Letras

El dinosaurio. Seis versiones ilustradas

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” —A. Monterroso [1959]

Seis versiones ilustradas por Frank Arbelo, Colombia.

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El extraño caso del Sr. Valdemar

Narrado por Alberto Laiseca

El extraño caso del Sr. Valdemar es un cuento de Edgar Allan Poe narrado por el escritor argentino Alberto Laiseca para el ciclo "Cuentos de Terror".

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Alberto Laiseca (Rosario, 11 de febrero de 1941-Buenos Aires, 22 de diciembre de 2016)1 fue un escritor argentino. Publicó una veintena de libros de novela, cuento, poesía y ensayo.   Los Sorias es su novela más destacada.
Algunos de sus textos pueden leerse en http://albertolaiseca.blogspot.com.ar

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El ahogado más hermoso del mundo

Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado.

Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
 Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.




Gabriel García Márquez
(Aracataca 1928 - Ciudad de México 2014) Escritor, novelista, cuentista, guionista, editor y periodista colombiano. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Es el creador del "realismo mágico" y su obra más conocida, la novela Cien años de soledad, es considerada una de las más representativas de este movimiento literario e incluso se considera que por el éxito de la novela es que tal término se aplica a la literatura surgida a partir de los años sesenta en Latinoamérica.

Imagen: Williams Awash

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Amor imperecedero

Clarice Lispector

Todavía me siento un poco perdida en mi nueva función con eso que no puede llamarse propiamente crónica. Y, además de ser neófita en el asunto, también lo soy en materia de escribir para ganar dinero. Ya trabajé en prensa como profesional, sin firmar. Al firmar, sin embargo, me vuelvo automáticamente más personal. Y siento un poco como si estuviera vendiendo mi alma. Hablé de esto con un amigo que me respondió: pero escribir es un poco vender el alma. Es cierto. Aun cuando no sea por dinero, una se expone mucho. Por más que una amiga médica lo haya objetado: argumentó que en su profesión da su alma toda, y no obstante cobra dinero porque también necesita vivir. Les vendo, pues, a ustedes, con el mayor placer, una cierta parte de mi alma —la parte para la charla del sábado.

Sólo que, por neófita, todavía la elección de los temas me confunde. En este estado de ánimo me encontraba cuando estaba en la casa de una amiga. Sonó el teléfono, era un amigo en común. Hable también con él, y, es claro, le conté sobre mi tarea de escritura de todos los sábados. Y de pronto le pregunté: “¿qué es lo que más le interesa a la gente? Digamos a las mujeres”. Antes de que pudiese responderme, oímos del fondo de la enorme sala a mi amiga que respondía en voz alta y espontánea: “El hombre”. Nos reímos, pero la respuesta era seria. Y con un poco de pudor me veo obligada a reconocer que lo que más interesa a la mujer es el hombre.

Pero que esto no nos suene a humillación, como si se nos exigiera tener en primer lugar intereses más universales. No nos sintamos humilladas, pues si le preguntáramos al mejor técnico del mundo en ingeniería electrónica qué es lo que más le interesa al hombre, la respuesta íntima, inmediata y franca será: la mujer. Y cada tanto es bueno que recordemos esta verdad obvia, por más vergüenza que nos dé. Preguntarán: “pero en materia de personas, ¿no son los hijos lo que más nos interesa?”. Eso es otra cosa. Los hijos son, como se dice, nuestra carne y nuestra sangre, y ni se habla de interés alguno. Es otra cosa. Tan otra cosa que cualquier niño del mundo es como nuestra carne y nuestra sangre. No, no estoy haciendo literatura. Hace unos días me contaron de una niña semiparalítica que necesitó vengarse rompiendo un jarrón. Y toda la sangre me dolió. Era una hija colérica.

El hombre. Qué simpático es. Menos mal. ¿Es él nuestra fuente de inspiración? Sí. ¿Es nuestro desafío? Sí. ¿Es nuestro enemigo? Sí. ¿Es nuestro rival estimulante? Sí. ¿Es nuestro igual al mismo tiempo por completo diferente? Sí. ¿Es lindo? Sí. ¿Gracioso? Sí. ¿Es un niño? Sí. ¿También un padre? Sí. ¿Nos peleamos con él? Lo hacemos. ¿Podemos seguir sin el hombre con quien nos peleamos? No. ¿Somos interesantes porque al hombre le gustan las mujeres interesantes? Lo somos. ¿Con el hombre tenemos los diálogos más importantes? Sí. ¿Es el hombre irritante? También. ¿Nos gusta que nos fastidie? Nos gusta.

Podría seguir con esta lista interminable hasta que el director me ordene parar. Pero creo que nadie me mandaría detenerme. Creo que toqué un punto neurálgico. Y, por ser un punto neurálgico, cómo nos duele el hombre. Y cuánto le duele la mujer al hombre.

Con mi manía de viajar en taxi, entrevisto a todos los choferes con quienes viajo. Hace unas noches viajé con un español muy joven, de bigotito y mirada triste. Palabra va, palabra viene, me preguntó si yo tenía hijos. Le pregunté si también él los tenía, y me contestó que no estaba casado, que jamás se casaría. Y me contó su historia. Hace catorce años amó a una joven española, en su tierra. Vivía en una ciudad pequeña, con pocos médicos y recursos. La joven enfermó, sin que nadie supiera de qué, y en tres días murió. Murió consciente de que moriría, prediciendo: “Voy a morir en tus brazos”. Y murió en sus brazos, pidiendo: “Que Dios me salve”. El chofer durante tres años apenas si podía alimentarse. En la ciudad pequeña todos sabían de su amor y querían ayudarlo. Lo llevaban a fiestas, donde las muchachas, en lugar de esperar que él las sacara a bailar, le pedían que bailara con ellas.

Pero de nada sirvió. Todo el ambiente le recordaba a Clarita —éste era el nombre de la muchacha muerta, lo cual me asustó pues es casi mi nombre y me sentí muerta y amada. Entonces resolvió salir de España, y sin siquiera avisar a sus padres. Se informó de que sólo dos países en ese momento recibían a inmigrantes sin exigir visa: Brasil y Venezuela. Se decidió por Brasil. Aquí se hizo rico. Tuvo una fábrica de zapatos, la vendió después; compró un bar-restaurante, lo vendió después. Es que nada le importaba. Decidió transformar su auto de paseo en taxi y se hizo chofer. Vive en una casa en Jacarepaguá, porque “allá hay cascadas de agua dulce (!) que son lindas”. Pero en estos catorce años no logró querer a ninguna mujer, y no tiene “amor por nada, todo me da lo mismo”. Con delicadeza el español dio a entender que no obstante la saudade cotidiana que siente por Clarita no detiene su vida, que consigue tener relaciones y cambiar de mujeres. Pero amar —nunca más.

Bueno. Mi historia termina de un modo un poco inesperado e inquietante.

Estábamos casi llegando a mi destino, cuando habló de nuevo de su casa en Jacarepaguá y de las cascadas de agua dulce, como si existiesen de agua salada. Dije medio distraída: “Cuánto me gustaría descansar unos días en un lugar como ése”.

Pues hete aquí que era lo que no debería haber dicho. Porque, con riesgo de meter el coche adentro de alguna casa, súbitamente giró la cabeza hacia atrás y exclamó con la voz cargada de intenciones: “¡Si usted lo quiere, puede venir!”. Nerviosísima con el repentino cambio de clima, me oí contestándole apurada y en voz alta que no podía porque tenía que operarme e “iba a estar muy enferma (!)”. De ahora en adelante sólo entrevistaré a los choferes muy viejitos. Pero esto prueba que el español es un hombre sincero: la intensa saudade por Clarita no detiene su vida.

El final de esta historia desilusiona un poco a los corazones sentimentales. A muchos les gustaría que ese amor de catorce años detuviese, y mucho, su vida. La historia sonaría mejor. Pero no puedo mentir para contentarlos. Y además me parece justo que su vida no resulte completamente detenida. Ya basta con el drama de no lograr amar a nadie más.

Olvidé decir que él también me contó historias de negocios y de desfalcos —el viaje era largo, el tránsito pésimo. Pero encontró en mí oídos distraídos. Sólo lo que se conoce como amor imperecedero me había interesado. Ahora estoy recordando vagamente lo del desfalco. Tal vez, si me concentro, lo recuerde mejor, y lo cuente el próximo sábado. Pero creo que no es interesante.


