Letras

Por qué grita esa mujer...

Poesía feminista

Adriana Morán Sarmiento

"Soy mujer y he tenido la suerte de hacer una carrera que me llevó a los lugares donde quería estar. Incluso a lugares que no había imaginado. Pero que en un grupo invisibilizado algunas logremos hacernos ver no invalida la oscuridad sino que la potencia."

Claudia Piñeiro
Discurso de apertura- FILBA, 2018

 

Un grupo de escritoras se viste de rojo y recita un poema de Susana Thénon en las escaleras del MALBA. Es viernes por la tarde, todo el que pase escucha las líneas de "Por qué grita esa mujer..."

Otras 800 mujeres -agrupadas en colectivos de actrices, escritoras, académicas, bailarinas y más- sumaron adhesiones para pedirle a los diputados del Congreso da la Nación que votaran a favor de la despenalización y legalización del aborto.

Un día inesperado, otro grupo de escritoras y periodistas se viste con túnicas rojas y tocas blancas simulando los personajes de The Handmaid's Tale, la novela de Margaret Atwood, quien ya se pronunció varias veces a favor de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Fueron 20 minutos de silencio frente al Congreso, donde el cuerpo se hizo presente para reafirmar la lucha.

Por qué gritan esas mujeres, por qué ahora. Porque es el momento. Porque están ahí y quieren ser escuchadas. Porque en la sociedad argentina hay valientes que deciden usar la palabra para desarticular el mito. Entonces, la poesía hace presencia.

"Informamos desde el amor, la transparencia y por sobre todas las cosas, desde un gran sentido de sororidad -dice Valentina Vidal, escritora que forma parte de Nosotras Proponemos Literatura (nP Literatura)- A esta altura del partido, la pregunta no es si vos, ella o yo abortaríamos, la pregunta es, por qué si una mujer aborta por las razones que sean, siendo una intervención tan dura desde lo físico ¿no puede ser libre de hacerlo y contar con los recursos necesarios desde la salud pública en vez de morir en manos de un aborto clandestino?".

Si la belleza es una forma de resistir, la osadía
de salirse del plan oscuro de los pocos,
vemos las marcas de su persistencia en cada esquirla,
cada pacto para producir la dicha, el espesor
de la mirada sobre las partes, los pequeños
detalles de lo otro, las cúspides, los talones invisibles,
el paño húmedo sobre la frente cuando
ya no hay fiebre que pueda quebrar la realidad
de los mandados y las penas a secas.

[Valeria Cervero]

La poeta Romina Ávila Tosi comenta como del cruce de la militancia y el arte surgen publicaciones como el fanzine Somos centelleantes #ArtistasPorElAbortoLegal, del cual es editora junto a Fernanda López, Gaby Mena y María Raquel Resta. "Muchas de las que participamos en el colectivo nos consideramos trabajadoras de las artes. Después de una experiencia anterior que se había hecho para visibilizar y sensibilizar sobre la desaparición de Santiago Maldonado "Hay  palabras alrededor de este cuerpo", en la que habían participado algunas compañeras, se nos ocurrió que podíamos aportar desde la poesía también a algo que nos urge y nos conmueve en este momento como es el tema de la ley de interrupción voluntaria del embarazo". Así surgió la publicación gratuita que reúne 28 poetas.

"El objetivo de publicar el fanzine y de distribuirlo gratuitamente es visibilizar, sensibilizar y aportar "argumentos poéticos", es decir, poner en palabras e imágenes, experiencias propias o ajenas de quienes gestamos, para que otras personas puedan acercarse a estas experiencias y -ojalá- hacerlas reflexionar sobre el tema", concluye Romina.

PEDIDO DE URGENCIA*

 “Estas pibitas se hacen un aborto el viernes
y van a bailar el sábado al boliche”.
(Sabiduría popular cretina)


Que nadie crea que ya se me instaló el alivio
como ante un trámite terminado.
No es cierto que tenga ganas de ir a bailar esta noche
como dice mi vecina cuando pasa una chica con el pañuelo verde.
Yo no fui valiente y lo llevé escondido en la cartera
hasta que me pude mezclar entre las miles, en la plaza.
Yo no fui valiente y no le dije nada a mi vecina ni a mi vieja,
porque necesité guardar la fuerza para hacerlo.
Yo no fui valiente hasta hoy, en que lo escribo,
lo regalo, lo comparto
Lo transformo en pedido, en urgente pedido,
en  enorme esperanza.


[Gladis López Riquert]

 

Para Pamela Terlizzi Prina, "la poesía siempre fue de algún modo disruptiva, revolucionaria. Lo tabú, lo fuera de consenso es un poco el espacio donde se mueve la poesía. Así que pienso que hacerle lugar a la palabra, "des-sacralizarla" es una manera de ir para adelante, de sacarla del tabú y llevarla a la calle". La escritora que coordina el ciclo de arte Siga al Conejo Blanco, propone acercar la poesía a las experiencias cotidianas: "ponerla como un concepto de mujeres, entre mujeres, para mujeres hace que la bajemos a la tierra. Y hablar de cosas que nos mueven todos los días, nos hace la militancia más cercana."

 

EL NUDO*


Vas a la guardia para que te calmen el malestar que tenés en el estómago. Te fastidia la sala de espera. Hay una pibita que masca chicle y hace globo. El olor dulce y sintético que se le escapa de la boca te da asco. Para colmo bambolea las piernas y sacude toda la fila de asientos. Te marea. Le clavás una mirada despectiva; se muerde el labio de abajo y te devuelve el gesto transformado en un “qué hambre”. Otra mujer habla a los gritos por celular. El Dani se me accidentó con la moto, dice entre llantos. Te imaginás un tipo desparramado en el pavimento, pero lo que te horroriza es haber escuchado el artículo antes del nombre.

Por fin te llaman, explicás lo que sentís y respondés el cuestionario de rutina. Intoxicación no es, nadie más tiene tus síntomas, lo que sea que te pasa, te está pasando a vos sola. No tomaste nada, no. Lo negás dos veces, querrás convencerte a vos misma, porque la sensación que te invade es igual a la resaca. Te hacen una ecografía. En la oscuridad del consultorio pescás el chasquido de la lengua del técnico y sabés que encontró algo. ¿Apéndice?, arriesgás. No, te dice y te lo larga así nomás, en seco: estás embarazada. No puede ser, está equivocado, le pedís que se fije bien. El tipo señala el monitor y te traduce las manchas como si fueras idiota. Te las sabías todas, profesora, y te toca hacer el papel de ignorante. Él termina ahí, no tiene más nada que hacer, prende la luz, se va y que pase el que sigue.

Te cruzás la ciudad a pie. Todos los olores se te meten adentro y te repugnan. No sos dueña de tus pensamientos, se suceden a capricho. Te asalta un recuerdo de cuando eras chica: habías abierto el cajón de bombachas de tu abuela y entre las prendas encontraste un muñeco de trapo atravesado con alfileres. Así te asusta el hallazgo en tu cuerpo. El nudo que antes te dolía en el estómago ahora te aprieta en la garganta. Te resultaría más fácil asimilar un tumor o un parásito, no tendrías que dar explicaciones y no sería necesario que te preguntes con esta urgencia qué querés hacer.


[Silvina Gruppo]

 


* Los poemas son del fanzine Somos centelleantes #ArtistasPorElAbortoLegal

Foto: M.A.F.I.A., Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs.

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Mujeres bajo fuego

El personaje femenino en «Amores bajo fuego», de Gisela Marziotta

Monzantg

Amores bajo fuego es el primer libro que leí en Argentina. De una escritora argentina y sobre Buenos Aires, es mi primer contacto con la historia reciente de un país que me recibe. Gisela Marziotta se propuso y logró abordar el tema del amor sin frivolidad, sin cursilería, pero sobre todo, y de lo cual está realmente orgullosa, tal como lo manifestó en la presentación de su libro, sin ficción.

Hacer periodismo de investigación sobre dos de las pasiones del alma el amor y la militancia, es como aspirar a una ciencia del alma. Y Marziotta lo hace, enmarcado en Buenos Aires de los años 70 la década en la que ella nació a partir de la entrevista personal a militantes que, por encima de todo, amaron y fueron pareja.

