Letras

Poema

Euro Montero

  

l

viene de la voz quebrada

el ombligo no miente

 

apenas dan cuenta los pasos

 

su camino es de infortunios 

donde el cielo se descalza

 

 

ll

hombres como él llevan un rostro

que se echa a la burla

 

la mano resguarda su sombra al ras

 

herida entre dos tierras

dos silencios que no menciona

 

 

lll

a ningún lado va sino al adiós

nadie lo espera

 

bajo sus pies arrastra un crujir de muerte

 

lo saben intruso sin repuestas

inmigrante

 

 


Euro Montero (Maracaibo, Venezuela, 1995). Estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia (L.U.Z). Obtuvo el tercer lugar en el concurso nacional de poesía joven Lydda Franco Farías 2016 con su poemario Rotos todos los cielos. Ganador de la primera mención especial del Concurso de Poesía “Andrés Bello”. Finalista del ll Concurso de Poesía Joven “Rafael Cadenas”. Participó como poeta invitado en el Tercer y Cuarto Festival de Poesía de Maracaibo, en la Primera Semana Zuliana de la Narrativa y en el Primer Simposio “Luis Guillermo Hernández” de Pensamiento Literario Venezolano. Asistió a talleres literarios dictados por los poetas Santos Lopez, Harry Almela, Adelfa Geovanny, entre otros. Poemas suyos han sido publicados en los portales La parada poética y El cautivo.

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Extranjero & amante

Sobre la escritura Poética en la distancia

José Miguel Navas

I

Quiero nuevos paisajes


  “atrás quedó
     el deseo clausurado”
         
Pablo, Quiero un nuevo paisaje. Quiero nuevos árboles, distintos a estos que me cubren,
quiero nuevas sombras. Necesito nuevos paisajes.

En tu país nos llaman -los afectados- . No soy Fuerte -lo sabes-, pero quizás en la libertad
del primer mundo lo sea. y Seamos por supuesto amantes, acompañando nuestra amistad
con buenas comidas, tragos, vino y sexo rudo.

Isis se ha ido a Miami ha dejado atrás a Carlota, la ha cambiado por la libertad de andar en
bicicleta de noche, ella toda libre,  toda mujer.

Entonces Pablo, llévame hacia ese paisaje que me narras, en ese lugar ajeno de venecos,
donde asumo otra categoría mejor dicho dos, un sudaca - afectado -.


Ando guardando billetes, de forma metafórica. Acá solo funciona el digital y el extranjero.
  
                      Yo solo espero,
                                              por ese nuevo Paisaje.


 

II

Poema en Kiev O Caracas 12 de Febrero del 2014

Me hablas de política internacional
mientras penetras mi cuerpo
eres un falso activista por la paz
tú a mí me destruyes
afuera un país se quiebra
yo me salvo en tu espalda
me tienta la sabiduría de la entrepierna
miles de personas queman Kiev
la plaza enorgullece los egos
yo te habito en la desnudez
País gigante
continente absurdo
hoy el coño nos ha llevado a un exceso de tristeza
repitiendo la historia de una raza lastimada
huimos de una crisis ajena a nosotros
yo te penetro para alcanzar mi nuevo hogar
aprieta mi sexo hasta escapar del país
esa noche televisamos La Primavera Árabe en tu cama
tratados de Paz nos quitan el sueño
mientras el Dólar aumenta y tu cuerpo enferma
mi Madre cansada nos ruega alivio fracasamos
en el intento de la cura del Cáncer
Facebook no cesa
ella descalza camina hacia cualquier frontera donde el placer exista
fantasma te logro agarrar
me hice hombre de tanto buscarte para darme cuenta que:
ya Papa y Mama no existen
reproduzco en Youtube una manifestación en Kiev
mis lágrimas sin Azúcar
cruzan el Atlántico en mis sueños
el Petróleo corre por tus venas
actualizas tu estado de Facebook
esperas comentarios de lastima
rezas a quienes no te escuchan
cegado ajeno fastidiado de la política me llamas a tu pecho
y un rio se rebosa
los niqueles de mi cuerpo te sostienen
mientras un País entero Duerme.


 

III

Esteban corre

 

I
Elegimos un lugar para huir
para enfrentarnos a nosotros mismos

II
subimos las escaleras del hotel
avergonzados
detrás el mundo y su juicio
delante la verdad
sobre los pecados de la ciudad

III
nos vencemos
estamos arruinados
somos la minoría en una historia
pasamos ocultos por el mundo
quedamos suspendidos en los bares del centro
nosotros el germen que nos tienta
esta vastedad
una isla contenida
tierra enferma
probamos la orilla
y acabamos en ella


José Miguel Navas. Venezuela, 1992. Poeta y licenciado en Comunicación social, es investigador de poesía escrita por mujeres haciendo énfasis en la obra de Wafi Salih y María Antonieta Flores. Ha publicado los poemarios La Próxima textura (2014), La Rosa Abstracta (2015) y Esteban corre (2017). En 2015 fue invitado a la Feria Internacional del libro de La Habana. Invitado en varias ocasiones en el Festival de Poesía de Maracaibo. Es facilitador de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Con su poemario “Fanny” obtuvo el Premio de Poesía “Descubriendo poetas segunda edición” Ciudad de Puerto Ordaz Venezuela en 2018.

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Después de la cuarta salsa hay sexo

Leo Felipe Campos

Pinky ha visto a Silvia bailando frente a la tarima durante treinta y seis jueves seguidos, la ha mirado caminar en puntas hasta la barra, la barra, la barra. Y con ustedes, en el piano, flash de agua y alcohol, el humo, la manito agitando sus anillos de fantasía, pantalones blancos, cabello suelto, delineador plateado y una calavera en el pulgar; escarcha, lentes, las caderas tic tac, clac y permiso: un paso al lado, la luz baja, llegando a estirar el brazo con una pulsera coqueta y detrás esa sonrisa de neón, repicando las rodillas al tiempo que saca el pecho de estrella, figura de la noche Silvia, falda larga azul y zapatos bajos, blusa de poliéster, borracha y constante, al menos con la idea que tiene del placer para sí, batiendo una vez más sus palmas y señalando al barman, que al igual que Pinky, el vocalista del grupo, la ve venir con puntualidad estricta, sola o acompañada. Camisa abierta de algodón que se moja y cae como una ola de surfista. Sin cartera, sin pudor, sin vergüenza, sin dejar de tararear ni de golpear el trago con su anillo para llevar el ritmo y disfrutar de la música —metales, cueros y coros— y del ambiente del lugar: cuerpos bailando, estrujándose y pisándose accidentalmente, en medio de piruetas y frenos y hebillas que se rozan, franela de nylon sin escote, jean negro, peineta invisible, y jugar a la dama sola, a la mujer dura, Silvia cintura de goma, a la bailarina que sigue el show desde su rincón a ojos cerrados, vente, cosita rica biribón bom-bom, y si supieran que tiene miedo: de morir apuñalada, de perder su trabajo, de conocerme y morderme, de no ser capaz de terminar a tiempo el plano y la maqueta de su vida de cuarentona, de llorar y de volver a hablar con su padre y su hermana, con quienes decidió cortar la comunicación hace poco menos de un año. Con el primero por diferencias políticas. Con la segunda porque vivía diciéndole puta y, así, comprenderán que cualquiera se distancia.