Clarice Lispector. (Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, 1977). Considerada una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX. Pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la generación del 45 brasileño. De difícil clasificación, ella misma definía su estilo como un "no-estilo". Aunque su especialidad ha sido el relato, dejó un legado importante en novelas, como La pasión según G.H. y La hora de la estrella, además de una producción menor en libros infantiles, poemas y pintura.


Imagen Daniel Blaufuks

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El crisantemo en la roca

Yasunari Kawabata

Con el fin de averiguar cuál era la naturaleza de aquella roca consulté algunos libros como el Manual en color de rocas y piedras del Japón, de Wada  Yaezo y Awazu Hidekoji, pero no encontré nada. En materia de piedras soy un ignorante. Aunque extendiese la guía delante de la roca misma, me resultaría muy difícil identificar el ejemplar correspondiente en la tabla. Con mayor razón si no la he visto en treinta años. Me refiero a una roca que había en mi lejano pueblo natal.

La roca tenía una gran depresión en el costado delantero, que habían rellenado de tierra y en la que habían plantado un crisantemo. Todavía recuerdo haber visto abierta una flor blanca. Era un crisantemo repleto de pétalos como una pelota de lana. Hoy en día cualquier floristería de Kamakura vende ejemplares grandes con esa misma forma. Aquel crisantemo de hace años era tal vez de la misma especie, pero por estar sobre una roca se había quedado pequeño.
Los ejemplares blancos de las floristerías de Kamakura son tan pesados que cuando se los coloca en un florero angosto parece que todo el arreglo se va a venir al suelo. Aquel crisantemo que había florecido en la roca, aunque pequeño, inspiraba serenidad, Y no había sido plantado allí por capricho o solaz. Era una ofrenda a los muertos.
Se había visto aparecer una cabeza de mujer sobre la roca. Era un fantasma. Tan pronto como se realizó un servicio religioso por los difuntos y se puso un crisantemo sobre la roca, la cabeza dejó de aparecer. A partir de entonces, todos los años se plantaba un crisantemo en la depresión de la roca. Esa era la historia.

En treinta años no he regresado a mi pueblo. A pesar de que todos los años veo crisantemos, el tiempo ha pasado sin que yo recuerde aquella roca y su historia. De repente, al llegar este otoño, por alguna razón se me ocurrió que esa roca podría considerarse como una especie de lápida votiva o de piedra sepulcral.
He estado recorriendo Kamakura de templo en templo, contemplando el antiguo arte del tallado en piedra. Y  le digo a la gente: "Los objetos de la época Kamakura que quedan en la ciudad son muy pocos; pero la mayoría de las piezas que se conservan tal como eran son de piedra".
Como ejemplos de ello están la stupa con el relicario  del fundador del Kakuenji, la stupa con el relicario del segundo fundador del mismo templo, la pagoda de cinco anillos de la tumba de Ninsho en el Gokurakuji, el torii  de piedra en Tsurugaoka Hachimangu, la loza de una sola pieza en el Daikakuzenji, uno de los templos del Kenchoji. Todos ellos fueron declarados tesoros nacionales. Como obras de arte se señalan la stupa con el relicario del Betsuganji, la stupa con los restos de Uesugi Kenpo, y muchos otros sitios. La stupa con las reliquias de Hojo Shigetoki, en cambio, está considerada como un sitio histórico.
Me vienen también a la mente la lápida conmemorativa de Kurihara en Goshojinja, la pagoda de siete pisos dedicada a Hojo Dogo y el Buda de piedra en Fukomyoji. La época de Kamakura fue el período de esplendor de la escultura en piedra.

Y sin embargo, son muy pocos los que se pasean contemplando estos monumentos. Yo mismo, a pesar de haber vivido durante quince años en Kamakura, nunca sentí, hasta este otoño, curiosidad de mirarlas.
No son más que tumbas, me decía a mí mismo cuando sin invitar a nadie, salía solo a mirarlas.

Decía, no son más que tumbas, pero a decir verdad, fue eso lo que me llevó a buscarlas la primera vez. Muchos de mis amigos y conocidos han muerto, y como ya habían mandado construir su tumba, he tenido la oportunidad de ver gran cantidad de sepulcros de diferentes formas. Cuando uno se para frente a una tumba piensa en la muerte. Y de pronto, de manera natural, empieza uno a pensar en la forma de la piedra.
Uno de mis amigos hizo construir una tumba pequeña en forma de stupa para guardar el cofre con las cenizas de su esposa, quien lo había precedido en la muerte. Mi amigo me contó que el monumento se hizo siguiendo la forma que tienen las stupa que Quian Hong Shu hizo recubrir de laca dorada. Quian Hong Shu, rey de Wu Yue, continuó la tradición del rey Asoka y mandó fundir en bronce 84.000 stupa. Después hizo poner en el relicario de cada una de ellas una copia del Sutra de Shinju y las repartió por todo el mundo. Una de ellas fue enviada al Japón. Estas stupa pequeñas recubiertas de laca dorada fueron fabricadas en un año que corresponde al noveno de la era Tenryaku en Japón. Las stupa en piedra para depositar un cofre que contenga las cenizas de los difuntos aparecieron por primera vez durante la época Kamakura. Se dice que las stupa fabricadas en esta época son bellísimas obras maestras.

Viví por más de diez años en el valle donde está el Kakuen-ji, un templo de dos plantas ubicado al final de una garganta no muy profunda. Iba con frecuencia hasta allí en mis paseos por el valle, y muchos años han pasado desde que vi por primera vez sus dos famosas stupa: una dedicada al fundador del templo, la otra a Daito, el Sexto Patriarca. Sin embargo, no fue sino hasta hace muy poco tiempo cuando me enteré de que estos dos monumentos son considerados como los mayores y más hermosos de toda la región del Kanto.
La parte superior de la primera stupa se vino abajo en el gran terremoto del año 12 de la era de Taisho. Se dice que si se la observa se advierte que el cuerpo tiene dos secciones, en una de las cuales están los huesos del fundador.
Otra stupa de la época Kamakura es la conocida como sepulcro de Tada Mitsunaka. La he visto muchas veces allá en el fondo del camino, desde la ventana del autobús que cruza el paso de Jukkoku. De la misma época es la stupa conocida generalmente como la tumba de Izumi Shikibu, que puede advertirse en Tokio en medio del bullicioso pasaje de Shinkyogoku.  Tiene un poco más de tres metros de alto, es decir, es un metro más baja que la del Kakuen-ji. Su forma, sin embargo, es muy bella y delicada. Esto y su tamaño pequeño la hacen muy propia para el sepulcro de una mujer.

Viví en el valle de Kakuen-ji con sus hermosas lápidas funerarias, pero la primera vez que miré una tumba como objeto de belleza fue en Kyoto, en el Daitoku-ji, en donde se encuentra la stupa de la tumba de Zenno-Rikyu y la linterna de piedra de la tumba de Hosokawa Sansai. Cuando las contemplamos por primera vez, tanto la stupa votiva como la linterna nos parecen bellas porque se trata de objetos que fueron muy queridos por Rikyu y por Sansai, quienes las eligieron para sus sepulcros. Puesto que Rikyu y Sansai fueron maestros del té, y puesto que estas piedras forman parte de la atmósfera que envuelve la ceremonia del té, uno siente ante ellas una intimidad y una claridad de las que carecen la mayoría de los monumentos funerarios antiguos.
En la parte en forma de puerta que tiene el cuerpo de la stupa han abierto un boquete. Se dice que si uno pone sobre él el oído se escucha el sonido del agua que hierve para la ceremonia del té, como un viento soplando entre pinos. Yo también me he agachado para oírlo. Mi cara, que es muy delgada, cupo justo en el agujero. Al sacar la cabeza, mis pómulos rozaron la piedra.
A alguien que me preguntó si podía oírse el sonido de la marmita le contesté: "Bueno, pues, si se cree, se puede escuchar algo".
Cuando metemos la cara dentro de la tumba lo hacemos más por oír el sonido de la marmita de Rikyu que por tratarse de un monumento funerario.
Comenté que una tradición narra que Rikyu se robó la piedra del mausoleo del emperador Nijo, que se encuentra en las faldas del monte Funaoka, porque estaba fascinado con ella.