Se trata de la entrevista bien pensada, que muchas veces lleva más de una sesión de grabación, a protagonistas, familiares y amigos de cinco parejas más bien seis, si se incluye lo que se cuenta en el prólogo, a partir de la cual reconstruye la vida de Cristina y Nico en el prólogo, de Clelia y Jerónimo, Alicia y Damián, Delia y Hugo, Leonor y Alberto, y Vicky y Emiliano, en los diferentes capítulos.

Son cinco capítulos en los que describe, una a una, la historia de cada pareja de militantes. Pero, en esa búsqueda de la veracidad de los hechos que viene con la profundidad periodística, la reconstrucción de cada una de las cinco historias la complementa con un poema y una entrevista adicional a un estudioso del período específico en el cual cada pareja desarrolló su militancia y su historia de amor; además de las notas explicativas correspondientes a cada capítulo que terminan de dar la profundidad contextual y causal a las historias, y que se encuentran al final del libro.

Son poemas de Gabriela Mistral y Alejandra Pizarnik, de Rubén Darío, Mario Benedetti y Pablo Neruda que, en palabras de Gisela, dan a cada historia esa melodía particular como si se tratara de la banda sonora de una puesta en escena cinematográfica.

Leer Amores bajo fuego es, para propios y extraños, recorrer los clubes de Buenos Aires, sus cines, bares  y boliches, sus calles y oficinas, sus estaciones del tren y del subte, sus iglesias, escuelas y universidades, sus villas y sus barrios, y, también, los centros de reclusión coercitiva del Estado. Es mirar uno de los momentos más convulsos de la ciudad y el país, desde la historia privada y pública de periodistas, maestras, trabajadores de bancos y sindicalistas, obispos y cardenales, activistas de los movimientos sociales, militantes radicales y moderados, deportistas, escritores e intelectuales, padres y madres.

Seres humanos que, con el sueño de futuros mejores, entregan los mejores años de sus vidas -y sus vidas- por un ideal y una militancia, pero que en el tránsito, y sobre todo, aman.

Si bien son seis parejas, en este caso mi interés está centrado en el personaje femenino, en la mujer. En Cristina, Clelia, Alicia, Delia, Leonor y Vicky: dos desaparecidas, una murió de vejez, dos están vivas, una se suicidó de la manera más dramática.

Cristina, la maestra que guía

En algún sentido, Cristina, seria e inteligente y con un carácter imponente, era la más alegre y cercana al arte. Periodista de militancia y maestra de profesión y oficio, además de madre, Cristina apostó por la educación y la cultura en su intento por contribuir -desde las escuelas de las villas donde daba clase a los niños- con futuros mejores. La niña a la que le gustaba patinar, bailar y nadar, se convirtió en la buena lectora y apasionada del cine que dedicó su vida a poner en práctica lo que pensaba al lado de su otra pasión, Nico.

Clelia, la «madre-sacerdotisa»

Clelia es, ante todo, la mujer madura, la periodista y la madre, la escritora y activista que, desde la fe, quería ayudar a construir, con un catolicismo desde abajo, una mejor iglesia católica. Cofundadora del «Movimiento de los Curas Casados», Clelia se casó con un ex obispo que la definió como una mujer decidida y audaz que representa «lo grande la mujer», «la generosidad del alma grande». Quizá la relación de ambos queda resguardada en el verso de Gabriela Mistral: «Hay besos que se dan solo las almas». Madre de seis hijas, Clelia fue difamada públicamente, lo que no impidió su amistad con el cardenal Bergoglio y quizá hasta le dio fuerza para publicar varios libros, además de contribuir en la publicación de los libros de su pareja mística, Jerónimo.

Alicia, la doncella atlética

Alicia, que desde niña disfrutaba la libertad y contaba con la confianza de sus padres para caminar sola por las calles, se convirtió en la adolescente deportista de personalidad avasallante en la cancha y, aunque dulce y alegre, reservada en el trato personal con los demás. Pequeña y atlética, de pelo largo suelto y con jeans pata de elefante, le gustaba la música, leía poesía y escribía versos. Y, aunque era disciplinada y buena alumna, no tenía buenas relaciones con sus padres, sobre todo con su madre, con quien discutía con frecuencia debido a su militancia. De alguna manera, encontró la figura materna comprensiva en la madrastra del hombre de su vida, con quien, al decir de Rubén Darío, se amó con todo el ser en esa montaña de la vida llena de abismos, el padre de su hijo, Damián.

Delia, la amante

Delia, que a los 17 años estudiaba en la «Academia Pitman» porque en ese momento escribir a máquina era un oficio, amaba el cine y la música y frecuentaba bares donde había tango en vivo. Cuando comenzó a militar, se encargaba de dar clases en las villas y de hacer pegatinas, repartir panfletos y pintar paredes. Aunque decidieron no casarse legalmente para no exponerse, vivió con su pareja, estuvieron presos juntos y, a pesar de que rehízo su vida con otra pareja, nunca superó, en palabras de Alejandra Pizarnik, al «amado rostro desaparecido», el amor de su vida, Hugo.

Leonor, la «hechicera»

De alguna manera, la militancia de Leonor viene por herencia cultural. Hija de un militante al que desde niña acompañaba a reuniones partidistas y quien en diferentes temporadas tuvo que huir de su casa para evitar las persecuciones, fue la niña con el padre ausente que, sin embargo, creció entre mates, cenas y largas charlas de trabajadores con compromiso social; y en medio de una vida austera debido a la cual tuvo que hacerse cargo de su familia desde los 13 años. Chiquita, bonita, flaquita y altiva, desde joven le tocó exponer el cuerpo y fue torturada física y psicológicamente, además de haber sido baleada. A Leonor no le gusta hablar del pasado y quizá, en parte por eso, después de la tortura nunca volvió a ser ni libre ni ella misma. Siempre práctica y con los pies en el suelo, aprendió de su abuela la obsesión por la limpieza, le gusta la literatura histórica y dice que, durante 40 años, el secreto del amor con el hombre de su vida -ese con quien vio la película «Ordinary People» en la primera cita y muchas películas a lo largo de los años; quien, al decir de Mario Benedetti, sabe que puede contar con ella, y quien afirma que nunca la ha engañado, pero que, además, no habría podido hacerlo porque Leonor «es bastante bruja»-, Alberto.

Vicky, la guerrera

«Esa chica de pelo largo, lacio, negro, con campera de cuero marrón y botas de caña alta» es la más guerrera. No solo la forma que eligió para morir: todo en ella la definía. Tanto su militancia como su ejercicio del periodismo, así como las frecuentes discusiones y la decisión de abortar en acuerdo con el hombre al que, en palabras de Pablo Neruda, amó «de una manera inexplicable… de un modo contradictorio», y padre de su hija, Emiliano.


MONZANTG (Maracaibo, Venezuela) es ensayista y editor de País Portátil y colabora en los365días.

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El invierno de Julia

Fernando Rouaux

Julia toma un trago. En su silla, bajo un ceibo maltratado por el viento, su mirada se pierde más allá de la ruta. Con las piernas cruzadas sobre un tronco seco, sostiene, en la mano que cuelga inerte, un cigarrillo a medio fumar. La rodea el campo con parches de un monte al que nadie ha tocado demasiado. Del otro lado del asfalto el paisaje es idéntico. Lo único que recorta el horizonte es esa cicatriz de torres de alta tensión. Gigantes de fierros con dos brazos y dos piernas, robots sin cabeza. Le dan escalofríos cada vez que las mira. 

Una radio vieja cuelga en el tronco del árbol. Está encendida, emite un ruido monótono. Ahí, debajo de las torres, no se puede escuchar ni el partido de Juventud Naciente ni ninguna otra cosa. Pero es una costumbre a la que sigue aferrada.   

Parece adormecida, con la mente en blanco. Poco a poco va invadiéndola una sensación extraña. Se da cuenta de una rareza, un silencio incómodo. Hacía rato que no se escuchaban autos ni camiones en la ruta. Se queda inmóvil, con la mirada muerta, toda su atención está puesta en un solo sentido. Escucha, sí, el canto de algunas aves. Monos no, pero eso no es infrecuente. No hay chicharras, no en esta época. Sólo pájaros y ese murmullo.