Bien, yo conozco a Silvia. Bailé con ella una noche de fiesta en el segundo piso de la casa. Vivimos cerca. Esa noche ocurrió por primera vez lo de su hermana, una pelea estéril, innecesaria. Creo que fue porque Silvia me sugirió, en una rueda de piernas cruzadas que caracoleaba alrededor de unas velas y dos neveritas con hielo, algo muy parecido al título que escogí para esta confesión. En realidad, más que el título, me ofreció el origen, sin saberlo. El punto iniciático, la piedra angular que nos tiene ahora enredados entre timbales, o al menos me tiene enredado a mí.

—Después de la sexta salsa hay sexo, siempre —dijo.

Y bebió un trago.

 

Ahí comenzó nuestra apuesta y desde entonces, hace treinta y seis jueves, no hemos parado de ir una vez a la semana al Timbal de Fuego, un local que no vale la pena describir porque repite palmo a palmo los lugares comunes de la postal universal del Caribe.

Llegamos para sacudir las piernas y sudar, para sacar la lengua con cada clave, con cada golpe seco de la ráfaga de toques sobre el cuero de la tumbadora y el chispazo de la campana en cada solo de trompetas, con una, con otra, con otra, con otra y con otra pareja, hasta el final de cada madrugada, a las cinco de la mañana del viernes, cuando alguno de nosotros debe abandonar el espacio, habiendo controlado y calculado las canciones y aproximaciones del otro con alguna persona en la pista.

Las reglas, después de cinco semanas de improvisaciones y ajustes, terminaron siendo las siguientes:

Primero: dos canciones, no importan el ritmo o la armonía, ni el año de su composición ni la popularidad o la extensión, para determinar si la pareja escogida puede seguir jugando en función de nuestra apuesta.

Segundo: el máximo de piezas seguidas para salir del local abrazando a ese nuevo conocido, directo a la cama, en cuyo caso uno de nosotros escolta al otro en el trayecto y el que pierde paga la cuenta, es de seis. Nunca de seis y media, ni de siete.

Tercero: si luego de esas seis canciones no se logra cautivar al oponente y, como consecuencia, desnudarlo, chuparlo y todo lo que a continuación solemos imaginar que puede llegar a ocurrir allí, en ese momento, acaba el turno de uno y comienza el del otro. Está claro que para nosotros es más importante el medio que el fin.

Penúltima regla: solo se puede probar con un máximo de tres parejas por noche y está prohibido repetir con la misma persona en las siguientes semanas, una vez que hayamos logrado llevarla al mete-saca-mete-saca-mete-uh.

Finalmente, lo que significa un consuelo pobre: si ninguno logra el objetivo de horizontalizar a una pareja de baile en máximo seis canciones, al final de la jornada nos toca meternos juntos en casa de alguno de nosotros, borrachos y con el ánimo enterrado, empelotados y a trepar de modo olímpico; un ejercicio agotador, doloroso y, por lo general —lo digo porque lo hemos hablado— carente de goce.

Antes.

Porque ahora estamos viviendo un conflicto: nos empieza a gustar ese empate con significado de derrota definitiva. La semana pasada nos atrevimos a romper las reglas por primera vez. Me asustaba ver cómo ya no nos esforzábamos por brillar en la pista. Por el contrario, bailábamos con desgano, con la mirada puesta en nosotros.

Con la boquita aguada, inventábamos sortear la veintena de parejas que se movían sobre la pista para caminar hasta la barra y pedir un trago y otro, para interrumpir el juego. Nos separábamos de los cuerpos ajenos. Y lo peor, si por casualidad alguna pareja nos enganchaba, decidíamos hacernos a un lado en menos de dos compases, buscábamos una excusa que llegamos a llamar calambre, otras baño, otras aire fresco. Y empezábamos a bailar juntos, nos retábamos entre empujones y besos, entre apretujones y vueltas, entre poses infantiles frente al iPhone para inmortalizar la escena.

Notamos que de alguna manera el sexo entre nosotros se estaba convirtiendo en algo más importante que la salsa. Que otra vez, el medio y su fin volvían a ser lo que antes eran. Una porquería, porque sabemos que en el Caribe, no es un mito, menear el culo, clavarle como ganchos los índices en la cintura y lamerle el cuello sudado a esa persona que se contonea enfrente, África mía, tan cerca y tan caliente, mordisco y mano abajo, de la cadera hacia las nalgas, rozando no el delirio, sino el límite de la gracia, a pocos metros de la música en vivo, suele generar taquicardia y ser mejor que la penetración sistemática, o al menos más adrenalínica, en la mayoría de los casos.

 

Total que aquí estamos: jueves número treinta y siete en el Timbal de Fuego que siempre esconde una humedad satisfactoria. Diría que todo comenzó hace un mes y medio, cuando el saldo marcaba dieciocho triunfos para Silvia y once para mí, con siete empates que al principio fueron repugnantes. Eso sí, el récord de velocidad y precisión era mío, con apenas dos canciones y media antes del sexo. Fue con una cubana que se parecía a Cleopatra, lo que motivó a Silvia a ponerle un asterisco a mi marca. No me importa.

Sea como sea, a estas alturas está claro que ella tenía razón. La mayoría de las veces nos sobraban canciones para follar con desconocidos. No hacía falta llegar a la sexta. Y si bailábamos sin parar, luego de una media hora sin lograr seducir al juguete extraño en la pista de baile, es porque probablemente no habríamos podido amarlo nunca de cualquier otra manera, ni comprándole una casa.

Antes de seguir debo aclarar que además de los europeos y los asiáticos, que no podrían hacer un ocho adecentado con sus caderas ni frente a una amenaza de muerte, y además de los que bailan salsa como si fueran una pistola contra el tiempo, que asisten al sabor del dancing como quien mira un programa de repostería en la televisión sin tener hambre; están también los que se contienen y a veces hasta se reprimen. Esos son los que desean desnudarse en plena pista, pero no se atreven porque alguna doctrina profunda que mezcla pudor y culpa se los impide. Son terribles y se reconocen, por lo general, hacia el final de la segunda canción, luego de algunos abrazos en los que parecen ceder, con el codo izquierdo a mitad de su columna y la mano derecha acariciándole la nuca, en el caso de los hombres, y con ambas manos sujetando sus hombros, en el de las mujeres. Pero no ceden. Se separan apretando las pestañas y construyen una mueca que parece ofrecer una disculpa, algo como esto: (mueca que parece ofrecer una disculpa).

Son la excepción estúpida, el absurdo. Un error en la pista.

Pese a ellos, no hay ya nada que probar. Sin contar los tres empates que Silvia y yo escogimos para este último mes, una decisión desacertada que nos ha desviado del objetivo inicial de la apuesta, puedo asegurar que hubo dos errores en aquella frase de Silvia en la terraza, sobre todo si nos apegamos a las estadísticas. Primero, el sexo es más seguro después de la cuarta que de la sexta canción. Segundo, no es siempre. Pero casi.

Ahora mismo hemos visto cómo Pinky, el vocalista, y el barman achinado y fuerte con su cabello liso y puyudo, están ganando dinero a costillas de nosotros. Se han dado cuenta de nuestro juego y han empezado a apostar con los otros músicos y mesoneros, a favor de uno y otro, según la noche, y han llegado a la conclusión de que la salsa en el Caribe es un trabajo más erótico que musical. Me lo dijo el negro de la trompeta el jueves pasado en una reflexión frente al lavamanos, durante el descanso y todavía con la nariz empolvada. Sonaba el Quinto Sabroso de Joe Cuba.