Dicen que la stupa votiva tiene su origen en el capítulo once del Sutra del Loto que lleva por título "La aparición de la stupa votiva". Cuando Shaka explicaba el Sutra del Loto, brotó del fondo de la tierra una stupa con los siete tesoros y quedó flotando en el aire. Del centro de esa espléndida stupa se oyó una voz que hizo un elogio reverente de Shaka. Shaka corrió la puerta de la stupa con los dedos de su mano derecha. En la silla del león estaba el Buda Nyorai de los Innumerables Tesoros, quien compartió con Shaka la mitad de su asiento.
"Entonces, la muchedumbre, al contemplar a los dos Budas sentados con las piernas cruzadas en la silla del león en medio de la stupa de los Siete Tesoros, oró de esta manera: 'Los Buda se sientan en un sitio alto y lejano. Una cosa os rogamos, oh Budas, que con la fuerza divina nos permitáis ser vuestros compañeros y nos llevéis a los cielos con vosotros'. Al oír esto el Buda Shaka, en virtud de la fuerza de lo alto, convocó a esta muchedumbre variada para llevarla consigo a los cielos. Después dijo: 'Al Buda Nyorai de los Innumerables Tesoros se le encuentra siempre deambulando en las Diez Direcciones. Es sólo en consideración a este sutra por lo que ahora se encuentra sentado en esta stupa' . Así, siempre que se proclama el Sutra del Loto hay una stupa del Buda Nyorai de los Innumerables Tesoros."

Es por esto por lo que las stupa de piedra tienen, tallada en el frente o en los cuatro costados del eje del cuerpo, la forma de una puerta. La stupa de Rikyu tiene un boquete en lugar de la puerta y fue tallada en una sola piedra que mide más de dos metros de altura. Aún por su sola forma se trata de un objeto prodigioso.
Hay una historia que cuenta cómo Sansai, cuando hacía su visita bianual al gobierno de Edo, viajaba cargando la linterna de piedra. Sea o no cierto esto, el hecho es que ni la tumba de Rikyu ni la de Sansai fueron obra de talladores, ni se hicieron después de sus muertes. Son producto de una época más antigua que ellos y, durante su vida, ambos las apreciaron como obras de arte. Así, la belleza que contemplaban en vida se convirtió en su tumba, con la forma que siempre había tenido. Ciertamente fue un modo curioso de construir una tumba. El sentido estético de la persona enterrada asume la forma de la piedra de su tumba.

Rikyu hubiese podido diseñar la maqueta de una stupa exquisita. Pero si hubiera encomendado su ejecución a un tallador, de seguro no habría logrado la hermosa piedra que tenía en mente para su sepulcro. Para eso no hubiesen bastado todas las energías de la época. Además, hay cosas que poseen lo que se llama el "paso del tiempo", una cualidad que se adhiere aun a las piedras.
Es cierto que al comenzar la época Momoyama la fabricación de linternas de piedra seguía el gusto de los cultivadores de la ceremonia del té, y se produjeron linternas de extrañas y variadas figuras. Sin embargo, a pesar de esto, este tiempo, que siguió a la época de Kamakura, es de decadencia y, por ende, de deterioro del nivel del tono estético. Rikyu y Sansai escogieron entre las obras de arte heredadas de tiempos antiguos, que la energía de su época era incapaz de emular, aquellas piedras que más les gustaban, e hicieron de ellas sus propios sepulcros. Esto fue tal vez el extremo de la extravagancia y el orgullo. Pero también puede mirarse como un acto de pura elegancia y modestia. ¿No es acaso verdad que cuando visitamos estas tumbas, siglos después, nuestra sensibilidad se refina gracias a esa stupa y a esa vieja linterna? Rikyu estaba tan apegado a su stupa y Sansai a su linterna que las hicieron acarrear hasta el sitio en donde habían de ser enterrados. Puede pensarse que la belleza de sus vidas quedó fundida en la piedra de sus sepulcros.
Por esto cuando decidí ir a visitar el arte en piedra de Kamakura, lo primero que se me vino a la mente fueron las tumbas de Rikyu y de Sansai.

Un día en que hojeaba una colección de fotografías, alguien de mi familia, al mirar lo que hacía por encima de mi hombro, se dio cuenta de que la mayor parte de las fotografías eran de tumbas, y me preguntó:
–¿Cómo quieres que te hagamos la tuya?
A lo que contesté:
–Yo mismo voy a dejar comprada una piedra vieja que me guste.
Todavía se compran y venden como arte antiguo stupa y otras piezas buenas que pueden ser convertidas en tumbas. Me hacía la fantasía caprichosa de que si tuviera que construir mi propia tumba lo haría, a ejemplo de Rikyu y de Sansai, mientras todavía viviera, escogiendo la que más me gustara. Podía ser una stupa múltiple, un relicario, una pagoda, una lápida de una sola pieza. También podía ser un Buda o una linterna de piedra.

La sola consideración de que una piedra antigua y hermosa fuera mi tumba, me hacía llevadero el desagrado de pensar en cómo podría ser mi entierro. La gente que venga a orar ante mi tumba sentirá su hermosura. Será una belleza que yo aprecio pero que no ha sido fabricada por mí ni por mi época. Tendrá algo imposible de lograr hoy en día: una belleza que heredamos del antiguo Japón y que pasará hasta las generaciones posteriores en una piedra que no se destruye.
Mi corta existencia entrará en la larga vida que fluye en esa piedra. Ni mi nombre ni mi edad estarán grabados porque voy a usar la piedra tal como fue elaborada. La reconocerán como mi tumba únicamente aquellos que sepan de ella. Los demás pasarán de largo después de contemplar su discreta hermosura. Y cuando llegue el tiempo en que nadie identifique mi tumba, mi piedra seguirá ahí, hermosamente erguida, y trasmitirá un pedazo de la belleza de Japón.

Mientras uno está vivo no hay razón para ponerse a pensar en la tumba que tendrá cuando muera. Pero cuando empiezan a multiplicarse las tumbas de los amigos y conocidos, hay momentos en que la idea nos pasa por la cabeza.
He visto construir tumbas para personas que siempre dijeron que no querían una. Mi capricho por tener una piedra como Rikyu y Sansai se debe tal vez a lo penoso que me resulta pensar en cómo será mi tumba. En este "valle de lágrimas" nada que se haga después de la muerte puede ser bello.
Un conocido que tiene un almacén de antigüedades me dijo que tenía una stupa de trece niveles del período Kamakura. Al mirar el jardín de mi casa, pensé en lo maravilloso que sería comprar la stupa y verla levantarse allí, erguida en medio de la hierba que he dejado que crezca silvestre.
–Cuando en la mitad del jardín tenga una stupa de trece niveles proveniente de la época de Kamakura, no voy a necesitar nada más.
No dije que deseaba que fuera mi tumba después de mi muerte.
El muchacho de la tienda de antigüedades me dijo que podía transportarla en un camión.
–Sin embargo, ensamblar las piezas será muy delicado porque debe medir como unos siete metros de altura. Habrá que traer rocas para hacerle unos cimientos profundos.
Incluso asumiendo que una stupa de siete metros de altura pudiera servir de tumba, esta sería visible de lejos. Resultaría muy alta y desconcertaría a la gente.

Las stupa de roca de una sola pieza de Rankei Doryo, el fundador del Kenchoji, y de Mugaku Sogen servían bellamente de tumbas. El cuerpo ovalado de estas stupa, de las cuales se dice que encierran a todos los seres del cielo y la tierra, produce una sensación de profundidad y elegancia. Cuando asisto a una ceremonia del té y contemplo una muestra caligráfica de Rankei o de Mugaku me viene a la mente la silueta de las lápidas de sus tumbas. Hay también una hilera de stupa en Kahuen-ji, labradas para sucesivas generaciones de monjes, sus ovaladas cabezas todas alineadas.
Me gustan las stupa hechas de una sola loza, pero esas siempre parecen señalar un sepulcro. Yo en todo caso preferiría evitar que un objeto que ya fue usado una vez por alguien que falleció primero, se convierta en lápida sepulcral de mi tumba. Pero si en este momento decidiera fabricar una stupa nueva, sin duda el resultado no sería agradable a la vista. Una vez más, las más bellas stupa de piedra hechas en una sola pieza fueron producidas durante el período Kamakura.

Si lo pienso bien, tengo la fortuna de vivir en Kamakura y de ver las obras en piedra de los templos mientras paseo. En el antiguo Japón no hubo construcciones en piedra ni grandes obras de arte esculpidas en roca. Se ha dicho que este es un signo de la fragilidad de la cultura japonesa. Y así debe ser, si pienso en lo austeras y simples que son las diferentes stupa (como las lápidas de una sola pieza, los relicarios de cenizas, las pagodas y los budas tallados en piedra que he visto en los templos de Kamakura). Son piedras viejas, de esas que se ocultan en el lado oscuro de las montañas y no poseen una belleza que obligue a levantar la mirada. Sin embargo, cuando una de estas rocas antiguas me llega a los ojos, una poderosa belleza que viene de adentro de la misma piedra me hace sentir una intimidad indescriptible con el Japón de otros tiempos.