Voces, muchas voces, cantan. 

—¡Ma! ¡Mirá! —Miguel señala algo en la ruta. Ella hace una visera con la mano. Un grueso camino de hormigas de colores zigzaguea en el asfalto. El patrullero va adelante, la ambulancia, la enorme cabina de vidrio, bamboleante sobre un trailer que no ve; la interminable procesión. 

—¡Miguel! ¡San Luis Rey de Francia! ¡San Luisito Rey, acá, Miguel! Vamos, dale. 

Corre con el chico hasta la banquina. Mira la fila de carretas, sulquis, jinetes entremezclados con gauchos, policías a caballo, familias, curas, monjas y perros. Un grupo de chicas tatuadas, algunas con camisetas de fútbol y pelo de colores, le llaman la atención.

Avanzan con paso firme, cargando carteles e imágenes, cantando. Contagian felicidad. Julia piensa en Alexa. 

Levanta a Miguel y lo sienta en una carreta con techo de lona que maneja un viejo. Adentro, una pareja joven la observa sobre unos colchones enrollados. Julia corretea y logra subir también. Una anciana viejísima la saluda con un leve movimiento, sentada sobre una silla plegable cubierta de mantas, rodeada de bidones. Acurrucados en el suelo, cuatro chicos le clavan los ojos. De respaldo usan dos jaulas de alambre cubiertas con repasadores. Se escuchan cacareos. 

—¿No llevan nada? —pregunta la anciana—. Julia se queda en silencio.

—Hay pollo hervido y butifarra, sirvasé un poco. Y dele algo a ese chico, haga el favor.

—Se agradece, señora. Miguel, despacio, m’hijo. 

Julia no toca la comida. Pregunta si no hay algo para calentar el estómago. Un trago de vino, dice, cualquier cosa. Conoce de antemano la respuesta. El hombre y la mujer intercambian miradas, sonríen; él saca una botella de grapa de abajo de una manta. Brindan en vasitos de plástico por San Luisito Rey. Julia cierra los ojos y vacía el suyo de un tirón. De a poco se le entibia el pecho; se ablanda esa puntada detrás del esternón. Los mira y les sonríe, se acomoda. Hace un año, piensa, estaban acá. Ella freía las empanadas mientras él cepillaba al Pelu. Qué será del pobre Pelusa, solito allá en San Luis del Palmar. Se acuerda bien cómo era todo, de Miguel un año atrás. Gordito, charlatán y contento, aprende a llevar la rienda al lado del papá. Puede ver a Ale y Yeni apretujadas en el sulqui. Todo eso se evaporó, como en un truco de magia. A veces se sentía como si pudiera volver a aparecer. Se descubre mirando sin pestañear a la joven, incomodándola. No dice nada. Sonríe y se mira los pies.

Los encuentra tan sucios que los esconde. Pide un poco más de grapa y eso, nota, no cae bien. 

Le sirven otro vaso por la mitad y la observan. Podría ir a verlas, piensa. Llegar de sorpresa a Itatí. Se acuerda de sus pies y se ríe por dentro. Con esta facha... ¿Usted es de acá, nomás?, pregunta la joven. Julia responde, sí hace un año. 

—Mejor vayasé —escucha. Todos se callan, miran a la anciana.—  Vayasé a la ciudad... Acá anda el Pombero..., —asoma apenas los ojos por unos párpados estropeados.

Mamá, la reta la joven, pero la vieja sigue—. Se esconde debajo de la cama de las mujeres y a la noche se las lleva, al monte y las embaraza. Todo cubierto de pelos está, de la cabeza a los pies... —Vieja de mierda. Por qué no te callas, piensa Julia. 

—Conozco, sí —dice incómoda. Todavía tiene miedo de la oscuridad del rancho, de esa soledad en la que entra ruido del viento, chillidos de ramas, sonidos de animales. 

Miguel juega con unos soldaditos prestados, musculosos, con camuflaje para el desierto. De pronto se pone serio, hace un ruido gutural y vomita en medio de la carreta. Un olor punzante invade todo. Miguel tose, solloza. La anciana saca trapos y Julia limpia como puede el vómito con ayuda de la joven. Los otros miran apabullados por el olor y el espectáculo. Después de unos minutos el piso de la carreta queda con un manchón húmedo y baboso. El olor sigue ahí, ensuciando todo.

La pareja trata de darle conversación, pero Miguel ya no juega y Julia no está interesada en charlar con nadie. Mira hacia atrás. El caballo de la carreta que les sigue va con la cabeza gacha, parece resignado, triste. Escucha el ruido metálico de las herraduras sobre el asfalto; los cantos de iglesia de fondo. Imágenes del santo van bamboleantes unos metros más allá. Las torres eléctricas, a la distancia, se ven como cruces. La procesión ahora le parece un cortejo fúnebre. Tengo que encontrar la forma, piensa. Sin pensarlo, pide más grapa. 

El hombre duda, consulta con la mirada a la mujer. Los dos ven que la anciana lo desaprueba. Tiene toda la cara hecha una arruga. 

—Es la única hasta mañana para todos, señora... —se disculpa el hombre. 

Julia lo mira en silencio. Mira a la vieja con una seriedad que la hace tragar saliva. 

—Ni de una madre sos capaz de compadecerte, vieja podrida —le dice con calma en la cara a la anciana, mientras agarra al chico y se baja de la carreta en movimiento. Se quedan mirándola. Ella les da la espalda y vuelve a pie con Miguel.


**

El sonido diferente de un motor se hace grave, disminuye y se apaga, la saca de su letargo. Uno de los autos se detiene al costado de la ruta. Julia se acomoda en su silla. Levanta apenas el mentón, abre algo más los ojos. Reconoce el coche, frunce la cara. Va a tener que hablar con ellos.

Julia se ríe. Recuerda algo. Hugo. Cómo insultaba a la gente, en guaraní, sin que se dieran cuenta. Intercalaba guarangadas en medio de una frase con total espontaneidad. Lo sacó del Chajá Albáñez, compañero de las inferiores del club. Llegó a Nueva Chicago, el Chajá, ahí puteaba a todos en guaraní. Al menos eso decía.   

Dos personas con guardapolvos bajan del auto. Se internan en el verde. Va a tener que tomar una decisión. Toma unos tragos más; el plástico se arruga y se expande con un crujido, se seca la boca con el antebrazo y oculta la botella en medio de un arbusto.  Ve a Miguel agazapado sobre el pasto con una hondera y una pila de piedras al lado.

Buscando comadreja, piensa. Tendrá que asársela solo, si es que la agarra. 

—Andá al sendero a ver si hubo maletero anoche, andá —le dijo al chico—. Fijate qué hay. Y no volvás hasta que yo te chifle. —Él salió caminando, pateando la tierra. 

Detrás del esternón, tiene un dolor punzante. Se mira los dedos de los pies. Uñas como esas no ha tenido jamás. Se horroriza, le divierte. Aplasta con el dedo gordo una hormiga culona que se le sube por el tobillo. Ya oye las voces que se acercan. Se para al sol, al lado del ranchito, a esperar. Enseguida los ve, entre risas, cruzando el alambrado. Se acercan con cautela cuando ven que los perros los rodean ladrando. Sólo los huelen y los abandonan sin interés. 

Saludan, sonrientes. Son la asistente social y el doctor. A él lo ha visto en algún consultorio. Ella es una vieja conocida. No son mala gente, pero ella sabe por qué están ahí. 

Julia escucha sus preguntas. Trata de hablar poco, y mezcla, como Hugo, el guaraní, sin soltar el aliento. La asistente social entiende bastante. El doctor se desconcierta un poco y eso la divierte. Después de un rato de conversación sobre su vida, sueltan finalmente: 

—Y Miguelito, dónde anda.   

—Por ahí, salvajeando, sí. ¡Miguel! No sé si escuchará. —Ellos se miran. Julia piensa lo incómodos que deben ser los mocasines del doctor.  Lo escucha. Habla de los pies de Miguel, ella se irrita. Sí, ha visto los agujeros, le pican, sí, ella sabe... La asistente social interrumpe. 