Silvia está soltando a su pareja en este momento.

 

Después de la cuarta salsa hay sexo y lo he comprobado nueve veces con mujeres distintas. Otras dos veces, una después de la segunda, una después de la quinta. Cuando no es así, me voy con ella, que sigue llevando la delantera. Todo buen bailarín lo sabe: se puede llegar solo a la pista, pero siempre es necesario tener un cómplice, una pareja segura de repuesto, un número de teléfono activo las veinticuatro horas, el martillo que rompe el cristal en caso de emergencia. Y Silvia, en este caso, con esa falda negra y su chaleco anaranjado por encima del ombligo, moviéndose alegre y segura al son de la guataca indestructible de la Fania, es más que una culebra con buen ritmo; es una figura mágica que ha logrado secuestrarme el deseo de miércoles a viernes, reforzando ese mito calenturiento del Caribe según el cual el swing es como el talento: se tiene, o no se tiene.

Ahora está en la barra. Idilio, Barrunto, Mi gente y Llorarás. Me comienza a parecer sublime y encantadora. No lo he dicho, también es mucho mejor bailarina que yo.

Si Estados Unidos exporta su imaginario de hamburguesas, rascacielos y parques temáticos, si Argentina tiene sus vacas y Egipto sus pirámides, si Japón es pura tecnología y España la poesía ultracontemporánea del Fútbol Club Barcelona, nosotros tenemos la salsa en la noche, que nació entre Cuba, Puerto Rico y el Bronx hace cuarenta años, y también tenemos cuerpo para bailarla, algo que, es verdad, no sirve para sentir orgullo, pero sí como preámbulo erótico para encuerarnos en la cama. Además, tenemos a Silvia. ¿No es eso más importante que una bandera o aquello que llaman vanguardia?

Para mí, sí.

Ahí viene. Silvia, con sus Converse de goma y los hilos del pantalón roto en los bolsillos de atrás. Gitana. Carga un trago en cada mano y camina directo hacia este cuerpecito gastado y eléctrico, en el vórtice que componen también las miradas de Pinky y el barman achinado, equivocados como estarán de ahora en adelante, los próximos cuatro o cinco jueves, mientras nosotros resolvemos seguir pactando, pero no porque queramos que pierdan su dinero, sino porque ya comenzamos a pensar en una nueva apuesta que aumente el reto, o en una hipótesis improbable que nos estimule a bailar más y a empatar menos.

 


Cuento publicado en “Gancho al hígado”, editorial Tusquet, Bogotá, 2018.


 

LEO FELIPE CAMPOS nació en San Félix, pero se trasladó a Caracas donde se graduó de Comunicador Social. Ha sido actor de teatro, periodista deportivo y asistente de dirección en cine y televisión. Es fundador y editor de dos revistas venezolanas Platanoverde y 2021 Pura Ficción. Publicó “Los paralelos”, su primer cuento en el 2006 por Amauta Editorial. En 2009, publicó con Ediciones PuntoCero su primera novela “Sexo en mi pueblo”. Actualmente reside en Bogotá.

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El mundo del poeta

Freddy Yance

Un negro para una blanca es otro idioma.

 

Esquivo las esferas a las cuales solo puedo acceder mientras más cerca me halle del golpe que destruiría mi vida.

Porque todos los bosques esperan o reclaman cierta manera de someter tu luz a su aliento, sin embargo, el oro de los desiertos me es entregado a cambio de no permitir que nadie me doblegue.

Y las condiciones que transforman una recta en un círculo son las palabras, o momentos, que laurean la hazaña de brillar cuando traiciono al Orión de mi sangre infinita.

 

La fuerza no pertenece al verano sino al ave que lo atraviesa como un río o muchacho de ojos distraídos e iluminados por el signo que le impide detenerse.

 

El tiempo es una embarazada de colibríes muertos, y el abatimiento causado por la transición de luces y sombras, que me obliga a tomar una posición inofensiva, es el sustento de ti situado en la otra punta de este poema.

 

He alcanzado libertad a través de desdichados caminos donde conocí mis ojos, y lo dulce brota de mis pupilas cuando ya no resisten la luz.

Desdichados caminos donde debí llegar al final del grito y la caída para comprender que soy las cosas que me alejan de los demás.

 

¡Oh, libertad!, soledad en llamas.

 

Las aventuras que distraen mi camino a lugares donde solo puedo llegar tras el sacrificio de mi honor y mi orgullo no tejen en mis horas la felicidad ni el goce que recibiría si –como un abedul– me quedara quieto en mis llamas.

Pero el rigor de una juventud perfecta me exige dirigir mis pasos por senderos ante los cuales me siento vacío y exhausto como un alma sin cuerpo.

Yo me quiero ayudar, ofrendarme la compañía exquisita de mis sueños.

Sin embargo, debo aceptar que solo puedo ver en los demás aquello que veo en mí.

Y a pesar de la extenuación de la memoria en el intento de recrear en palabras los instantes que hicieron de mí un monstruo, todo se resume al escenario donde estoy frente a ti, y culmino mi lectura, y me aplaudes.

 

Nosotros no tenemos un lugar en el mundo, pero nos tenemos a nosotros mismos, y debemos defender y preservar eso.

Y las cosas que digo las digo por mí mismo y a mí mismo, no quede duda de esto a nadie.

Qué es el éxito, pregunto de nuevo, y no encuentro una vida para mi vida en la cual yo pueda rendirme felizmente.

 

No puedo pensar en mi esencia cuando me dan.

Entre más recibo más lejos me encuentro de mí.

Y aunque sea paradójico, las esferas que amo son aquellas que me entregan todo desde el lugar donde soy solo sangre hasta la noche donde mi pecho es un santuario.

 

Pareciera que mi lucidez aflora exclusivamente en los momentos donde despliego la tragedia como luz que hiere mis recuerdos.

Ciertamente detesto a las esferas que solo me aceptan cuando estoy a segundos del quiebre, o aquellas cuya compañía implica la ausencia de las estrellas que me regalaron la muerte como Libro de mis días.

Porque la tranquilidad es alcanzar un grado de consciencia en tus palabras que te impida seducirte, o sentir compasión por ti mismo cuando el baile te indique que ha comenzado la música.

 

Sin embargo, no es, hasta alcanzar lo fértil en la edad del grito, que el silencio de nuestra carne se manifiesta como una epifanía ineluctable donde se demuestra que soy una basura.

Pero yo elijo no ser una basura.

Por eso escribo.

 

Y nada termina de suceder y nada es nuevo.

Y las esferas son las edades del ser cuya magnitud no la define el espejo, sino el sentido de los poemas que ha decidido recordar como abrir los ojos.

Quizás por eso no abandono Venezuela, porque ningún idioma me da las cosas que tampoco me da el castellano.

Quizás, el arenoso vocabulario de Rumi, o el sagrado azul de Homero, habrían redimido a mi amor de esta nostalgia de bailar merengue con mi mamá en el 82, hermosamente vestidas de blanco, una noche tranquila después de los ríos.

Sueño volver, viajar a la edad donde cada una de las personas que he conocido vivían de un modo ilimitado, y nada podía vencerlas.