Fue así como, cuando regresaba de ver las stupa de una sola pieza, mientras pisaba las hojas caídas del otoño, de repente me vino el recuerdo del crisantemo en la roca que había en la aldea de mis antepasados.
¿Si uno hace de esa roca la tumba de una mujer sin sepulcro, ese crisantemo hará entonces las veces de ofrenda? Es la historia de una mujer desafortunada, sin nombre, que venía de una familia de las montañas, una historia con un argumento ordinario: la mujer murió congelada esperando a su hombre detrás de la roca. La historia no es más.
Mi aldea queda en un valle al lado de un río en cuyas orillas y cauce se encuentran numerosas rocas. La mujer se ocultó detrás de una de ellas que destacaba por su tamaño. Si alguien hubiese pasado al lado de la roca no habría visto a la mujer. En la base había un charco pequeño y la sombra de la roca lo cubría de tal manera que no se distinguía la sombra del agua. Cansada de esperar, la mujer se subía de vez en cuando a la roca. Asomaba la cabeza y miraba el camino por donde había de llegar su hombre. La cara de mujer del espectro, que dicen se asoma por encima de la roca, debe tener la impresión de aquellos momentos. Para levantarse la mujer se paraba sobre la depresión de la roca. Por esta razón se sembró allí un crisantemo.

Salí por el portón del viejo templo de Kamakura y mientras cruzaba bajo una avenida de cedros me puse a conversar con el espectro de la mujer cuya cabeza flotaba sobre la roca de mi pueblo.
–Tienes el pelo mojado, ¿verdad? ¿Te lo empapó el llanto? ¿O fue que también de tu pelo rodaron lágrimas?
–Tal vez lo mojó la nieve de ayer. No tenía razón para llorar porque estaba feliz de esperarlo.
–Parece que va nevar de nuevo esta noche. ¡No te vayas a congelar! ¡Regresa a casa temprano! Hoy tampoco va a venir.
–Me dijo que lo esperara aquí. Seguro que viene si lo aguardo. Aunque regrese a casa mi corazón se quedará esperándolo detrás de la roca. Mi corazón y mi cuerpo pueden estar separados. Si permanezco aquí sólo con mi corazón tendré calor. No me dará frío.–¿Y siempre esperas de esta manera?
–Me dijo que lo esperara aquí todos los días. Por eso estoy siempre aquí.
–Pero, ¿no crees que por más días que lo esperes, no ha de venir? Ya debes tener las manos y los pies congelados. ¿Qué te parece si plantas un crisantemo en esta roca y dejas que la flor lo espere en lugar tuyo?
–¡Mientras esté viva, voy a esperarlo! Si me muero aquí seguro florecerá un crisantemo que espere por mí.
–No creo que venga aunque una flor de crisantemo lo esté esperando.
–¡Él sí quiere venir! Pero por alguna razón no puede hacerlo. Cuando estoy en el sitio donde me dijo que lo esperara siento como si él ya hubiese llegado. Venga o no venga la persona a la que espera, el crisantemo permanecerá en flor sin cambiar de color. ¡A mí me pasa lo mismo!
–El color de tu semblante es distinto. ¡Parece como si fueras a morir congelada!
–Si la flor del otoño de este año se marchita, el crisantemo del otoño del año que viene florecerá una vez más. Seré feliz cuando un crisantemo ocupe mi puesto.

El espectro de la cabeza de la mujer se desvaneció. La flor de un crisantemo quedó flotando como una ilusión. La nieve comenzó a caer sobre la roca. La roca y el crisantemo se tiñeron de la misma blancura. Se hizo imposible percibir la flor. Después, el gris ceniza del crepúsculo lo envolvió todo: la nieve, la roca, el crisantemo.
Pensé en esa roca natural en medio de la montaña convertida, tal como es, en la tumba de una mujer. "Esto es lo que se llama una stupa de una sola pieza", musité para mí mismo. El nombre de la mujer no está grabado en esa roca enorme ni en el pequeño pozo que se encuentra a su sombra.

Hace muchísimo tiempo en Nan Yang, durante la dinastía Tang, Dai Zong le preguntó al gran maestro Zhong qué deseaba para después de su muerte.
"Levántame una stupa de una sola pieza", se dice que contestó. Este tipo de monumento tiene su origen en la descripción de la stupa del gran maestro que se cuenta en la Crónica del desfiladero azul.
Lo que se llama "stupa de una sola pieza" es una loza entera sin uniones, un cuerpo de Buda imperceptible a los ojos. En este cuerpo sin forma ni figura están encerrados todos los seres. Por eso tomó la apariencia de un óvalo, como símbolo de aquello que no tiene fisura.
Las stupa de sucesivas generaciones que se ven en los cementerios de los templos se asemejan a filas de monjes de cabeza redonda. No cabe duda, sin embargo, de que las stupa de una sola pieza son obra de los hombres. La forma ovalada se les dio redondeando las piedras. Quizás una verdadera tumba sin fisuras seria una roca al natural. Como aquella roca de mi pueblo natal y muchas otras. ¿Es esa roca la tumba de una mujer sin sepultura? Si es así, no fue porque la mujer quisiera esa roca por tumba ni porque alguien hubiera levantado un sepulcro con ella. Fue porque un peñasco natural se convirtió espontáneamente en sepulcro. Pero, ¿existen lápidas sin fisuras? Aunque hay vidas de una sola pieza no creo que existan tumbas de una sola pieza. Si alguna existió, ¿no es aquella roca símbolo de una vida sin ninguna fisura? ¿No lo es también el crisantemo blanco que florece en la roca?

Mientras se abran flores en este mundo y se levanten rocas, yo no necesito construirme una tumba. Mi sepulcro será la naturaleza toda, todo el cielo y la tierra, y la leyenda de la mujer de mi pueblo natal.
Y así, pensando en que había podido pasearme contemplando las tumbas de la gente como si fueran obras de arte, mientras imaginaba con vanidad mi propia tumba, placer que me podía dar sólo porque estaba vivo, regresé a una Kamakura asaetada por los rayos del sol poniente.


Yasunari Kawabata (Japón 1899 - 1972) Premio Nobel de Literatura en 1968 por su "pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincrasia japonesa con enorme sensibilidad". Fue sobre todo un refinado transmisor de atmósferas y emociones, que plasmó con un lenguaje de singular belleza lírica. Sus temas intimistas, a menudo amorosos, son exploraciones de la soledad y de las delicadas relaciones del individuo con los otros y con la naturaleza.

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El gato

H. A. Murena

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado? La mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido aquello le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo.

Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.

Encontró esa pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón; levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando.

Lo echaron por segunda vez, y volvió meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a lucha. ¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla? Al principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel listeado de colores chillones le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca.

Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.

En su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua.

Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación. Tirado por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas del libro.

Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables imágenes: la luz de la lamparita —eternamente encendida— menguaba hasta desvanecerse. y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel intensamente celeste... El gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón.

Un día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser, sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo descubierto. Se sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía. Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia. Le latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse. Entonces abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló.


Héctor Álvarez Murena (Buenos Aires, 1923- 1975), fue un escritor, ensayista, narrador, poeta y traductor argentino. Escribió unos veinte libros de todos los géneros literarios y fue habitual colaborador de la revista Sur y del suplemento cultural del diario La Nación. Fue un importante difusor del pensamiento alemán en español.

Imagen:  Bárbara Gross

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Los culpables

Juan Villoro

Las tijeras sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.

Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a cuarenta y dos grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.

—¡Ábrela! —gritó con la cabeza envuelta por la tela. Su mano señaló un punto inexacto que no me costó trabajo adivinar.

Fui por las tijeras y corté la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molestó que las tijeras sirvieran de algo; Jorge volvía útiles las cosas sin sentido; para él, eso significaba tener talento.

Me abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados videos. Le sobraba energía, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pateó el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.

Yo había propuesto otro lugar para reunimos pero él necesitaba algo que llamó «correspondencias». Ahí vivimos apiñados, leímos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo a ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que servía para barrer el excremento de los pollos, soñamos en huir y regresar para incendiar la casa.

—Acompáñame —Jorge salió al porche. Había llegado en una camioneta Windstar, muy lujosa para él. Sacó dos maletines de la camioneta. Estaba tan flaco que parecía sostener tanques de buceo en la absurda inmensidad del desierto. Eran máquinas de escribir.