—Tiene que llevarlo al hospital. Esos son gusanos que pasan de los pies a los pulmones. En Scorza Cué hay enfermera y lo puede ver. 

Tiene planeado ir, explica ella. El hombre de enfrente le prometió alcanzarla, ya que plata para el colectivo no tiene, ni otro medio de transporte, pero no ha aparecido todavía.

Entonces el médico pregunta por esa lluvia que se escucha de fondo. 

—¿Y ese ruido? Suena a canilla abierta...

—Cómo canilla, acá... La radio es, doctor. Pero no agarra nada —señala hacia arriba—, por los cables. La costumbre nomás... un año hace.

—... 

La asistente social interviene, algo divertida:

—Se escucha, sí, a veces, cuando hay corte en Itatí. En verano más seguido. Se enteró doña que hubo otro caso ¿no?

—Sí, Nogueira, pobre. ¿Está vivo?

—Sí, se salvó raspando... no sé cuántos miles de voltios son... ¿cómo va a quedar, doctor? 

—Y, quién sabe. En coma está… Un desastre esa obra. Así que hace un año está acá...

—Sí... Azurriaga pagó todo. Entierro, todo, nos dio un dinero, este lugar para vivir... pero... éramos cinco, vio —termina Julia otra vez mirando los zapatos del doctor. 

—Parece que el chico no viene —dice el médico, cambiando de tema.

—No, no escucha, vengan mañana si quieren. —Julia está cansada. Quiere que la dejen en paz. Los ve sufrir el peso del sol y le divierte ver sus caras enrojecidas. Se felicita por esperarlos ahí. 

—Y mi bebe y las nenas... —quiere saber.

—No... queríamos ver a Miguel... Teníamos que... conversar tranquilos con usted... 

—Ajá... Hablen nomás—dice. Escucha, no sabe si es el sol o el vino, algo la aplasta. 

Cuando finalmente se van, queda perturbada. Es lo único posible, piensa.  Duele, pero ya no importa saber qué está bien o no. Busca la botella y la termina de un tirón. Se siente reconfortada.  Todo va a estar mejor, se dice. Todos volverían a estar juntos. 

Chifla dos veces. Miguel aparece con un cartón de cigarrillos. Maleteros de mierda, piensa. Lo mira con reproche, aunque sabe que él  no tiene nada que ver. 

—Vení, vamos.

Caminan por la banquina. Van bien pegados al asfalto. El suelo es más parejo ahí. Los autos y camiones los aturden, los sacuden. No toman precauciones, están acostumbrados. A medida que las sombras se alargan, el calor desaparece. Un aire fresco los sorprende.

Anuncia la noche fría.  Pasan la arrocera, el lapacho con la garita grande, ahí está el almacén. Al volver Miguel lleva un paquete de arroz y Julia dos botellas de gaseosas llenas de vino tinto. El vino es a cambio por tabaco, el arroz se lo da el almacenero a Miguel.   Cuando llegan al rancho, Julia termina la botella que empezó en el camino, abre la segunda y saca un cigarrillo. Lo enciende en el brasero con una larga pitada. Se siente mejor.

Camina, mareada, hasta su silla rota. Se sienta a mirar la nada. El dolor en el pecho se borra un poco. La radio sigue emitiendo el sonido a lluvia. Da otra pitada, profunda. Tose. Tose tanto que tiene que bajar los pies del tronco, inclinarse. Con los ojos llorosos, mira la huerta. Un cementerio parece. 

—Andá y buscá agua, si querés arroz. Tomá ese tacho y andá... A ver si ponen una canilla estos, en vez de joder con el vino. Por acá nomás pasa el caño. No escuchan, fruncen la nariz nomás. —Miguel sale caminando con un balde en la mano, baja por un sendero que se mete en el monte. Es casi de noche. Julia termina la segunda botella, se tira en el camastro, con la cortina cerrando la entrada. 

Se despierta en la oscuridad con el ruido de los sapos y los grillos. Ese silencio lleno de bichos gritando. Miguel, acurrucado al lado de ella, duerme inquieto, sueña. En la oscuridad no puede verlo pero adivina su cuerpo con la palma de la mano en el pequeño bulto de la manta. Lo percibe flaco, demasiado insignificante. Le duele. Parece muerto de frío, no para de rascarse. Hay una olla con agua al lado del brasero. 

Se queda parada al lado del camastro mirando a su hijo por un largo rato. Recuerda cuando pensó que se había ahogado en el río. Jugaban a las escondidas bajo el agua. Hugo estaba con las nenas. Miguel y ella se sumergieron. Ella siempre sabía dónde estaba él. Lo veía en el agua transparente, salvo esa vez. Fueron unos segundos. Ella entró en pánico. Gritó y todos a su alrededor se desesperaron. Hasta que una mujer se lo señaló, preguntando si era él, no sin reproche. Estaba arrodillado, a sólo unos metros de ella, tosiendo. Había tragado agua y no podía contestar. Piensa que nunca se va a olvidar de su carita, del miedo. 

Ahora eso la hace reír. Se ríe a carcajadas y a medida que ríe el dolor en el pecho le surge otra vez, se le mezclan risa con llanto. Termina lagrimeando y luego llora, con bronca.

Una bronca creciente la enfurece. Agarra a Miguel del brazo, lo levanta brutalmente, ¡qué hacés durmiendo, andá a buscarme vino, carajo, no ves que me muero de sed!  ¡Para qué me quedé con vos! Toma el palo al lado del brasero y le da en la cara. Se horroriza por lo que hace, pero no puede detenerse. Quiere que Miguel se vaya de ahí para no matarlo.   

El chico sale llorando, corre al monte, desaparece en la oscuridad. Ella se tira en el camastro otra vez; le parece más mugriento que nunca. Hollín es, no mugre, dice, hollín, del brasero. Y los bichos tampoco, ni sacando todo al sol se van. Le habla a la oscuridad, pero en realidad se lo dice al médico. No sale así nomás.   

Escucha las palmas, los ladridos y cuando sale el sol es como un baño de chispas en la cara. Ahí están. Esta vez es la asistente social con la de Bermúdez. Saludan, están serias. 

No pone resistencia.  Chifla, sabiendo que el Miguel se esconde por ahí. Cuando lo ve, le parece uno de esos perros que vuelven después de haberse perdido un mes fuera de su casa. Tiene la cara mocha, un gesto de vergüenza. No recuerda haberle hecho eso. Julia se agacha, lo abraza, se despide. Él llora, pero está contento. Esto es lo que quiere. Julia trata de hacerlo reír, pero sólo le saca una sonrisa torcida. No llore usted también, le dice Julia a la de Bermúdez. Ella le da un abrazo a Julia. Le toma la mano a Miguel. 

**

Desde su silla rota, el auto se le desdibuja cuando arranca. Pronto sus pensamientos la dejarían en paz, piensa. Sólo necesita un poco de vino. 

Esa noche recibe cartones de cigarrillos. A la mañana consigue vino pero a la tarde, ya sin nada para tomar va, borracha, hasta la tienda a ver si le dan algo. Pero no. Sin Miguel no.

Sale insultando al almacenero. Se arrepiente enseguida, sabe que no le conviene nada eso.  Llega al rancho a oscuras, arrastrando los pies, con frío. Busca otra vez en todos los arbustos. Abre las ramas. Salen botellas vacías por todos lados pero ninguna con un resto de vino, ni ginebra, ni nada. Se mete en el camastro, se envuelve con la manta ennegrecida, temblando. 

Era noche cerrada cuando se decide. Le rompe la base a una botella. Así armada va al sendero, sigilosamente, pero atenta a las víboras. Se esconde detrás de un arbusto. Está húmedo, se le moja la espalda, los tobillos, parte de los pantalones. Mira al cielo. Un infinito de estrellas cruzado por barrotes negros. La sombra de los cables está justo sobre su cabeza, recortada contra la luz de luna. La torre que está ahí nomás parece más gigante que nunca, parece mirarla desde arriba como un monstruo que está por pisotearla. En ese momento un enorme búho se posa sobre los cables. Bicho del demonio, por qué mierda no te morís vos, murmura asustada, aunque sabe que los pájaros no mueren en los cables. Siente los ojos del ave que la observan, le brillan con la luz de la luna. Se acuerda de la anciana de la carreta.

