observó que la Tapinoma tiene predilección por los hombres frescos o recién bañados, sin importar el lugar de procedencia, de preferencia con rasgos exóticos (orientales, beduinos, peruanos).

 

 *incluido en la novela Vagabundas

 

 

***

Fernanda García Lao nació en Mendoza (Argentina, 1966) pero vivió y estudió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, VagabundasFuera de la jaula y Nación Vacuna, así como los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo y El tormento más puro. Como poeta, editó Carnívora y Dolorosa. En coautoría con Guillermo Saccomanno ha publicado la novela erótica Amor invertido y un libro de relatos, Los que vienen de la noche. Ha colaborado en Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Página/12 y Revista Ñ, entre otras publicaciones. Sus libros han sido traducidos al francés, al inglés, al italiano. Fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Desde 2010 coordina talleres de escritura y clínica de obra.

 

 

Publicación virtual de

La Vaca Mariposa

¿Quiénes somos?

Haciendo Muu+

Contacto

Envíame un mail