Pero, a veces, logro escuchar tu Voz, encima del sol y las estrellas, y puedo olvidar el sentido de estas palabras, y el sentido de mí, y el sentido de todo.

Y me desprendo del mundo como un colibrí de las rosas.

 

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Por qué grita esa mujer...

Poesía feminista

Adriana Morán Sarmiento

"Soy mujer y he tenido la suerte de hacer una carrera que me llevó a los lugares donde quería estar. Incluso a lugares que no había imaginado. Pero que en un grupo invisibilizado algunas logremos hacernos ver no invalida la oscuridad sino que la potencia."

Claudia Piñeiro
Discurso de apertura- FILBA, 2018

 

Un grupo de escritoras se viste de rojo y recita un poema de Susana Thénon en las escaleras del MALBA. Es viernes por la tarde, todo el que pase escucha las líneas de "Por qué grita esa mujer..."

Otras 800 mujeres -agrupadas en colectivos de actrices, escritoras, académicas, bailarinas y más- sumaron adhesiones para pedirle a los diputados del Congreso da la Nación que votaran a favor de la despenalización y legalización del aborto.

Un día inesperado, otro grupo de escritoras y periodistas se viste con túnicas rojas y tocas blancas simulando los personajes de The Handmaid's Tale, la novela de Margaret Atwood, quien ya se pronunció varias veces a favor de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Fueron 20 minutos de silencio frente al Congreso, donde el cuerpo se hizo presente para reafirmar la lucha.

Por qué gritan esas mujeres, por qué ahora. Porque es el momento. Porque están ahí y quieren ser escuchadas. Porque en la sociedad argentina hay valientes que deciden usar la palabra para desarticular el mito. Entonces, la poesía hace presencia.

"Informamos desde el amor, la transparencia y por sobre todas las cosas, desde un gran sentido de sororidad -dice Valentina Vidal, escritora que forma parte de Nosotras Proponemos Literatura (nP Literatura)- A esta altura del partido, la pregunta no es si vos, ella o yo abortaríamos, la pregunta es, por qué si una mujer aborta por las razones que sean, siendo una intervención tan dura desde lo físico ¿no puede ser libre de hacerlo y contar con los recursos necesarios desde la salud pública en vez de morir en manos de un aborto clandestino?".

Si la belleza es una forma de resistir, la osadía
de salirse del plan oscuro de los pocos,
vemos las marcas de su persistencia en cada esquirla,
cada pacto para producir la dicha, el espesor
de la mirada sobre las partes, los pequeños
detalles de lo otro, las cúspides, los talones invisibles,
el paño húmedo sobre la frente cuando
ya no hay fiebre que pueda quebrar la realidad
de los mandados y las penas a secas.

[Valeria Cervero]

La poeta Romina Ávila Tosi comenta como del cruce de la militancia y el arte surgen publicaciones como el fanzine Somos centelleantes #ArtistasPorElAbortoLegal, del cual es editora junto a Fernanda López, Gaby Mena y María Raquel Resta. "Muchas de las que participamos en el colectivo nos consideramos trabajadoras de las artes. Después de una experiencia anterior que se había hecho para visibilizar y sensibilizar sobre la desaparición de Santiago Maldonado "Hay  palabras alrededor de este cuerpo", en la que habían participado algunas compañeras, se nos ocurrió que podíamos aportar desde la poesía también a algo que nos urge y nos conmueve en este momento como es el tema de la ley de interrupción voluntaria del embarazo". Así surgió la publicación gratuita que reúne 28 poetas.

"El objetivo de publicar el fanzine y de distribuirlo gratuitamente es visibilizar, sensibilizar y aportar "argumentos poéticos", es decir, poner en palabras e imágenes, experiencias propias o ajenas de quienes gestamos, para que otras personas puedan acercarse a estas experiencias y -ojalá- hacerlas reflexionar sobre el tema", concluye Romina.

PEDIDO DE URGENCIA*

 “Estas pibitas se hacen un aborto el viernes
y van a bailar el sábado al boliche”.
(Sabiduría popular cretina)


Que nadie crea que ya se me instaló el alivio
como ante un trámite terminado.
No es cierto que tenga ganas de ir a bailar esta noche
como dice mi vecina cuando pasa una chica con el pañuelo verde.
Yo no fui valiente y lo llevé escondido en la cartera
hasta que me pude mezclar entre las miles, en la plaza.
Yo no fui valiente y no le dije nada a mi vecina ni a mi vieja,
porque necesité guardar la fuerza para hacerlo.
Yo no fui valiente hasta hoy, en que lo escribo,
lo regalo, lo comparto
Lo transformo en pedido, en urgente pedido,
en  enorme esperanza.


[Gladis López Riquert]

 

Para Pamela Terlizzi Prina, "la poesía siempre fue de algún modo disruptiva, revolucionaria. Lo tabú, lo fuera de consenso es un poco el espacio donde se mueve la poesía. Así que pienso que hacerle lugar a la palabra, "des-sacralizarla" es una manera de ir para adelante, de sacarla del tabú y llevarla a la calle". La escritora que coordina el ciclo de arte Siga al Conejo Blanco, propone acercar la poesía a las experiencias cotidianas: "ponerla como un concepto de mujeres, entre mujeres, para mujeres hace que la bajemos a la tierra. Y hablar de cosas que nos mueven todos los días, nos hace la militancia más cercana."

 

EL NUDO*


Vas a la guardia para que te calmen el malestar que tenés en el estómago. Te fastidia la sala de espera. Hay una pibita que masca chicle y hace globo. El olor dulce y sintético que se le escapa de la boca te da asco. Para colmo bambolea las piernas y sacude toda la fila de asientos. Te marea. Le clavás una mirada despectiva; se muerde el labio de abajo y te devuelve el gesto transformado en un “qué hambre”. Otra mujer habla a los gritos por celular. El Dani se me accidentó con la moto, dice entre llantos. Te imaginás un tipo desparramado en el pavimento, pero lo que te horroriza es haber escuchado el artículo antes del nombre.

Por fin te llaman, explicás lo que sentís y respondés el cuestionario de rutina. Intoxicación no es, nadie más tiene tus síntomas, lo que sea que te pasa, te está pasando a vos sola. No tomaste nada, no. Lo negás dos veces, querrás convencerte a vos misma, porque la sensación que te invade es igual a la resaca. Te hacen una ecografía. En la oscuridad del consultorio pescás el chasquido de la lengua del técnico y sabés que encontró algo. ¿Apéndice?, arriesgás. No, te dice y te lo larga así nomás, en seco: estás embarazada. No puede ser, está equivocado, le pedís que se fije bien. El tipo señala el monitor y te traduce las manchas como si fueras idiota. Te las sabías todas, profesora, y te toca hacer el papel de ignorante. Él termina ahí, no tiene más nada que hacer, prende la luz, se va y que pase el que sigue.

Te cruzás la ciudad a pie. Todos los olores se te meten adentro y te repugnan. No sos dueña de tus pensamientos, se suceden a capricho. Te asalta un recuerdo de cuando eras chica: habías abierto el cajón de bombachas de tu abuela y entre las prendas encontraste un muñeco de trapo atravesado con alfileres. Así te asusta el hallazgo en tu cuerpo. El nudo que antes te dolía en el estómago ahora te aprieta en la garganta. Te resultaría más fácil asimilar un tumor o un parásito, no tendrías que dar explicaciones y no sería necesario que te preguntes con esta urgencia qué querés hacer.