Vieja podrida, piensa. Me infectó con su veneno. De pronto el búho sacude las alas y se aleja.

El corazón le pega un salto. 

Está temblando de frío. Aprieta en su mano la botella. Imagina cómo va a clavársela al maletero en la cara y robarle todo. La botella está resbalosa, la mano transpirada y fría. El monte no es lugar para estar sola de noche. Mamá, qué estás haciendo, le preguntaría Alexa.

¿Qué pensaría si la viera ahí? Intenta evocar su cara y no puede, se le escapa. No puede ser eso, piensa. Una madre que no se acuerda la carita de su hija. Espiarlos por una ventana y mirarlos dormir. Cualquier cosa daría por eso. Oye algo. Abre bien los ojos. No ve nada.

Alguien viene. Da un salto, el maletero casi se la lleva por delante, se detiene en seco. 

—¡Chamigo!, dame vino. Lo que tengas, todo dame. —Ella sostiene su botella rota.

—Correte o te abro en dos—le apunta un cuchillo a la boca—. No tengo nada pa’darte. Lo que hay pa’ vos te damos, ya. Volá de acá. No tengo tiempo.

Julia no escucha una palabra. Se lanza con su botella. El hombre, mucho más rápido que ella, le da un golpe en la cabeza que la tira al suelo y sigue camino. Julia queda con la cara contra el pastizal; siente el olor de la tierra húmeda. Quiere moverse, pero la puntada en el lado derecho le da aviso. Ahora siente su mano resbalosa y tibia. Los vidrios rotos le entraron en el costado.    

Camina con esfuerzo en la oscuridad, cruzando el alambrado primero, luego el monte hasta la ruta. Casi no hay tráfico a esa hora, algunos ómnibus de larga distancia, algunos camiones. Mira en dirección al rancho del viejo. Se ve lejos, pero se llega a distinguir un leve resplandor en la ventana. El televisor, piensa, prendido aunque él duerma. Llega acompañada por el ladrido de los perros adivinando una huella en la oscuridad.

—¡Quién anda! —escucha.

—Julia, la vecina, don Cosme. 

Estaba despierto.  El rancho es chico pero dobla en tamaño el de Julia. Tiene un anafe a garrafa. Un televisor con canales satelitales de Paraguay. Las paredes están cubiertas de facones enfundados y cuchillos de distintos tamaños y formas. Don Cosme los hace y su hijo los vende en la feria de Itatí. 

El hombre le ayuda con la herida. No parece grave. Sacan algún resto de vidrio y ponen una venda con iodo. Después se sientan con los ojos puestos en el televisor y las manos en los vasos con ginebra. Cuando el alcohol se acaba, Julia, mareada, ya se siente mejor y se despide agradecida. 

Mira la fila de torres con forma de monstruos sin cabeza. 

—Hijas de puta —piensa, se ríe y se tuerce del dolor. Esta por cruzar, pero se acerca un camión que va hacia Corrientes y espera. El frío de la tierra le hiela los pies descalzos.

Quiere disfrutar este momento. Un bocinazo del camión la saluda al pasar.  Piensa en Hugo, en cómo la hacía reír. Se siente muy cerca. Ve la luz de otro camión. Ahora sí, cierra los ojos y camina.


Fernando Rouaux (Morón, 1970) es licenciado en Biología por la Universidad de Buenos Aires. Publicó la novela Los omitidos (2006). Participó en Zona de cuentos (Interzona), antología que surgió a partir del Concurso de Narrativa Eugenio Cambaceres 2014 organizado por la Biblioteca Nacional. Actualmente reside en Colonia del Sacramento, Uruguay, donde trabaja como traductor.

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Paulina

Laura Ponce

Las filas de vehículos avanzan y vuelven a detenerse frente a los puestos de control. Está oscuro todavía y la llovizna de hace un rato perla los vidrios; dentro del colectivo hace un frío de morirse. Paulina mira la hora en el celular. Las seis de la mañana. Va lento el asunto, murmura entre dientes. Tiene ganas de hacer pis. Los golpes en el vidrio la sobresaltan. La puerta se pliega con un chasquido y suben dos guardias armados; al igual que el resto de los pasajeros, Paulina se arremanga para que puedan escanearle el código de identificación.

Cuando la barrera se levanta, el colectivo arranca perezosamente, pasa debajo del cartel que dice: "Bienvenido / Ciudad Autónoma de Buenos Aires" y toma la subida a la autopista. Paulina no mira sobre su hombro, sabe que los puestos de control y el río van quedando atrás; siente una especie de íntima satisfacción, como cada vez que entra a la ciudad, pero no quiere ponerse contenta. Es demasiado pronto para eso, piensa.

Durante el trayecto contempla los parques cuidados, las calles limpias y bien iluminadas, las torres construidas en la Nueva Etapa, y piensa en los que las habitan. Se acuerda de lo que su vieja le ha repetido hasta el cansancio: "Hay dos clases de gente: los que viven adentro y los que viven afuera; a los que viven afuera los dejan entrar solamente para que trabajen en manejo de desechos o en seguridad". En realidad es la misma cosa, se dice Paulina con una sonrisa torcida. Se acuerda del tipo al que tuvieron que sacar, ése que todos los días pasaba frente a su puesto en el hall del edificio sin mirarla, como si ella no estuviera ahí; hasta la mañana en que su identificación no pasó por el lector. Paulina se había puesto de pie, se había colgado la tonfa del cinto y se le había acercado.

¿Algún problema, señor?

Sí, no sé qué pasa. No me toma la credencial. El tipo sudaba.

Permítame dijo ella.

"Julio Montero / Jefe de Sección". El de la foto era él, todo se veía en orden y la banda no parecía dañada, pero el lector de acceso volvió a rechazarla. Paulina sabía lo que pasaba; el tipo también, aunque no quisiera aceptarlo.

Espere, por favor le indicó.

Pulsó el botón de la radio pidiendo respaldo a Méndez justo se le había ocurrido ir al baño, sacó su verificador y pasó la credencial. Cuando vio por el rabillo del ojo que Barbieri y Soto salían del ascensor, confirmó:

Usted se encuentra desvinculado de la compañía, señor. Tengo que pedirle que abandone el edificio.

El tipo dijo que no podía ser, que debía haber un error. Gritó, amenazó y suplicó, pero lo sacaron a la calle. Al final, antes de irse, tenía la mirada perdida y una expresión que la hizo estremecer. Todos miran de ese modo al final, pero ella nunca llegó a acostumbrarse.

Hace tiempo que no está en el puesto de acceso y son otros vigiladores los que manejan esos casos, pero Paulina evoca con frecuencia aquella expresión, para que no la deje olvidar lo fácil que es caerse de donde uno está, lo fácil que es perderlo todo.

Baja del colectivo en la esquina del playón y mira el celular una vez más mientras camina hacia el edificio: las seis y media; está en horario. A medida que sube las escaleras del frente, ve crecer su reflejo en las paredes decoradas con el logo de NEC.

En la oficina junto al puesto de acceso está Peretti, el compañero al que relevará. Intercambian saludos, las frases de siempre ¿Hace frío? Sí, una barbaridad y las novedades de la guardia Sé quemó una lamparita del quinto piso. ¿Lo demás todo normal? Sí, todo normal.  Las doce pantallas frente al escritorio no lo desmienten.

Paulina va al baño a cambiarse y vuelve vistiendo el uniforme. Le queda cada vez más ajustado pero el pullover suelto y la campera ayudan a disimular. Firma el Libro de Novedades y toma servicio. Peretti ya tiene el bolso listo, saluda y se va. Ahora Paulina es la Referente del objetivo, lo que significa que los otros veinte vigiladores del turno están bajo su responsabilidad. Toma la radio y empieza a chequear con las cámaras que estén en sus puestos y listos para el cambio de guardia.