Las colocó en las cabeceras del comedor y me asignó la que se atascaba en la eñe. Durante semanas íbamos a estar frente a frente. Jorge se creía guionista. Tenía un contacto en Tucson, que no es precisamente la meca del cine, interesado en una «historia en bruto» que en apariencia nosotros podíamos contar. La prueba de su interés eran la camioneta Windstar y dos mil dólares de anticipo. Confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; había demasiado odio y demasiada pasión en la región para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios («un safari caliente», había dicho el hombre al que Jorge citaba como a un evangelista); luego, el improbable productor había preparado un coctel margarita color rojo. Lo «mexicano» se imponía entre un reguero de cadáveres.

La mayor extravagancia de aquel gringo era confiar en mi hermano. Jorge se preparó como cineasta paseando drogadictos norteamericanos por las costas de Oaxaca. Ellos le hablaron de películas que nunca vimos en Sacramento. Cuando se mudó a Torreón, visitó a diario un negocio de videos donde había aire acondicionado. Lo contrataron para normalizar su presencia y porque podía recomendar películas que no conocía.

Regresaba a Sacramento con ojos raros. Seguramente, esto tenía que ver con Lucía. Ella se aburría tanto en este terregal que le dio una oportunidad a Jorge. Aun entonces, cuando conservaba un peso aceptable e intacta su dentadura, mi hermano parecía un chiflado cósmico, como esos tipos que han entrado en contacto con un ovni. Tal vez tenía el pedigrí de haberse ido, el caso es que ella lo dejó entrar a la casa que habitaba atrás de la gasolinera. Costaba trabajo creer que alguien con el cuerpo y los ojos de obsidiana de Lucía no encontrara un candidato mejor entre los traileros que se detenían a cargar diesel. Jorge se dio el lujo de abandonarla.
No quería atarse a Sacramento pero lo llevaba en la piel: se había tatuado en la espalda una lluvia de estrellas, las «lágrimas de San Fortino» que caen el 12 de agosto. Fue el gran espectáculo que vimos en la infancia. Además, su segundo nombre es Fortino.

Mi hermano estaba hecho para irse pero también para volver. Preparó su regreso por teléfono: nuestras vidas rotas se parecían a las de otros cineastas, los artistas latinos la estaban haciendo en grande, el hombre de Tucson confiaba en el talento fresco. Curiosamente, la «historia en bruto» era mía. Por eso tenía frente a mí una máquina de escribir.

También yo salí de Sacramento. Durante años conduje tráilers a ambos lados de la frontera. En los cambiantes paisajes de esa época mi única constancia fue la cerveza Tecate. Ingresé en Alcohólicos Anónimos después de volcarme en Los Vidrios con un cargamento de fertilizantes. Estuve inconsciente en la carretera durante horas, respirando polvo químico para mejorar tomates. Quizá esto explica que después aceptara un trabajo donde el sufrimiento me pareció agradable. Durante cuatro años repartí bolsas con suero para los indocumentados que se extravían en el desierto. Recorrí las rutas de Agua Prieta a Douglas, de Sonoyta a Lukeville, de Nogales a Nogales (rentaba un cuarto en cada uno de los Nogales, como si viviera en una ciudad y en su reflejo). Conocí polleros, agentes de la migra, miembros del programa Paisano. Nunca vi a la gente que recogía las bolsas con suero. Los únicos indocumentados que encontré estaban detenidos. Temblaban bajo una frazada. Parecían marcianos. Tal vez sólo los coyotes bebían el suero. A la suma de cadáveres hallados en el desierto le dicen The body count. Fue el título que Jorge escogió para la película.

La soledad te vuelve charlatán. Después de manejar diez horas sin compañía escupes palabras. «Ser ex alcohólico es tirar rollos», eso me dijo alguien en AA. Una noche, a la hora de las tarifas de descuento, llamé a mi hermano. Le conté algo que no sabía cómo acomodar. Iba por una carretera de terracería cuando los faros alumbraron dos siluetas amarillentas. Migrantes. Estos no parecían marcianos; parecían zombis. Frené y alzaron los brazos, como si fuera a detenerlos. Cuando vieron que iba desarmado, gritaron que los salvara por la Virgen y el amor de Dios. «Están locos», pensé. Echaban espuma por la boca, se aferraban a mi camisa, olían a cartón podrido. «Ya están muertos.» Esta idea me pareció lógica. Uno de ellos imploró que lo llevara «donde juese». El otro pidió agua. Yo no traía cantimplora. Me dio miedo o asco o quién sabe qué viajar con los migrantes deshidratados y locos. Pero no podía dejarlos ahí. Les dije que los llevaría atrás. Ellos entendieron que en el asiento trasero. Tuve que usar muchas palabras para explicarles que me refería a la cajuela, el maletero, su lugar de viaje.

Quería llegar a Phoenix al amanecer. Cuando las plantas espinosas rasguñaron el cielo amarillo, me detuve a orinar. No oí ruidos en la parte trasera. Pensé que los otros se habían asfixiado o muerto de sed o hambre, pero no hice nada. Volví al coche.

Llegamos a las afueras de Phoenix. Detuve el coche y me persigné. Cuando abrí el cofre trasero, vi los cuerpos quietos y las ropas teñidas de rojo. Luego oí una carcajada. Sólo al ver las camisas salpicadas de semillas recordé que llevaba tres sandías. Los migrantes las habían devorado en forma inaudita, con todo y cascara. Se despidieron con una felicidad alucinada que me produjo el mismo malestar que la posibilidad de matarlos mientras trataba de salvarlos.

Fue esto lo que le conté a Jorge. A los dos días llamó para decirme que teníamos una «historia en bruto». No servía para una película, pero sí para ilusionar a un productor.

Mi hermano confiaba en mi conocimiento de los cruces ilegales y en los cursos de redacción por correspondencia que tomé antes de irme de trailero, cuando soñaba en ser corresponsal de guerra solo porque eso garantizaba ir lejos.

Durante seis semanas sudamos uno frente al otro. Desde su cabecera, Jorge gritaba: «¡Los productores son pendejos, los directores son pendejos, los actores son pendejos!». Escribíamos para un comando de pendejos. Era nuestra ventaja: sin que se dieran cuenta, los obligaríamos a transmitir una verdad incómoda. A esto Jorge le decía «el silbato de Chaplin». En una película, Chaplin se traga un silbato que sigue sonando en su estómago. Así sería nuestro guión, el silbato que tragarían los pendejos: sonaría dentro de ellos sin que pudieran evitarlo.

Pero yo no podía armar la historia, como si todas las palabras llevaran la eñe que se atascaba en mi teclado. Entonces Jorge habló como nuestro padre lo había hecho en esa mesa: nos faltaba sentirnos culpables. Éramos demasiado indiferentes. Teníamos que jodernos para merecer la historia.

Fuimos a unas peleas de perros y apostamos los dos mil dólares del anticipo. Escogimos un perro con una cicatriz en equis en el lomo. Parecía tuerto. Luego supimos que la furia le hacía guiñar un ojo. Ganamos seis mil dólares. La suerte nos consentía, pésima noticia para un guionista, según Jorge.

No sé si él tomó alguna droga o una pastilla, lo cierto es que no dormía. Se quedaba en una mecedora en el porche, viendo los huizaches del desierto y los gallineros abandonados, con las tijeras abiertas sobre el pecho. Al día siguiente, cuando yo revolvía el nescafé, me gritaba con ojos insomnes: «¡Sin culpa no hay historia!». El problema, mi problema, es que yo ya era culpable. Jorge nunca me preguntó qué estaba haciendo en la carretera de terracería a bordo de un Spirit que no era mío, y yo no deseaba mencionarlo.

Cuando mi hermano abandonó a Lucía, ella se fue con el primer cliente que llegó a la gasolinera. Pasó de un sitio a otro de la frontera, de un Jeff a un Bill y a un Kevin, hasta que hubo alguien llamado Gamaliel que pareció suficientemente estable (casado con otra, pero dispuesto a mantenerla). No era un migrante sino un «gringo nuevo», hijo de hippies que buscaban nombres en las Biblias de los migrantes. La propia Lucía me puso al tanto. Hablaba de cuando en cuando y se aseguraba de tener mis datos, como si yo fuera algo que ojalá no tuviera que usar. Un seguro en la nada.