[Silvina Gruppo]

 


* Los poemas son del fanzine Somos centelleantes #ArtistasPorElAbortoLegal

Foto: M.A.F.I.A., Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs.

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Mujeres bajo fuego

El personaje femenino en «Amores bajo fuego», de Gisela Marziotta

Monzantg

Amores bajo fuego es el primer libro que leí en Argentina. De una escritora argentina y sobre Buenos Aires, es mi primer contacto con la historia reciente de un país que me recibe. Gisela Marziotta se propuso y logró abordar el tema del amor sin frivolidad, sin cursilería, pero sobre todo, y de lo cual está realmente orgullosa, tal como lo manifestó en la presentación de su libro, sin ficción.

Hacer periodismo de investigación sobre dos de las pasiones del alma el amor y la militancia, es como aspirar a una ciencia del alma. Y Marziotta lo hace, enmarcado en Buenos Aires de los años 70 la década en la que ella nació a partir de la entrevista personal a militantes que, por encima de todo, amaron y fueron pareja.

Se trata de la entrevista bien pensada, que muchas veces lleva más de una sesión de grabación, a protagonistas, familiares y amigos de cinco parejas más bien seis, si se incluye lo que se cuenta en el prólogo, a partir de la cual reconstruye la vida de Cristina y Nico en el prólogo, de Clelia y Jerónimo, Alicia y Damián, Delia y Hugo, Leonor y Alberto, y Vicky y Emiliano, en los diferentes capítulos.

Son cinco capítulos en los que describe, una a una, la historia de cada pareja de militantes. Pero, en esa búsqueda de la veracidad de los hechos que viene con la profundidad periodística, la reconstrucción de cada una de las cinco historias la complementa con un poema y una entrevista adicional a un estudioso del período específico en el cual cada pareja desarrolló su militancia y su historia de amor; además de las notas explicativas correspondientes a cada capítulo que terminan de dar la profundidad contextual y causal a las historias, y que se encuentran al final del libro.

Son poemas de Gabriela Mistral y Alejandra Pizarnik, de Rubén Darío, Mario Benedetti y Pablo Neruda que, en palabras de Gisela, dan a cada historia esa melodía particular como si se tratara de la banda sonora de una puesta en escena cinematográfica.

Leer Amores bajo fuego es, para propios y extraños, recorrer los clubes de Buenos Aires, sus cines, bares  y boliches, sus calles y oficinas, sus estaciones del tren y del subte, sus iglesias, escuelas y universidades, sus villas y sus barrios, y, también, los centros de reclusión coercitiva del Estado. Es mirar uno de los momentos más convulsos de la ciudad y el país, desde la historia privada y pública de periodistas, maestras, trabajadores de bancos y sindicalistas, obispos y cardenales, activistas de los movimientos sociales, militantes radicales y moderados, deportistas, escritores e intelectuales, padres y madres.

Seres humanos que, con el sueño de futuros mejores, entregan los mejores años de sus vidas -y sus vidas- por un ideal y una militancia, pero que en el tránsito, y sobre todo, aman.

Si bien son seis parejas, en este caso mi interés está centrado en el personaje femenino, en la mujer. En Cristina, Clelia, Alicia, Delia, Leonor y Vicky: dos desaparecidas, una murió de vejez, dos están vivas, una se suicidó de la manera más dramática.

Cristina, la maestra que guía

En algún sentido, Cristina, seria e inteligente y con un carácter imponente, era la más alegre y cercana al arte. Periodista de militancia y maestra de profesión y oficio, además de madre, Cristina apostó por la educación y la cultura en su intento por contribuir -desde las escuelas de las villas donde daba clase a los niños- con futuros mejores. La niña a la que le gustaba patinar, bailar y nadar, se convirtió en la buena lectora y apasionada del cine que dedicó su vida a poner en práctica lo que pensaba al lado de su otra pasión, Nico.

Clelia, la «madre-sacerdotisa»

Clelia es, ante todo, la mujer madura, la periodista y la madre, la escritora y activista que, desde la fe, quería ayudar a construir, con un catolicismo desde abajo, una mejor iglesia católica. Cofundadora del «Movimiento de los Curas Casados», Clelia se casó con un ex obispo que la definió como una mujer decidida y audaz que representa «lo grande la mujer», «la generosidad del alma grande». Quizá la relación de ambos queda resguardada en el verso de Gabriela Mistral: «Hay besos que se dan solo las almas». Madre de seis hijas, Clelia fue difamada públicamente, lo que no impidió su amistad con el cardenal Bergoglio y quizá hasta le dio fuerza para publicar varios libros, además de contribuir en la publicación de los libros de su pareja mística, Jerónimo.

Alicia, la doncella atlética

Alicia, que desde niña disfrutaba la libertad y contaba con la confianza de sus padres para caminar sola por las calles, se convirtió en la adolescente deportista de personalidad avasallante en la cancha y, aunque dulce y alegre, reservada en el trato personal con los demás. Pequeña y atlética, de pelo largo suelto y con jeans pata de elefante, le gustaba la música, leía poesía y escribía versos. Y, aunque era disciplinada y buena alumna, no tenía buenas relaciones con sus padres, sobre todo con su madre, con quien discutía con frecuencia debido a su militancia. De alguna manera, encontró la figura materna comprensiva en la madrastra del hombre de su vida, con quien, al decir de Rubén Darío, se amó con todo el ser en esa montaña de la vida llena de abismos, el padre de su hijo, Damián.

Delia, la amante

Delia, que a los 17 años estudiaba en la «Academia Pitman» porque en ese momento escribir a máquina era un oficio, amaba el cine y la música y frecuentaba bares donde había tango en vivo. Cuando comenzó a militar, se encargaba de dar clases en las villas y de hacer pegatinas, repartir panfletos y pintar paredes. Aunque decidieron no casarse legalmente para no exponerse, vivió con su pareja, estuvieron presos juntos y, a pesar de que rehízo su vida con otra pareja, nunca superó, en palabras de Alejandra Pizarnik, al «amado rostro desaparecido», el amor de su vida, Hugo.

Leonor, la «hechicera»

De alguna manera, la militancia de Leonor viene por herencia cultural. Hija de un militante al que desde niña acompañaba a reuniones partidistas y quien en diferentes temporadas tuvo que huir de su casa para evitar las persecuciones, fue la niña con el padre ausente que, sin embargo, creció entre mates, cenas y largas charlas de trabajadores con compromiso social; y en medio de una vida austera debido a la cual tuvo que hacerse cargo de su familia desde los 13 años. Chiquita, bonita, flaquita y altiva, desde joven le tocó exponer el cuerpo y fue torturada física y psicológicamente, además de haber sido baleada. A Leonor no le gusta hablar del pasado y quizá, en parte por eso, después de la tortura nunca volvió a ser ni libre ni ella misma. Siempre práctica y con los pies en el suelo, aprendió de su abuela la obsesión por la limpieza, le gusta la literatura histórica y dice que, durante 40 años, el secreto del amor con el hombre de su vida -ese con quien vio la película «Ordinary People» en la primera cita y muchas películas a lo largo de los años; quien, al decir de Mario Benedetti, sabe que puede contar con ella, y quien afirma que nunca la ha engañado, pero que, además, no habría podido hacerlo porque Leonor «es bastante bruja»-, Alberto.