A las siete en punto llama a la empresa para dar el presente y pasar la lista. Durante casi dos horas nada sucede. El edificio entero parece suspendido en el silencio. Luego, en tropel, comienzan a llegar los empleados de la compañía. Paulina se entretiene mirándolos llenar ascensores y hormiguear por los pasillos hasta que la actividad se normaliza. Empieza a creer que será un día como todos los demás. Entonces lo vuelve a sentir. No es exactamente dolor, es otra cosa, una especie de señal. Y ya no puede hacerse la desentendida.

Va al baño a mojarse la cara. Se repite que tiene que tranquilizarse, que todo va a salir bien. Se mira en el espejo y no le gusta lo que ve; las ojeras, esas marcas de amargura... cualquiera diría que tiene cuarenta y cinco, aunque todavía no llega a los treinta. El peinado tampoco ayuda, se dice con una mueca, y se suelta el cabello. Tiene ganas de llorar.

Vuelve a su puesto justo a tiempo para ver, por la ventanita espejada, que alguien saluda a los dos vigiladores del puesto de acceso. Por el uniforme, un supervisor de la empresa. El corazón le da un vuelco al darse cuenta de quién es. Un momento después él está entrando a la oficina.

Buen día, Santoro.

Buen día, Martínez.

Y el beso en la mejilla.

Daniel Martínez es su supervisor desde hace años. Paulina siente una vieja fascinación por él; siempre disfrutó de su compañía. Cualquier otro día lo hubiera invitado a quedarse, le hubiera ofrecido mate o café, pero hoy no es cualquier otro día.

¿Alguna novedad? pregunta él mientras hojea el Libro.

No, ninguna responde ella, y en un esfuerzo por dejar de mirarle la alianza que lleva en el anular, se fija en su uniforme impecablemente planchado; observa su rostro delgado, nota las entradas profundas, el bigote encanecido. Se está poniendo viejo, piensa con ternura, y tiene que reprimir el impulso de acariciarle el pelo. De pronto siente el peso de su ausencia, se da cuenta de la falta que le hace su abrazo (el de cualquiera, en realidad). Recuerda la noche que estuvieron juntos, la primera y la última, y la invade una repentina oleada de calor, una confusa mezcla de bronca, vergüenza, deseo y amargura. Por eso no le gusta recordar, porque al final, como cada vez que piensa en él, se siente estúpida. Sabe que es algo que nació ya sin oportunidad. Aprieta los dientes y, tratando de apurar el trámite, pregunta: ¿Trajiste la cobertura? Barbieri andaba preguntando si le cambiaron el franco...

Ya sola, Paulina cierra la puerta de la oficina, se sienta con cuidado y se sube el pullover. Cautelosamente se toca la panza. No es muy grande, pero ya tiene treinta y ocho semanas. Lleva tanto tiempo ocultándola que a veces ella misma necesita tocarla para asegurarse de que no es fruto de su imaginación. Y ahí está otra vez, ese dolor que no es dolor. Paulina ya tiene un hijo Marito, el recuerdo que le dejó su único novio antes de borrarse, de modo que sabe muy bien qué es lo que está sintiendo.

Inquieta, tratando de no pensar en todo lo que está en juego, toma su bolso y empieza a preparar las cosas. En eso está cuando rompe bolsa.

Paulina respira, respira y espera. Ahí viene otra. Es como si una gran mano le retorciera las tripas desde adentro, y luego las soltara. Está recostada contra la fría pared del baño, acomodada sobre un par de toallas, y va controlando como puede con el espejo que trajo. Resiste el deseo de pujar hasta que cree ver la coronilla, recién entonces puja con todas sus fuerzas. Trata de recordar su primer parto. Ruega a Dios que sea igual de rápido, ruega a Dios que este no venga de culo, que no la desgarre, que respire bien, que esté completo, que no tenga ningún problema de salud. Todos los miedos que no se permitió sentir durante el embarazo la invaden de pronto. ¿Y si no pudiera sola? ¿Y si necesitara ayuda? Pero ya es demasiado tarde para pensar en eso. Trata de vaciar su mente de pensamientos y temores, trata de concentrarse en respirar. Puja una vez más y sale la cabeza. Ya pasó lo más difícil, se dice para darse ánimos. Y la verdad es que termina no costándole tanto.

Es una nena. Una nena con buenos pulmones. Paulina corta el cordón con un cúter y limpia y envuelve a la criatura. Le seca la cara, le quita los coágulos sanguinolentos del pelo y la contempla por un momento que le parece eterno. Le roza la boca con la punta del dedo, ve que tiene el reflejo y la acerca a su pecho. Cuando la siente succionar, se le caen las lágrimas. Piensa en cómo eran las cosas antes de conseguir trabajo en la empresa, en las filas interminables y los interminables rechazos, en el frío colándose en la casucha en la que dormía, en el hambre como un dolor constante, piensa en sus padres esos viejos miserables y egoístas que viven de ella, piensa en su hijo ese animalito caprichoso y maleducado que no hace más que exigirle cosas, piensa en el alquiler y las cuentas que hay que pagar... ¿Qué pasaría si la echaran? ¿Qué pasaría si por esto perdiera todo lo que le ha llevado años conseguir? Valdría la pena, murmura. Y entonces escucha que alguien abre la puerta de la oficina.

Apenas ha llegado a expulsar la placenta y está sobre un enorme charco de sangre.

Paulina despierta en la clínica, en una habitación moderna y agradable. Siente que le duele el cuerpo por todo lo que no le dolió durante el parto. Es como si los órganos y hasta los huesos intentaran volver a su posición anterior al embarazo. Cuando trata de incorporarse se da cuenta de que está esposada a la cama.

Te revocaron el permiso de trabajo escucha decir. En cuanto tengas el alta, te deportan.

Se da vuelta y lo ve sentado junto a la ventana. Daniel parece muy, muy cansado.

Sabés que el embarazo es causa justa de despido, la Empresa incluso podría iniciarte acciones legales por ocultar información.

Paulina se queda sin aire.  Él se frota el entrecejo.

Sé cuánto necesitás el trabajo y estoy haciendo todo lo posible para que no te echen. Podría haber una posición como retén en la autovía... Pero no sé.

Paulina piensa en lo que le ofrece: las casetas del borde, turnos de doce horas rotativos, a la intemperie, armada nadie te da un arma por nada, revisando a la gente, esperando a los saqueadores.

¿Y nunca voy a poder volver? Apenas le sale la voz. Se refiere a volver a su objetivo, al puesto que ocupaba, pero en realidad también se refiere a volver a trabajar en la ciudad, a volver a estar con él, a volver a todo lo que ha hecho miserable y soportable su vida hasta entonces.

No, no creo contesta él, y se va hasta la puerta. Pero vuelve, como si no pudiera aguantarse la bronca.

No entiendo cómo pudiste hacer esto le dice. No te hablo solamente de mantener el secreto... ¡Tenerla así!

Vos sabés lo que hubiera pasado si hubiese pedido médico cuando me descompuse. Me hubieran subido a una ambulancia y me hubiesen tirado del otro lado de la General Paz. 

¡Te hubieran llevado al hospital!

¡Del otro lado de la General Paz!

¿Por eso no llamaste? ¿Porque querías que naciera en la ciudad?

Paulina no responde.

¿Qué creías? ¿Que te iban a dar la ciudadanía a vos también? ¡No podés ser tan boluda! Podrán dársela a ella, pero no a vos. ¿No entendés? Le tira una carpeta y una lapicera. Te ofrecen dos opciones: dejarla al cuidado de la ciudad, renunciando a todo derecho de filiación, o renunciar a su ciudadanía y llevártela con vos.

Paulina no se la esperaba. Había llegado a creer que tenía oportunidad, que no era una idea tan loca después de todo. Abre la carpeta pero no puede leer, las letras se le borronean.

¿No hay ninguna otra opción?

No, no hay.

Lo piensa durante un instante y la idea de separarse de ella le hace sentir un ahogo, un súbito malestar, le duele el pezón del que se alimentó, siente las tetas llenas y desesperadas, anhelantes, comprende que dejarla sería como sufrir una amputación, pero sabe que en realidad no hay nada que decidir.