Una tarde llamó para pedir «un favorsote». Necesitaba enviar un paquete y yo conocía bien las carreteras. Curiosamente, me mandó a un lugar al que nunca había ido, cerca de Various Ranches. A partir de entonces me usó para despachar paquetes pequeños. Me dijo que contenían medicinas que aquí podían comprarse sin receta y valían mucho al otro lado, pero sonrió de modo extraño al decirlo, como si «medicinas» fuera un código para droga o dinero. Nunca abrí un sobre. Fue mi lealtad hacia Lucía. Mi lealtad hacia Jorge fue no pensar demasiado en los pechos bajo la blusa, las manos delgadas, sin anillos, los ojos que aguardaban un remedio.

Cuando decidimos vender la granja, los seis hermanos nos reunimos por primera vez en mucho tiempo. Discutimos de precios y tonterías prácticas. Fue entonces cuando Jorge pateó el ventilador. Nos maldijo entre frases sacadas de la Biblia, habló de lobos y corderos, la mesa donde se ponía un lugar al enemigo. Luego encendió el ventilador y oyó el ruido de sonaja. Sonrió, como si eso fuera divertido. El hermano que me ayudaba a bajarme los pantalones después de los azotes para sentir la fría delicia del río se creía ahora un cineasta con méritos suficientes para patear ventiladores. Lo detesté, como nunca lo había hecho.

La siguiente vez que Lucía me llamó para recoger un envío no salí de su casa hasta el día siguiente. Le dije que mi coche estaba fallando. Me prestó el Spirit que le había regalado Gamaliel. Yo quería seguir tocando algo de Lucía, aunque el coche viniera de otro hombre. Pensé en esto en la carretera y quise aportarle un toque personal al Spirit. Por eso me detuve a comprar sandías.

No volví a ver a Lucía. Devolví el coche cuando ella no estaba en casa y arrojé las llaves al buzón. Sentí un sabor acre en la boca, ganas de romper algo. En la noche llamé a Jorge. Le conté de los zombis y las sandías.

Al cabo de seis semanas, marcas azules circundaban los ojos de mi hermano. Cortó en cuadritos los dólares que ganamos en las peleas de perros pero tampoco así nos llegó la culpa creativa. No sé si sacó esa idea de los castigos en la granja, a manos de un padre de fanática religiosidad, o si las drogas en la costa de Oaxaca le expandieron la mente de ese modo, un campo donde se cosecha con remordimientos.

—Asalta un banco —le dije.—

El crimen no cuenta. Necesitamos una culpa superable.

Estuve a punto de decir que me había acostado con Lucía, pero las tijeras para pollos estaban demasiado cerca.

Horas más tarde, Jorge fumaba un cigarro torcido. Olía a mariguana, pero no lo suficiente para mitigar la peste de las aves de corral. Vio la mancha de salitre donde había estado la imagen de la Virgen. Luego me contó que seguía en contacto con Lucía. Ella tenía un negocio modesto. Medicinas de contrabando. Era ilícito pero nadie se condena por repartir medicinas. Me preguntó si yo tenía algo que decirle. Por primera vez pensé que el guión era un montaje para obligarme a confesar. Salí al porche, sin decir palabra, y vi la Windstar. ¿Era posible que el «productor» fuese Gamaliel y los dólares y la camioneta vinieran de él? ¿Jorge era su mensajero? ¿Traía a la casa los celos de otra persona? ¿Podía haberse degradado con tanto cálculo?

Regresé a mi silla y escribí sin parar, la noche entera. Exageré mis encuentros eróticos con Lucía. En esa confesión indirecta, el descaro podía encubrirme. Mi personaje asumió los defectos de un perfecto hijo de puta. A Jorge le hubiera parecido creíble y repugnante que yo actuara como el hombre débil que era, pero no podía atribuirme esa magnífica vileza. Al día siguiente, The body count estaba listo. Sin eñes, pero listo.

—Siempre puedes confiar en un ex alcohólico para satisfacer un vicio —me dijo. No supe si se refería a su vicio de convertir la culpa en cine o de saciar celos ajenos.

Jorge le hizo cortes al guión con las tijeras para pollos. El más significativo fue mi nombre. Él ganó dinero con The body count, pero fue un éxito insulso. Nadie oyó el silbato de Chaplin.

En lo que a mí toca, algo me retuvo ante la máquina de escribir, tal vez una frase de mi hermano en su última noche en la granja:

—La cicatriz está en el otro tobillo.

Me había acostado con Lucía pero no recordaba el sitio de su cicatriz. Mi refugio era imaginar las cosas. ¿Era ese el vicio al que se refería Jorge? Seguiría escribiendo. Esa noche me limité a decir:

—Perdón, perdóname.

No sé si lloré. Mi cara estaba mojada por el sudor o por lágrimas que no sentí. Me dolían los ojos. La noche se abría ante nosotros, como cuando éramos niños y subíamos al techo a pedir deseos. Una luz rayó el cielo.

—12 de agosto —dijo Jorge.

Pasamos el resto de la noche viendo estrellas fugaces, como cuerpos perdidos en el desierto.


Juan Villoro (México, 24 de septiembre de 1956). Estudió Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. Condujo el programa de Radio Educación, “El lado oscuro de la luna” de 1977 a 1981 y fue agregado cultural en la Embajada de México en Berlín Oriental, dentro de la entonces República Democrática Alemana, de 1981 a 1984. Ha ejercido como director del suplemento “La Jornada Semanal” de 1995 a 1998, además de impartir talleres de creación y cursos en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1991 publicó su primera novela El disparo de argón pero su éxito como novelista llegó en 2004 con El testigo, Premio Herralde.  Vive entre México y España.

Imagen cortesía Galería ADN, Madrid.

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El flautista

Ray Bradbury

-¡Ahí está!, ¡Señor! ¡Míralo! ¡Ahí está! -cloqueó el viejo, señalando con un calloso dedo-. ¡El viejo flautista! ¡Completamente loco! ¡Todos los años igual!
El muchacho marciano que estaba a los pies del viejo agitó sus rojizos pies en el suelo y clavó sus grandes ojos verdes en la colina funeraria donde permanecía inmóvil el flautista.

-¿Y por qué hace esto? -preguntó.
-¿Qué? -el apergaminado rostro del viejo se frunció en un laberinto de arrugas -. Está loco, eso es todo. No hace más que permanecer ahí, soplando su música desde el anochecer hasta el alba.
El tenue sonido de la flauta se filtraba en la penumbra, creando apagados ecos en las bajas prominencias y perdiéndose poco a poco en el melancólico silencio. Luego aumentó su volumen, haciéndose más alto, más discordante, como si llorara con una voz aguda.
El flautista era un hombre alto, delgado, con el rostro tan pálido y vacío como las lunas de Marte, los ojos de color cárdeno; se mantenía erguido recortándose contra el tenebroso cielo, con la flauta pegada a los labios, y tocaba. El flautista... una silueta... un símbolo... una melodía.
-¿De dónde viene el flautista? -preguntó el muchacho.
-De Venus -dijo el viejo. Se quitó la pipa de la boca y la atacó-. ¡Oh!, hace más de veinte años, a bordo del mismo proyectil que trajo a los terrestres. Yo llegué en la misma nave, procedente de la Tierra: ocupamos dos asientos contiguos.
-¿Cómo se llama? -la voz del muchacho era infantil, curiosa.
-No lo recuerdo. En realidad, creo que nunca he llegado a saberlo.
Les alcanzó un impreciso ruido de roces. El flautista seguía tocando, sin prestar ninguna atención. Procedentes de las sombras, recortándose contra el horizonte tachonado de estrellas, estaban empezando a llegar formas misteriosas que se arrastraban, se arrastraban.
-Marte es un mundo que se muere -dijo el viejo-. Ya no ocurre nada importante aquí. Creo que el flautista es un exiliado.
Las estrellas se estremecían como un reflejo en el agua, danzando al ritmo de la música.
-Un exiliado -prosiguió el viejo-. Un poco como un leproso. Le llamaban el Cerebro. Era el compendio de toda la cultura venusiana hasta que llegaron los terrestres con sus sociedades ávidas y sus malditos libertinajes. Los terrestres lo declararon fuera de la ley y lo enviaron a Marte para que terminara aquí sus días.
-Marte es un mundo que se muere -repitió el chiquillo-. Un mundo que se muere. ¿Cuántos marcianos hay ahora, señor?
El viejo dejó oír una risita.
-Creo que tú eres tal vez el único marciano de pura raza que queda con vida, muchacho. Pero hay muchos millones más.
-¿Dónde viven? Nunca he visto ninguno.
-Eres joven. Tienes aún mucho que ver, mucho que aprender.
-¿Dónde viven?
-Allá abajo, tras las montañas, más allá de las profundidades de los mares muertos, más allá del horizonte, al norte, en las cavernas, muy por debajo del suelo.
-¿Por qué?
-¿Por qué? Bueno, es difícil de explicar. Hubo un tiempo en que fueron una raza notable. Pero les ocurrió algo, se volvieron híbridos. Ahora son tan sólo criaturas sin inteligencia, bestias crueles.
-¿Es cierto que Marte es propiedad de la Tierra? -Los ojos del muchacho estaban clavados en el planeta que relucía sobre sus cabezas, el lejano planeta verde.
-Sí, todo Marte le pertenece. La Tierra tiene aquí tres ciudades, cada una de las cuales cuenta con mil habitantes. La más cercana está a dos kilómetros de aquí, siguiendo la carretera, un conjunto de pequeñas casas metálicas en forma de burbuja. Los hombres de la Tierra se desplazan entre las casas como si fueran hormigas, encerrados en sus escafandras espaciales. Son mineros. Abren con sus grandes máquinas las entrañas de nuestro planeta para extraer la sangre preciosa de nuestra vida de las venas minerales.
-¿Y eso es todo?
-Eso es todo -el viejo agitó tristemente la cabeza-. Ni cultura, ni arte, sólo los terrestres ávidos y desesperados.
-Y las otras dos ciudades... ¿dónde están?
-Hay una a ocho kilómetros de aquí, siguiendo la misma carretera. La tercera está mucho más lejos, a unos ochocientos kilómetros.
-Me siento feliz viviendo aquí contigo, los dos solos -la cabeza del muchacho estaba inclinada, como si se estuviera adormeciendo-. No me gustan los hombres de la Tierra. Son unos expoliadores.
-Siempre lo han sido -dijo el viejo-. Pero algún día hallarán su castigo. Han blasfemado demasiado, es un hecho. No pueden poseer los planetas como ellos lo hacen y esperar sacar tan sólo un avaricioso provecho para sus cuerpos blandos y lentos. Un día... -su voz se elevó de tono, al ritmo de la música salvaje del flautista.
Una música que se hacía cada vez más feroz, más demente, una música estremecedora. Una música que recordaba la salvaje naturaleza de la vida, que llamaba a realizar el destino del hombre.