Vicky, la guerrera

«Esa chica de pelo largo, lacio, negro, con campera de cuero marrón y botas de caña alta» es la más guerrera. No solo la forma que eligió para morir: todo en ella la definía. Tanto su militancia como su ejercicio del periodismo, así como las frecuentes discusiones y la decisión de abortar en acuerdo con el hombre al que, en palabras de Pablo Neruda, amó «de una manera inexplicable… de un modo contradictorio», y padre de su hija, Emiliano.


MONZANTG (Maracaibo, Venezuela) es ensayista y editor de País Portátil y colabora en los365días.

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El invierno de Julia

Fernando Rouaux

Julia toma un trago. En su silla, bajo un ceibo maltratado por el viento, su mirada se pierde más allá de la ruta. Con las piernas cruzadas sobre un tronco seco, sostiene, en la mano que cuelga inerte, un cigarrillo a medio fumar. La rodea el campo con parches de un monte al que nadie ha tocado demasiado. Del otro lado del asfalto el paisaje es idéntico. Lo único que recorta el horizonte es esa cicatriz de torres de alta tensión. Gigantes de fierros con dos brazos y dos piernas, robots sin cabeza. Le dan escalofríos cada vez que las mira. 

Una radio vieja cuelga en el tronco del árbol. Está encendida, emite un ruido monótono. Ahí, debajo de las torres, no se puede escuchar ni el partido de Juventud Naciente ni ninguna otra cosa. Pero es una costumbre a la que sigue aferrada.   

Parece adormecida, con la mente en blanco. Poco a poco va invadiéndola una sensación extraña. Se da cuenta de una rareza, un silencio incómodo. Hacía rato que no se escuchaban autos ni camiones en la ruta. Se queda inmóvil, con la mirada muerta, toda su atención está puesta en un solo sentido. Escucha, sí, el canto de algunas aves. Monos no, pero eso no es infrecuente. No hay chicharras, no en esta época. Sólo pájaros y ese murmullo.

Voces, muchas voces, cantan. 

—¡Ma! ¡Mirá! —Miguel señala algo en la ruta. Ella hace una visera con la mano. Un grueso camino de hormigas de colores zigzaguea en el asfalto. El patrullero va adelante, la ambulancia, la enorme cabina de vidrio, bamboleante sobre un trailer que no ve; la interminable procesión. 

—¡Miguel! ¡San Luis Rey de Francia! ¡San Luisito Rey, acá, Miguel! Vamos, dale. 

Corre con el chico hasta la banquina. Mira la fila de carretas, sulquis, jinetes entremezclados con gauchos, policías a caballo, familias, curas, monjas y perros. Un grupo de chicas tatuadas, algunas con camisetas de fútbol y pelo de colores, le llaman la atención.

Avanzan con paso firme, cargando carteles e imágenes, cantando. Contagian felicidad. Julia piensa en Alexa. 

Levanta a Miguel y lo sienta en una carreta con techo de lona que maneja un viejo. Adentro, una pareja joven la observa sobre unos colchones enrollados. Julia corretea y logra subir también. Una anciana viejísima la saluda con un leve movimiento, sentada sobre una silla plegable cubierta de mantas, rodeada de bidones. Acurrucados en el suelo, cuatro chicos le clavan los ojos. De respaldo usan dos jaulas de alambre cubiertas con repasadores. Se escuchan cacareos. 

—¿No llevan nada? —pregunta la anciana—. Julia se queda en silencio.

—Hay pollo hervido y butifarra, sirvasé un poco. Y dele algo a ese chico, haga el favor.

—Se agradece, señora. Miguel, despacio, m’hijo. 

Julia no toca la comida. Pregunta si no hay algo para calentar el estómago. Un trago de vino, dice, cualquier cosa. Conoce de antemano la respuesta. El hombre y la mujer intercambian miradas, sonríen; él saca una botella de grapa de abajo de una manta. Brindan en vasitos de plástico por San Luisito Rey. Julia cierra los ojos y vacía el suyo de un tirón. De a poco se le entibia el pecho; se ablanda esa puntada detrás del esternón. Los mira y les sonríe, se acomoda. Hace un año, piensa, estaban acá. Ella freía las empanadas mientras él cepillaba al Pelu. Qué será del pobre Pelusa, solito allá en San Luis del Palmar. Se acuerda bien cómo era todo, de Miguel un año atrás. Gordito, charlatán y contento, aprende a llevar la rienda al lado del papá. Puede ver a Ale y Yeni apretujadas en el sulqui. Todo eso se evaporó, como en un truco de magia. A veces se sentía como si pudiera volver a aparecer. Se descubre mirando sin pestañear a la joven, incomodándola. No dice nada. Sonríe y se mira los pies.

Los encuentra tan sucios que los esconde. Pide un poco más de grapa y eso, nota, no cae bien. 

Le sirven otro vaso por la mitad y la observan. Podría ir a verlas, piensa. Llegar de sorpresa a Itatí. Se acuerda de sus pies y se ríe por dentro. Con esta facha... ¿Usted es de acá, nomás?, pregunta la joven. Julia responde, sí hace un año. 

—Mejor vayasé —escucha. Todos se callan, miran a la anciana.—  Vayasé a la ciudad... Acá anda el Pombero..., —asoma apenas los ojos por unos párpados estropeados.

Mamá, la reta la joven, pero la vieja sigue—. Se esconde debajo de la cama de las mujeres y a la noche se las lleva, al monte y las embaraza. Todo cubierto de pelos está, de la cabeza a los pies... —Vieja de mierda. Por qué no te callas, piensa Julia. 

—Conozco, sí —dice incómoda. Todavía tiene miedo de la oscuridad del rancho, de esa soledad en la que entra ruido del viento, chillidos de ramas, sonidos de animales. 

Miguel juega con unos soldaditos prestados, musculosos, con camuflaje para el desierto. De pronto se pone serio, hace un ruido gutural y vomita en medio de la carreta. Un olor punzante invade todo. Miguel tose, solloza. La anciana saca trapos y Julia limpia como puede el vómito con ayuda de la joven. Los otros miran apabullados por el olor y el espectáculo. Después de unos minutos el piso de la carreta queda con un manchón húmedo y baboso. El olor sigue ahí, ensuciando todo.

La pareja trata de darle conversación, pero Miguel ya no juega y Julia no está interesada en charlar con nadie. Mira hacia atrás. El caballo de la carreta que les sigue va con la cabeza gacha, parece resignado, triste. Escucha el ruido metálico de las herraduras sobre el asfalto; los cantos de iglesia de fondo. Imágenes del santo van bamboleantes unos metros más allá. Las torres eléctricas, a la distancia, se ven como cruces. La procesión ahora le parece un cortejo fúnebre. Tengo que encontrar la forma, piensa. Sin pensarlo, pide más grapa. 

El hombre duda, consulta con la mirada a la mujer. Los dos ven que la anciana lo desaprueba. Tiene toda la cara hecha una arruga. 

—Es la única hasta mañana para todos, señora... —se disculpa el hombre. 

Julia lo mira en silencio. Mira a la vieja con una seriedad que la hace tragar saliva. 

—Ni de una madre sos capaz de compadecerte, vieja podrida —le dice con calma en la cara a la anciana, mientras agarra al chico y se baja de la carreta en movimiento. Se quedan mirándola. Ella les da la espalda y vuelve a pie con Miguel.