Deciles que renuncio a la filiación.

Él la mira como se mira a un monstruo y abandona la habitación. Paulina sabe que es inútil tratar de explicarle y se recuesta en la cama. Se acuerda cuando se enteró del embarazo, cuando decidió tenerlo; se acuerda cómo se propuso que todo fuera diferente esta vez. Se dijo entonces que sería su oportunidad para empezar de nuevo, para hacer todo bien desde el principio, para sentir la maternidad no como una vergüenza, una carga o la consecuencia de una estafa, sino de ese modo dulce y sereno que se ve en las películas, para sentir y dar todo el amor que se supone que las madres deben tener por sus hijos. Y llegó a creer que realmente podría dejar todo atrás, que su vida después del parto sería tan nueva como la de la criatura.

Las cosas no salieron como hubiese querido y, sin embargo... Sin embargo, siente que esta locura no ha sido en vano. A pesar de todo, su hija se convertirá en ciudadana. Y nadie podrá quitarle eso. Una ola de repentino orgullo le inflama el pecho.

2009/2015


Laura Ponce (Buenos Aires, 1972) es escritora y editora, se especializa en Ciencia Ficción y ha colaborado con diferentes publicaciones electrónicas y de papel. Publicó el libro de cuentos Cosmografía general (2015). Sus cuentos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España, Cuba y Perú. Desde el 2009 dirige Revista PROXIMA y Ediciones Ayarmanot, sello con el que lleva publicados 10 títulos.

Ilustración de Laura Vicario Vivar para la edición española del libro Cosmografía profunda, publicada por el sello La máquina que hace Ping, España, 2018.

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Tríptico del desamparo. Extracto

Pablo Di Marco

Como siempre, durante la bajada en el ascensor me cubro el cuello con el pañuelo de seda. Don Gómez, inevitablemente en la puerta del edificio, alza la boina y aparta la manguera para dejarme pasar. Ya en la esquina de La Biela, el diariero me da El mundo y el espantoso caramelo de coco para que no le caigan mal las noticias, señora.

No aprecio esta confitería por sus ventanales con vista a un verde que ya casi no distingo, sino por su sempiterno mozo, al que no debo decirle una palabra para que me sirva el mismo pedido de cada tarde.

—Ahí andamos. ¿Vio, señora? Esperando que se largue un buen chaparrón que afloje un poco esta humedad. Porque lo que son los huesos con este tiempo…

Y esta amable sexagenaria tan distante como cortés, que cada tarde se sienta a la mesa acostumbrada, asentirá levantando las cejas encima de los lentes oscuros, y después tomará su té con una nube de leche.

En nada me hará falta este país, inabarcable hasta la grosería para sentirlo como propio. Tampoco esta ciudad, cada día más semejante a una jovencita inmadura haciendo equilibrio sobre los tacos de su madre. La pérdida de mis rituales y la ausencia de estos ínfimos afectos a los que me aferro a falta de algo mejor, serán lo único que echaré de menos de este sitio.

—¿Soñando, ragazza? —Álvaro me besa en la frente, y se sienta tras dejar su bastón a un costado de la mesa. Ha aparecido de repente, una sorpresa de las que es afecto.

Se lo ve aún más elegante que de costumbre. Un sobrio pañuelo de seda le asoma desde el bolsillo del saco, en consonancia con la corbata de rombos azules. Advierte cómo le estudio las mejillas extrañamente enrojecidas.

—Ocurre que después de la afeitada —explica—, un jovencito nuevo me mantuvo más de la cuenta bajo la toalla caliente. —Pide un café y una copa de anís, y agrega con tono burlón—: De haber sabido que me someterían a una sesión de vapor, hubiese llevado el traje de baño.

Conozco al dedillo sus ocurrencias e ironías. Ya no logran sorprenderme, pero igual las disfruto. Él lo sabe, y se deleita con mi sonrisa. Uno de nuestros tantos modos de sostenernos.

Saco de la cartera la traducción.

—Terminada —digo.

Álvaro hojea el centenar de hojas mecanografiadas, revisa un párrafo cualquiera.

—Lo leeré al llegar a la editorial. Pero no comprendo cómo lo hacés.

—¿Cómo hago qué?

—Estar cada día más bella.

Me siento una estúpida. ¿Cómo es posible que sus halagos aún logren sonrojarme?

—No te rías de mí.

—Nada más lejos de este humilde servidor. Hablo en serio. Muy en serio. Más de una jovencita anhelaría tener tu piel—. Ni que hablar de tu porte. La Valli no te llega a los talones.

—¿Semejante actriz? —digo sonriendo—. Jamás pensé que algún día escucharía algo así… Mejor volvamos a la traducción.

—Te estás acariciando un aro.

—¿Y cuál es el problema?

—Que sólo lo hacés cuando estás nerviosa.

—Mejor volvamos a la traducción —repito más decidida—. Le hice infinidad de marcas al original. No sabía que mi último trabajo también consistiría en corregir errores ortográficos.

Ragazza, ragazza… —dice con aire sufrido, un padre reprendiendo a su bambina—. No podés trabajar por siempre con Boccaccio y Petrarca. No se encuentra un clásico bajo cada baldosa, a no ser que pretendas traducir por vigésima vez a Manzoni.

—Sería un gusto. Manzoni me haría reconsiderar mi retiro.

—Siempre exigente, mi Irene. Siempre exigente. Así serás hasta el último aliento. La autora —le da a las páginas unos golpecitos con las yemas de los dedos— es una muchachita que vende de a cientos de miles. Hay todo un mundo allá afuera buscando convencerme de su supuesto talento. No faltan quienes dicen que lo que escribe se ajusta a lo que hoy piden los lectores.

—¿Y desde cuándo te importa lo que piden los lectores?

Álvaro busca refugio en una servilleta, endereza sus pliegues y vuelve a dejarla en su sitio. Se acerca el mozo para servirle el pedido, y me informa que están cayendo las primeras gotas.

—Debió haber traído un paraguas, señora —se lamenta—. El chaparrón va a bajar la temperatura, y se puede pescar un lindo resfrío.

Álvaro espera a que se aleje.

—Ser el dueño de la editorial —dice apartando el pocillo de café sin espuma—, no me exime de sentirme, por momentos, el último empleado. Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines. Viejos bailarines que intentan adaptarse a un compás veloz, y luchan por seguir el paso sin caer en el ridículo.

Entrecierro los ojos, esfuerzo mi mirada. El mozo estaba en lo cierto: las primeras gotas rasgan los ventanales de la confitería.

—Espero que el tiempo libre te acerque nuevamente a la escritura —dice Álvaro.

—¿Volver a escribir? ¿Para qué? ¿No son elocuentes los resultados? No insistas. Acabo de jubilarme. Estás hablando con una vieja jubilada.

Se lleva la copa de anís a los labios. Reanimado, saca una cajita del bolsillo del saco y la acomoda sobre la mesa. Con un gesto enigmático me invita a que desate el moño de seda. Al abrir ese pequeño cofre, un estupendo reloj de oro blanco refulge en mis manos.

—Es mi homenaje. Tantos años de trabajo juntos.

Sujeto el Longines, me percato del modo en que las agujas giran veloces en el cuadrante.

Somos vestigios de otra época, Irene. Viejos bailarines intentando no hacer el ridículo.

Trastos caducos. Antiguallas, muebles en desuso a punto de ser cubiertos con sábanas.

Y de pronto advierto una cavidad en alguna parte de mí, un hueco ardiente en donde debería haber algo. Lo mismo les sucede a los mancos, a los mutilados. Un dolor agudo y tangible en donde ya no queda nada.

—Está… Está fuera de hora.

Álvaro sonríe con tristeza.

—Marca cuatro horas más, ragazza. La hora de Italia.


* Pablo Hernán Di Marco. Es autor de las novelas Las horas derramadas, ganadora en España del XXI Certamen Literario Ategua, Tríptico del desamparo (ganadora de la Bienal Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”, Colombia) y Espiral (finalista del XIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2015, España). Vive en Buenos Aires.