Flautista de loca mirada, desde tu colina,
tú que cantas y te lamentas:
¡Llama a los seres salvajes a su venganza,
bajo las lunas de Marte agonizante!

-¿Qué es esto? -preguntó el muchacho.
-Un poema -dijo el viejo-. Un poema que escribí hace pocos días. Presiento que muy pronto va a ocurrir algo. La canción del flautista se hace cada noche más insistente. Al principio, hace veinte años, tan sólo tocaba unas pocas noches al año, pero ahora, desde hace casi tres años, toca hasta el amanecer durante todas las noches del otoño.
-«Llama a los seres salvajes...» -el muchacho se envaró. -¿Qué salvajes?
-¡Ahí! ¡mira!
A lo largo de las dunas relucientes bajo las estrellas, un enorme y compacto grupo de negras formas avanzaba murmurando. La música era cada vez más intensa.

¡Flautista, vuelve a tocar!
Entonces el flautista tocó,
y las lágrimas acudieron a mis ojos.

-¿Es también el mismo poema? -preguntó el muchacho.
-No... Es un viejo poema de la Tierra, de hace más de setenta años. Lo aprendí en la escuela.
-La música es extraña -los ojos del muchacho brillaban -. Despierta algo dentro de mí. Me incita a la cólera. ¿Por qué?
-Porque es una música que tiene una finalidad.
-¿Cuál?
-Lo sabremos al amanecer. La música es el lenguaje de todas las cosas... inteligentes o no, salvajes o civilizadas. El flautista conoce su música como un dios conoce su cielo. Ha necesitado veinte años para componer su himno de acción y de odio, y ahora por fin, esta noche quizá, va a llegar el final. Al principio, hace muchos años, cuando tocaba, no recibía ninguna respuesta de los del subsuelo, tan sólo un murmullo de voces sin sentido. Hace cinco años, consiguió atraer las voces y las criaturas de sus cavernas hasta las cimas de las montañas. Esta noche, por primera vez, la horda negra va a extenderse por las planicies hasta nuestra cabaña, hasta las carreteras, hasta las ciudades de los hombres.
La música gritaba más alto, más aprisa, enviaba locamente al aire nocturno choque macabro tras choque macabro, haciendo que las estrellas se estremecieran en sus inmutables posiciones. El flautista se envaraba en la colina, con su altura de dos metros o más, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con su delgada silueta envuelta en ropas de color marrón. La masa negra en la montaña descendía como los tentáculos de una ameba, contrayéndose, distendiéndose, entre susurros y murmullos.
-Ve al interior -dijo el viejo-. Eres joven, debes vivir para la multiplicación del nuevo Marte. Esta noche marca el fin del antiguo, mañana el comienzo del nuevo. Esta es la muerte para los hombres de la Tierra. -Y luego, más alto, cada vez más alto-: ¡La muerte! Acuden para aplastar a los terrestres, para arrasar sus ciudades, para tomar sus cohetes. Y entonces, en las naves de los hombres... ¡en ruta hacia la Tierra! ¡Revolución! ¡Venganza! ¡Una nueva civilización! ¡Los monstruos reemplazarán a los hombres, y la avidez humana desaparecerá con su muerte! -Y más agudo, más rápido, más alto, con un ritmo demencial-: El flautista... el Cerebro... el que ha sabido esperar noche tras noche durante tantos años. ¡Volverá a Venus para restablecer su civilización en toda su gloria. ¡El regreso del arte entre los seres vivos!
-Pero se trata de salvajes -protestó el muchacho-, de marcianos impuros.
-Los hombres son salvajes -dijo el viejo, temblorosamente-. Siento vergüenza de ser un hombre. Sí, esas criaturas son salvajes, pero aprenderán gracias a la música. La música bajo tantos aspectos, música para la paz, música para el amor, música para el odio y música para la muerte. El flautista y su horda organizarán un nuevo cosmos. ¡Es inmortal!
Ahora, la primera oleada de cosas negras que recordaban seres humanos se apretujaba murmurando en la carretera.
El aire estaba lleno de un olor insólito, agrio. El flautista descendía de su colina, avanzaba hacia la carretera, hacia el asfalto, hacia la ciudad.
-¡Flautista, vuelve a tocar! -gritó el viejo-. ¡Ve y mata, para que yo viva de nuevo! ¡Tráenos el amor y el arte! ¡Flautista, toca, toca, toca! ¡Estoy llorando! -Y luego-: ¡Escóndete, muchacho, escóndete aprisa! ¡Antes de que lleguen!
-¡Apresúrate!
Y el muchacho, sollozando inconteniblemente, corrió a la pequeña cabaña y permaneció oculto allí toda la noche.
Agitándose, saltando, corriendo y gritando, la nueva humanidad avanzaba al asalto de las ciudades, de los cohetes, de las minas del hombre. El canto del flautista. Las estrellas se estremecían. Los vientos se detenían. Los pájaros nocturnos no cantaban. Los ecos no repetían más que las voces de aquellos que avanzaban, llevando consigo una nueva comprensión. El viejo, arrastrado por el maelstrón de ébano, se sintió llevado, barrido, sin dejar de gritar. En la carretera, formando aterradores tropeles surgidos de las colinas, vomitados por las cavernas, avanzaban como las garras de terribles bestias gigantescas, arrasándolo todo y vertiéndose hacia las ciudades de los hombres. ¡Suspiros, saltos, voces, destrucción!
¡Cohetes zigzagueando en el cielo!
Armas. Muerte.
Y finalmente, en el pálido grisor del alba, el recuerdo, el eco de la voz del viejo. Y el muchacho se despertó para iniciar un nuevo mundo en una nueva compañía.
La voz del viejo le llegó como un eco:
-Flautista, vuelve a tocar! Entonces el flautista tocó, ¡y las lágrimas acudieron a mis ojos!
Era el amanecer de un nuevo día.


Ray Bradbury (Illinois, 1920 - Los Ángeles, 2012) Novelista y cuentista estadounidense conocido principalmente por sus libros de ciencia ficción. Alcanzó la fama con la recopilación de sus mejores relatos en el volumen Crónicas marcianas (1950), que obtuvieron un gran éxito y le abrieron las puertas de prestigiosas revistas. Se trata de narraciones que podrían calificarse de poéticas más que de científicas, en las que lleva a cabo una crítica de la sociedad y la cultura actual, amenazadas por un futuro tecnocratizado. En 1953 publicó su primera novela, Fahrenheit 451, que obtuvo también un éxito importante y fue llevada al cine por François Truffaut. El flautista fue el primer relato escrito por Bradbury, en 1940. Algunos lo consideran su primera «crónica marciana».