**

El sonido diferente de un motor se hace grave, disminuye y se apaga, la saca de su letargo. Uno de los autos se detiene al costado de la ruta. Julia se acomoda en su silla. Levanta apenas el mentón, abre algo más los ojos. Reconoce el coche, frunce la cara. Va a tener que hablar con ellos.

Julia se ríe. Recuerda algo. Hugo. Cómo insultaba a la gente, en guaraní, sin que se dieran cuenta. Intercalaba guarangadas en medio de una frase con total espontaneidad. Lo sacó del Chajá Albáñez, compañero de las inferiores del club. Llegó a Nueva Chicago, el Chajá, ahí puteaba a todos en guaraní. Al menos eso decía.   

Dos personas con guardapolvos bajan del auto. Se internan en el verde. Va a tener que tomar una decisión. Toma unos tragos más; el plástico se arruga y se expande con un crujido, se seca la boca con el antebrazo y oculta la botella en medio de un arbusto.  Ve a Miguel agazapado sobre el pasto con una hondera y una pila de piedras al lado.

Buscando comadreja, piensa. Tendrá que asársela solo, si es que la agarra. 

—Andá al sendero a ver si hubo maletero anoche, andá —le dijo al chico—. Fijate qué hay. Y no volvás hasta que yo te chifle. —Él salió caminando, pateando la tierra. 

Detrás del esternón, tiene un dolor punzante. Se mira los dedos de los pies. Uñas como esas no ha tenido jamás. Se horroriza, le divierte. Aplasta con el dedo gordo una hormiga culona que se le sube por el tobillo. Ya oye las voces que se acercan. Se para al sol, al lado del ranchito, a esperar. Enseguida los ve, entre risas, cruzando el alambrado. Se acercan con cautela cuando ven que los perros los rodean ladrando. Sólo los huelen y los abandonan sin interés. 

Saludan, sonrientes. Son la asistente social y el doctor. A él lo ha visto en algún consultorio. Ella es una vieja conocida. No son mala gente, pero ella sabe por qué están ahí. 

Julia escucha sus preguntas. Trata de hablar poco, y mezcla, como Hugo, el guaraní, sin soltar el aliento. La asistente social entiende bastante. El doctor se desconcierta un poco y eso la divierte. Después de un rato de conversación sobre su vida, sueltan finalmente: 

—Y Miguelito, dónde anda.   

—Por ahí, salvajeando, sí. ¡Miguel! No sé si escuchará. —Ellos se miran. Julia piensa lo incómodos que deben ser los mocasines del doctor.  Lo escucha. Habla de los pies de Miguel, ella se irrita. Sí, ha visto los agujeros, le pican, sí, ella sabe... La asistente social interrumpe. 

—Tiene que llevarlo al hospital. Esos son gusanos que pasan de los pies a los pulmones. En Scorza Cué hay enfermera y lo puede ver. 

Tiene planeado ir, explica ella. El hombre de enfrente le prometió alcanzarla, ya que plata para el colectivo no tiene, ni otro medio de transporte, pero no ha aparecido todavía.

Entonces el médico pregunta por esa lluvia que se escucha de fondo. 

—¿Y ese ruido? Suena a canilla abierta...

—Cómo canilla, acá... La radio es, doctor. Pero no agarra nada —señala hacia arriba—, por los cables. La costumbre nomás... un año hace.

—... 

La asistente social interviene, algo divertida:

—Se escucha, sí, a veces, cuando hay corte en Itatí. En verano más seguido. Se enteró doña que hubo otro caso ¿no?

—Sí, Nogueira, pobre. ¿Está vivo?

—Sí, se salvó raspando... no sé cuántos miles de voltios son... ¿cómo va a quedar, doctor? 

—Y, quién sabe. En coma está… Un desastre esa obra. Así que hace un año está acá...

—Sí... Azurriaga pagó todo. Entierro, todo, nos dio un dinero, este lugar para vivir... pero... éramos cinco, vio —termina Julia otra vez mirando los zapatos del doctor. 

—Parece que el chico no viene —dice el médico, cambiando de tema.

—No, no escucha, vengan mañana si quieren. —Julia está cansada. Quiere que la dejen en paz. Los ve sufrir el peso del sol y le divierte ver sus caras enrojecidas. Se felicita por esperarlos ahí. 

—Y mi bebe y las nenas... —quiere saber.

—No... queríamos ver a Miguel... Teníamos que... conversar tranquilos con usted... 

—Ajá... Hablen nomás—dice. Escucha, no sabe si es el sol o el vino, algo la aplasta. 

Cuando finalmente se van, queda perturbada. Es lo único posible, piensa.  Duele, pero ya no importa saber qué está bien o no. Busca la botella y la termina de un tirón. Se siente reconfortada.  Todo va a estar mejor, se dice. Todos volverían a estar juntos. 

Chifla dos veces. Miguel aparece con un cartón de cigarrillos. Maleteros de mierda, piensa. Lo mira con reproche, aunque sabe que él  no tiene nada que ver. 

—Vení, vamos.

Caminan por la banquina. Van bien pegados al asfalto. El suelo es más parejo ahí. Los autos y camiones los aturden, los sacuden. No toman precauciones, están acostumbrados. A medida que las sombras se alargan, el calor desaparece. Un aire fresco los sorprende.

Anuncia la noche fría.  Pasan la arrocera, el lapacho con la garita grande, ahí está el almacén. Al volver Miguel lleva un paquete de arroz y Julia dos botellas de gaseosas llenas de vino tinto. El vino es a cambio por tabaco, el arroz se lo da el almacenero a Miguel.   Cuando llegan al rancho, Julia termina la botella que empezó en el camino, abre la segunda y saca un cigarrillo. Lo enciende en el brasero con una larga pitada. Se siente mejor.

Camina, mareada, hasta su silla rota. Se sienta a mirar la nada. El dolor en el pecho se borra un poco. La radio sigue emitiendo el sonido a lluvia. Da otra pitada, profunda. Tose. Tose tanto que tiene que bajar los pies del tronco, inclinarse. Con los ojos llorosos, mira la huerta. Un cementerio parece. 

—Andá y buscá agua, si querés arroz. Tomá ese tacho y andá... A ver si ponen una canilla estos, en vez de joder con el vino. Por acá nomás pasa el caño. No escuchan, fruncen la nariz nomás. —Miguel sale caminando con un balde en la mano, baja por un sendero que se mete en el monte. Es casi de noche. Julia termina la segunda botella, se tira en el camastro, con la cortina cerrando la entrada. 

Se despierta en la oscuridad con el ruido de los sapos y los grillos. Ese silencio lleno de bichos gritando. Miguel, acurrucado al lado de ella, duerme inquieto, sueña. En la oscuridad no puede verlo pero adivina su cuerpo con la palma de la mano en el pequeño bulto de la manta. Lo percibe flaco, demasiado insignificante. Le duele. Parece muerto de frío, no para de rascarse. Hay una olla con agua al lado del brasero. 