Tríptico del desamparo es publicada en Argentina por Odelia Editora.

Fotos: Jazmín Teijeiro para Odelia Editora.

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Lectura recomendada

«Nadie necesita otra novela», por Marcial Gala

Una buena novela se compone sobre todo de muchos silencios, silencios que suelen tener la contundencia de las palabras más elaboradas, pero narrar así es peligroso porque el autor no sólo va en busca de la palabra exacta, sino que necesita arrancarse tiras de su piel; en resumen, convertir a la propia vida en material literario puede ser una de las mayores pruebas que ha de enfrentar el escritor.

Leyendo la novela de Laura Massolo me viene a la mente un verso de Borges “como el caballo muerto que la marea inflige a la playa” y es que la novela es un retorno a esa etapa bisagra del ser argentino, los años 70.  Ese eterno retorno del que nos habla Nietzsche y que tan caro era para Borges está presente en la novela. En una especie de fijeza lezamiana los personajes vuelven a encontrarse porque es imposible escapar de uno mismo. Como decíamos ayer, dice Fray Luis de León luego de cinco largos años en las ergástulas de su España de conventos e intolerancia, y Josefina y el doctor Baldini vuelven a encontrarse o quedan “fijos” en esa mañana de tormenta, y en tanto la Argentina transcurre, se torna una nación adulta, empieza a caminar intentando ser otra que es una de las maneras más pulidas de seguir siendo el mismo. Es preciso que todo cambie para que nada cambie, dice Lampedusa en el Gatopardo y los personajes de Nadie necesita otra novela cambian constantemente como Argentina y como el mundo.

Uno de los grandes logros de la novela está en su estilo, donde la palabra más sencilla se convierte en un hallazgo, una joya. La estructura circular contribuye a mantener la tensión narrativa de una manera muy eficaz.   

Leer «Nadie necesita otra novela», nos lleva a preguntarnos otra vez ¿Quiénes somos?

«La voz del agua», por Bruno Román

“Bajó con pasos lentos. Sabía que en ese sitio nunca había habido nada que la apurara y, además, no se encontraba segura de lo que estaba por hacer. Llegó hasta el borde en el que la arena se volvía un universo de pedregullos y carcasas fragmentadas, el borde incierto en el que golpeaban las olas más tardías. Se detuvo un rato (…).

Desde el título, en la obra de Javier Freixas está el eco de la novela filosófica. En la tradición de Camus y Kundera, «La voz del agua» es el desarrollo de una tesis, de una argumentación sólidamente sostenida.

Un policial, un asesinato, un misterio que encuentra en una chica -y en el agua- preguntas y respuestas. Un diálogo con la naturaleza humana durante el cual, y «en su búsqueda honesta de la verdad», un grupo de seres humanos se transforman entre sí.

«Taxidermia», por Adriana Morán Sarmiento

"Las historias, todas las historias, son un vómito de luz".

El personaje se construye de a poco, así como la novela se va leyendo en pequeñas dosis, porque lo que Bisama hace es ir soltando pequeñas historias dentro de la historia. Dosificar la tragedia. Como una garúa, así se va leyendo «Taxidermia».

Álvaro Bisama -que ya no sorprende con este tipo de narración, pero que sigue cautivando- cuenta el momento en que un cineasta trastornado recopila sus recuerdos sobre un dibujante y sus intentos de perpetuarle en filme. En la historia aparecen páginas llenas de cómics, sus propias historias familiares, fugaces menciones a la dictadura, amores fallidos, y la manera cómo se conocen y se alejan sus personajes.

"En el baúl había cuatro historias cortas sobre la casa. Todas habían sido dibujadas en el cuarto quemado, en las tierras del insomnio".

La vida del cineasta se confunde por momentos con la del dibujante. Quién quemó la casa. Quién sobrevivió a la angustia de vivir. Qué historias maravillosas e inconclusas esconde el baúl de los cómics.

Flashback, videos entrecortados, personajes que traen noticias de otras tierras, el recuerdo y la nostalgia familiar, la muerte. Así se construye «Taxidermia», minuciosamente, minimalista. Cada página se lee como un capítulo, o no, porque, si hay algo que le gusta a Bisama, "es la anunciación del acabose".

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Cuatro encuentros con «Casas muertas»

Casas Muertas, la segunda novela del escritor venezolano Miguel Otero Silva (1908-1985), fue publicada por primera vez en Argentina por Editorial Losada, en 1955. Más de 60 años después, otra editorial argentina -Sorojchi Editores- vuelve a publicar esta joya olvidada de la literatura latinoamericana.

A continuación compartimos relatos de cuatro ensayistas y narradores venezolanos que dan cuenta de la vigencia de Otero Silva en estos tiempos en los que la historia de un país se recicla.

 

Casas muertas es una novela-testimonial de un joven autor que trata de reflejar una época -las tres primeras décadas del siglo XX- de un país atrapado en el siglo XIX rural y en una brutal dictadura, cuya novedad era la explotación petrolera incipiente por los «musiúes».

No se entendía bien lo que venía, pero tímidamente se intuía una lejana posibilidad de mejora personal que aceleraba el deseo de huir de la aldea y de la miseria sin esperanza. Es un final y un posible comienzo, como efectivamente ocurre a partir de 1935, con la muerte del tirano, y la insurgencia política de una generación que plantea a la par la «revolución» y la democracia.

Novela actual, en estas dos primeras décadas del siglo XXI, cuando otra tiranía con una economía y una sociedad arruinadas, vuelven a plantear la encrucijada de un mundo por abandonar («Casas muertas») y otro por crear. Cambian los tiempos, pero los miedos, las huidas, los anhelos y las esperanzas son los mismos.

La historia no se repite, pero el hombre siempre se repite a sí mismo, aprendimos en Tucídides. Y es que la literatura a su manera es intemporal en la medida que expresa la agonía del vivir y el permanente viaje en busca de un destino personal, indisolublemente confundido en la historia social.

Nadie puede vivir en «casas muertas». Siempre se busca «un nuevo cielo y una nueva tierra» y los venezolanos de ese ayer y de este hoy viven en la incertidumbre de un tiempo detenido y un tiempo-por-venir.

Ángel Lombardi, ensayista.

 

«Ortiz» es una buena metáfora de lo que pasa en Venezuela en estos momentos, el país es una «casa muerta» donde la única obligación es marcharse...

Norberto José Olivar, narrador.

 

Con dos novelas he convivido con los fantasmas. Cuando terminé Cien aсos de soledad, solté el libro, fui a bañarme y al cerrar los ojos por el agua en la cara, es como si hubiera visto en desfile todos los muertos de Macondo. El jovencito que, sin embargo, ya tenía 15, se asustó y ahí se acabó esa parte de su historia.

Los muertos de Parapara de Ortiz me han acompañado toda la vida. Es como si el joven de 13, justo en 1980, se hubiera quedado o estuviera aquí conmigo. Además, el impresionable de 13, por alguna causa hizo encarnar a Carmen Rosa en el poster de una aguerrida y exuberante Claudia Cardinale de quién sabe cuál de sus películas. Mientras Sebastián no pasaba de ser un personaje fuerte y con ganas de luchar que enferma y muere.

El de 13 no vio en Casas muertas más que un pasado peor que el del 80. No vio lo que después de la era del petróleo se vino, para bien y mal, y en algún momento estuvo peor.

En memoria e influencia, ganó la mujer, el personaje femenino, Carmen Rosa. Pues, ido como ella, el hombre de 2018 ve el país a 8 mil kilómetros de distancia. Pero el pasado, siempre presente, me hace tener en las manos una sobria edición de Sorojchi Editores que, con una elegante portada en tonos grisáceos que van de lo sombrío a lo lúgubre, no puede evocar y parecerse más al país.

Monzantg, ensayista y editor.

 

Casas muertas sigue reflejando un país-circular que no sale del foso. Una novela escrita en un momento en el que el país no tiene futuro.

Miguel Ángel Campos, ensayista y editor.


Imágenes:

* Detalle de la portada. Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Seix Barral. 1975.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Losada. 1955.

* Casas muertas. Miguel Otero Silva. Editorial Sorojchi. 2018.

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