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Dos cuentos

Woody Allen

El secuestro extravagante

Medio muerto de inanición, Kermit Kroll entró tamabaleándose en el salón de la casa de sus padres, quienes le esperaban ansiosos en compañía del inspector Ford.
-Gracias por pagar el rescate, familia -exclamó  Kermit-. Nunca creí salir vivo de allí.
-Cuénteme lo que pasó -dijo el inspector Ford.
-Iba hacia el centro para que me ahormasen el sombrero, cuando se paró un Sedán y dos hombres me preguntaron si quería ver un caballo que sabía recitar la declaración de Gettysburg de corrido. Contesté que bueno y subí. Luego ya no sé más excepto que me dieron cloroformo y que me desperté atado a una silla y con los ojos vendados.
El inspector Ford examinó la nota de rescate: "Queridos mamá y papá: Dejar 50.000 dólares en una bolsa debajo del puente de Decatour Street. Si no hay puente en Decatour Street, por favor construir uno. Me tratan bien, tengo alojamiento y buena comida, aunque ayer por la noche las almejas de lata estaban demasiado cocidas. Enviar el dinero rápidamente porque si no se sabe nada de ustedes en varios días, el hombre que ahora me hace la cama me estrangulará. Los quiere, Kermit.
P.D.: Esto no es una broma. Adjunto una broma para que puedan apreciar la diferencia."
-¿Se le ocurre alguna idea de donde lo podían mantener encerrado?
-No. Oía solo un ruido extraño fuera de la ventana.
-¿Extraño?-Sí. ¿Conoce el ruido que hace el arenque cuando se le cuenta una mentira?-Hummmmmm -murmuró el inspector Ford
- ¿Y cómo logró escapar por fin?
-Les dije que quería ir al béisbol, pero que tenía solo una entrada. Me dijeron que bueno, con la condición de que llevase la venda puesta y prometiera volver a la medianoche. Así lo hice, pero al tercer cuarto de hora los Gigantes llevaban mucha ventaja, así que me aburrí, salí y me vine para acá.
-Muy interesante -exclamó el inspector Ford- Ahora sé que este secuestro ha sido fingido. Creo que lo ha preparado usted para sacarle el dinero a sus padres.
¿Como lo descubrió el inspector Ford? Aunque Kermit Kroll vivía aún con sus padres, éstos contaban con ochenta años y él sesenta. Unos secuestradores de verdad jamás raptarían a un niño de sesenta años... ya que no tiene sentido.


Colas de Manhattan

Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
«¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo.
«Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta.
«¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas.
«Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras».
«¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?».
«El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa».
A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor.
En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba mientras su cola batía el agua con igual fuerza que el motor de un yate Evinrude.
«No me lo puedo creer», dijo, incrustando sus pequeños ojos —que asemejaban semillas de pimiento— en las paredes de cristal. «Ese ladrón que debería estar tras las barras, dando pico y pala en la roca, haciendo chapas de carros, se las agenció para escurrirse de la reclusión de su apartamento y ha venido a agasajarse con una cena de delicadezas marinas».
«No te pierdas la piedra de su inmortal amada», apuntó Moe, echándole un vistazo al anillo y los brazaletes de la señora M.
Moscowitz contuvo su reflujo ácido, una condición que lo perseguía de su vida anterior. «Él es la razón por la que estoy aquí», dijo ya en estado de agitación extrema.
«Dímelo a mí», dijo Moe Silverman. «Yo jugué golf con el hombre en la Florida —dicho sea de paso, el tipo mueve la bola con el pie cuando no estás mirando—».
«Cada mes me enviaba un extracto de cuenta», despotricó Moscowitz. «Yo sabía que esos números lucían demasiado buenos como para ser kosher, y cuando bromeé diciéndole que aquello parecía una estafa Ponzi, se atragantó con su kugel. Tuve que revivirlo con la maniobra de Heimlich. Al final, después de toda esa vida de altura, resulta que el tipo era un fraude y mi valor neto era igual a un quilo prieto. P.D.: Tuve un infarto al miocardio que fue registrado en unos laboratorios de oceanografía en Tokio».
«Conmigo se hizo el duro», dijo Silverman, buscando instintivamente en su carapacho una píldora de Xanax. «Al principio me dijo que no tenía espacio para otro inversor. Mientras más me rechazaba, más quería yo que me aceptara. Lo invité a cenar y como le gustaron los blintzes que cocinó Rosalee, prometió que la próxima vacante sería mía. El día que me enteré que se haría cargo de mi cuenta me emocioné tanto que corté la cabeza de mi esposa en nuestra foto de bodas y puse la suya. Cuando me enteré de que estaba en la ruina, me suicidé saltando del techo de nuestro club de golf en Palm Beach. Tuve que esperar media hora para el salto mortal: era el número doce en la cola».
En ese momento, el capitán escoltó a Madoff hasta el tanque de las langostas, en donde el astuto y fastidioso personaje analizó los diferentes candidatos de agua salada y sus potencialidades en términos de suculencia y señaló a Moscowitz y a Silverman. Una atenta sonrisa apareció en la cara del capitán mientras llamaba a un camarero para que extrajera el par de langostas del tanque.
«¡Esto es el colmo!», gritó Moscowitz, preparándose para la atrocidad suprema. «¡Me despoja de los ahorros de toda una vida y después me devora enchumbado en mantequilla! ¿Qué clase de universo es éste?».
Moscowitz y Silverman, cuya ira alcanzaba dimensiones cósmicas, empezaron a balancear el tanque hasta que lo derribaron de la mesa, rompiendo sus paredes de cristal y empapando el piso de lozas hexagonales. Las cabezas se volvieron mientras el alarmado capitán contemplaba el panorama atónito. Empecinadas en la venganza, las dos langostas se escabulleron rápidamente hacia Madoff. Llegaron a su mesa en un instante y Silverman se le tiró al tobillo. Moscowitz, canalizando la fuerza de un poseso, pegó un brinco desde el suelo y con una de sus tenazas gigantes engrampó fuertemente la nariz de Madoff. Gritando de dolor, el canoso artista de la estafa saltó de la silla en lo que Silverman le estrangulaba el empeine con ambas pinzas. Los comensales no podían dar crédito a sus ojos al reconocer a Madoff, y empezaron a vitorear a las langostas.
«¡Esto es por las viudas y las obras de caridad!», gritó Moscowitz. «¡Gracias a ti, el Hatikvah Hospital es ahora una pista de patinaje!».
Madoff, incapaz de librarse de los habitantes del Atlántico, salió disparado del restaurant y huyó chillando entre el tráfico. Cuando Moscowitz apretó el agarre de tornillo de banco en su tabique y Silverman le atravesó el zapato, persuadieron al tramposo de que se declarara culpable y pidiera perdón por su estafa monumental.
Al final del día, Madoff estaba en el Lenox Hill Hospital, lleno de verdugones y contusiones. Los dos renegados platos fuertes, saciadas sus iras, tuvieron sólo la fuerza suficiente como para dejarse caer en las frías y profundas aguas de Sheepshead Bay, donde, si no me equivoco, Moscowitz vive con Yetta Belkin, a quien reconoció de cuando hacía las compras en Fairway. En vida, ella siempre se había asemejado a un pez platija, y luego de su fatal accidente aéreo había regresado como tal.


Woody Allen. (Nueva York, 1935) Director, actor y guionista cinematográfico estadounidense. Aunque llegó a ingresar en la universidad, no tardaría en abandonarla. Desde muy joven se dedicó a vender chistes a famosos columnistas y cómicos profesionales, más tarde escribió sketchs para clubes nocturnos, revistas de Broadway y programas de televisión, desarrollando una comicidad cercana a la de los clásicos Chaplin, Keaton, Lloyd, hermanos Marx y Jerry Lewis. Durante la década de los noventa, sin perder el humor cáustico que lo caracteriza, las películas de Woody Allen adquirieron un tono más reflexivo y trascendental. En 2002 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y en 2007 fue investido doctor honoris causa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Allen es además autor de varios libros en los que despliega arrolladoramente su cáustico y archiculto humor, y de diversas obras de teatro.


Imagen Christine Koenig

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