Se queda parada al lado del camastro mirando a su hijo por un largo rato. Recuerda cuando pensó que se había ahogado en el río. Jugaban a las escondidas bajo el agua. Hugo estaba con las nenas. Miguel y ella se sumergieron. Ella siempre sabía dónde estaba él. Lo veía en el agua transparente, salvo esa vez. Fueron unos segundos. Ella entró en pánico. Gritó y todos a su alrededor se desesperaron. Hasta que una mujer se lo señaló, preguntando si era él, no sin reproche. Estaba arrodillado, a sólo unos metros de ella, tosiendo. Había tragado agua y no podía contestar. Piensa que nunca se va a olvidar de su carita, del miedo. 

Ahora eso la hace reír. Se ríe a carcajadas y a medida que ríe el dolor en el pecho le surge otra vez, se le mezclan risa con llanto. Termina lagrimeando y luego llora, con bronca.

Una bronca creciente la enfurece. Agarra a Miguel del brazo, lo levanta brutalmente, ¡qué hacés durmiendo, andá a buscarme vino, carajo, no ves que me muero de sed!  ¡Para qué me quedé con vos! Toma el palo al lado del brasero y le da en la cara. Se horroriza por lo que hace, pero no puede detenerse. Quiere que Miguel se vaya de ahí para no matarlo.   

El chico sale llorando, corre al monte, desaparece en la oscuridad. Ella se tira en el camastro otra vez; le parece más mugriento que nunca. Hollín es, no mugre, dice, hollín, del brasero. Y los bichos tampoco, ni sacando todo al sol se van. Le habla a la oscuridad, pero en realidad se lo dice al médico. No sale así nomás.   

Escucha las palmas, los ladridos y cuando sale el sol es como un baño de chispas en la cara. Ahí están. Esta vez es la asistente social con la de Bermúdez. Saludan, están serias. 

No pone resistencia.  Chifla, sabiendo que el Miguel se esconde por ahí. Cuando lo ve, le parece uno de esos perros que vuelven después de haberse perdido un mes fuera de su casa. Tiene la cara mocha, un gesto de vergüenza. No recuerda haberle hecho eso. Julia se agacha, lo abraza, se despide. Él llora, pero está contento. Esto es lo que quiere. Julia trata de hacerlo reír, pero sólo le saca una sonrisa torcida. No llore usted también, le dice Julia a la de Bermúdez. Ella le da un abrazo a Julia. Le toma la mano a Miguel. 

**

Desde su silla rota, el auto se le desdibuja cuando arranca. Pronto sus pensamientos la dejarían en paz, piensa. Sólo necesita un poco de vino. 

Esa noche recibe cartones de cigarrillos. A la mañana consigue vino pero a la tarde, ya sin nada para tomar va, borracha, hasta la tienda a ver si le dan algo. Pero no. Sin Miguel no.

Sale insultando al almacenero. Se arrepiente enseguida, sabe que no le conviene nada eso.  Llega al rancho a oscuras, arrastrando los pies, con frío. Busca otra vez en todos los arbustos. Abre las ramas. Salen botellas vacías por todos lados pero ninguna con un resto de vino, ni ginebra, ni nada. Se mete en el camastro, se envuelve con la manta ennegrecida, temblando. 

Era noche cerrada cuando se decide. Le rompe la base a una botella. Así armada va al sendero, sigilosamente, pero atenta a las víboras. Se esconde detrás de un arbusto. Está húmedo, se le moja la espalda, los tobillos, parte de los pantalones. Mira al cielo. Un infinito de estrellas cruzado por barrotes negros. La sombra de los cables está justo sobre su cabeza, recortada contra la luz de luna. La torre que está ahí nomás parece más gigante que nunca, parece mirarla desde arriba como un monstruo que está por pisotearla. En ese momento un enorme búho se posa sobre los cables. Bicho del demonio, por qué mierda no te morís vos, murmura asustada, aunque sabe que los pájaros no mueren en los cables. Siente los ojos del ave que la observan, le brillan con la luz de la luna. Se acuerda de la anciana de la carreta.

Vieja podrida, piensa. Me infectó con su veneno. De pronto el búho sacude las alas y se aleja.

El corazón le pega un salto. 

Está temblando de frío. Aprieta en su mano la botella. Imagina cómo va a clavársela al maletero en la cara y robarle todo. La botella está resbalosa, la mano transpirada y fría. El monte no es lugar para estar sola de noche. Mamá, qué estás haciendo, le preguntaría Alexa.

¿Qué pensaría si la viera ahí? Intenta evocar su cara y no puede, se le escapa. No puede ser eso, piensa. Una madre que no se acuerda la carita de su hija. Espiarlos por una ventana y mirarlos dormir. Cualquier cosa daría por eso. Oye algo. Abre bien los ojos. No ve nada.

Alguien viene. Da un salto, el maletero casi se la lleva por delante, se detiene en seco. 

—¡Chamigo!, dame vino. Lo que tengas, todo dame. —Ella sostiene su botella rota.

—Correte o te abro en dos—le apunta un cuchillo a la boca—. No tengo nada pa’darte. Lo que hay pa’ vos te damos, ya. Volá de acá. No tengo tiempo.

Julia no escucha una palabra. Se lanza con su botella. El hombre, mucho más rápido que ella, le da un golpe en la cabeza que la tira al suelo y sigue camino. Julia queda con la cara contra el pastizal; siente el olor de la tierra húmeda. Quiere moverse, pero la puntada en el lado derecho le da aviso. Ahora siente su mano resbalosa y tibia. Los vidrios rotos le entraron en el costado.    

Camina con esfuerzo en la oscuridad, cruzando el alambrado primero, luego el monte hasta la ruta. Casi no hay tráfico a esa hora, algunos ómnibus de larga distancia, algunos camiones. Mira en dirección al rancho del viejo. Se ve lejos, pero se llega a distinguir un leve resplandor en la ventana. El televisor, piensa, prendido aunque él duerma. Llega acompañada por el ladrido de los perros adivinando una huella en la oscuridad.

—¡Quién anda! —escucha.

—Julia, la vecina, don Cosme. 

Estaba despierto.  El rancho es chico pero dobla en tamaño el de Julia. Tiene un anafe a garrafa. Un televisor con canales satelitales de Paraguay. Las paredes están cubiertas de facones enfundados y cuchillos de distintos tamaños y formas. Don Cosme los hace y su hijo los vende en la feria de Itatí. 

El hombre le ayuda con la herida. No parece grave. Sacan algún resto de vidrio y ponen una venda con iodo. Después se sientan con los ojos puestos en el televisor y las manos en los vasos con ginebra. Cuando el alcohol se acaba, Julia, mareada, ya se siente mejor y se despide agradecida. 

Mira la fila de torres con forma de monstruos sin cabeza. 

—Hijas de puta —piensa, se ríe y se tuerce del dolor. Esta por cruzar, pero se acerca un camión que va hacia Corrientes y espera. El frío de la tierra le hiela los pies descalzos.

Quiere disfrutar este momento. Un bocinazo del camión la saluda al pasar.  Piensa en Hugo, en cómo la hacía reír. Se siente muy cerca. Ve la luz de otro camión. Ahora sí, cierra los ojos y camina.


Fernando Rouaux (Morón, 1970) es licenciado en Biología por la Universidad de Buenos Aires. Publicó la novela Los omitidos (2006). Participó en Zona de cuentos (Interzona), antología que surgió a partir del Concurso de Narrativa Eugenio Cambaceres 2014 organizado por la Biblioteca Nacional. Actualmente reside en Colonia del Sacramento, Uruguay, donde trabaja como traductor.

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