La mujer esquimal

Martín Cascante

Yo me arreglo, vos despreocupate, dice Vidal, y me da las llaves de su quinta. Te tomás una semana, te instalás allá, mi señora no tiene problema. Lo necesitás, agrega. Yo lo dudo, me cuesta cada paso que tengo que dar desde que Paula me devolvió la libertad. Te estoy haciendo un favor, me había dicho ella de espaldas, arrastrando el bolso con sus cosas y tratando de embocar la llave en la cerradura. Te lo estarás haciendo a vos, le contesté. Ni se dio vuelta para mirarme. Hace frío, Paula, estás desabrigada, grité. No nos aguantábamos más, pero todavía me surgía cuidarla. Ahora, sin ella, me cuesta ordenarme. Justo a vos, que sos tan ordenado, reflexiona Vidal, y tiene razón.

La primera mañana me despierto transpirado, por el calor. Hay una humedad que me pega las sábanas al cuerpo y que me dificulta respirar. Me froto los ojos y los abro. En ese momento sucede algo extraño. El ojo izquierdo me muestra el techo de machimbre, el ventilador herrumbroso de la habitación de la quinta de Vidal, en donde estoy acá y ahora. El derecho mira una playa de piedras oscuras, parpadea para defenderse de un viento frío que lo irrita y lo seca. Guiñándolo, me levanto de la cama. Necesito concentrar mis movimientos en este espacio, caminar hasta el baño para mojarme la cara. Cuando termino de pasarme la toalla vuelvo a abrirlo. Está en otro tiempo y en otro lugar.

Flotan unos témpanos a la deriva. La tarde se cierra sobre el mar y lo ennegrece. Una mujer esquimal está ahí. Mi ojo derecho la ve parada sobre una pequeña loma, donde terminan las piedras y la tierra sube para separarse definitivamente del agua. Me dice algo, me llama. Eso lo sabemos (mi ojo y yo) porque lo vemos en la forma de su boca. No puedo escucharla. Hace un ademán con las manos. Quiere que trepe hasta ella. Yo cierro el ojo izquierdo que todavía trata de mirarse en el espejo del baño de la quinta. La mujer esquimal sonríe, y sus pómulos rojizos brillan, resecos por la sal del océano.

Camino con alguna dificultad sobre las piedras mojadas. Son hermosas, pienso, cuánto le gustaría a Vidal que le llevase algunas para los canteros de la quinta. Llego hasta la lomita y empiezo a subirla, los pastos son de ese verde apagado que tienen las plantas que crecen en el frío. La mujer esquimal está cerca, me espera unos pasos más arriba, quieta y erguida, como un pequeño monumento.

Una ráfaga me pega en la cara. Me cubro con el brazo y vuelvo a abrir el ojo izquierdo. Recupero todos los sentidos. Se está haciendo de noche en la quinta, los grillos hacen un ruido insoportable. Me pasé el día sin salir de la habitación, el calor no afloja. Oigo el teléfono sonando en la planta baja. Apuro el paso en las escaleras para llegar a atenderlo. Los escalones son de madera sin lustrar y me clavo una astilla en un pie. Llego antes de que se corte la llamada. Es Paula. La saludo sorprendido, sosteniendo el teléfono entre la cabeza y el hombro. Hago equilibrio sobre un solo pie, trato de quitarme la astilla, que está clavada en el talón. Paula me aclara cómo consiguió ubicarme, aunque yo no se lo haya pedido. Dice que necesita unos papeles para presentar en el banco. No logro capturar la punta de la astilla. Si tuviera unas pinzas sería más fácil, pero no traje. Antes usaba las de Paula. Especulo que quizá Vidal tenga una arriba, en el baño. Paula se queja de que me escucha mal. Puede ser el viento del Ártico, me sale decirle. ¿De qué viento me hablás?, pregunta. Hay unas gaviotas volando en bandada, me están pasando cerca de la cabeza, le comento mientras me agacho un poco, instintivamente. Paula se queda callada. No creo que esté preparada para entenderlo si se lo explico.

Termino de subir la loma y me acerco despacio a la mujer esquimal. Su rostro oscuro, su pelo grueso y renegrido, contrastan con el gorro blanco de piel que lleva puesto. Yo la veo con mi ojo derecho, ella me mira con sus dos ojos rasgados y profundos.

La mujer esquimal empieza a caminar, paralelo a la playa. Tiene unas botas de cuero cosidas. Me gustaría hablarle pero no me salen las palabras. A ella no le importa, por ahora parece conformarse con esto: apenas un ojo que la mira y la sigue con dedicada atención. Me veo las piernas y caigo en la cuenta de que estoy en calzoncillos, caminando por una playa de yuyos escarchados y témpanos que flotan en el mar. Pero no siento el frío, no siento otra cosa que la imagen de la mujer esquimal que camina un paso delante de mí en medio del silencio.

Un golpe en la puerta me devuelve a la quinta. Bajo rengueando, llevo en la mano una pinza de depilar oxidada que encontré en el mueble del baño. Miro el almanaque que está pegado en la heladera, hace una semana que estoy acá y ni asomé la nariz al jardín. Todavía me sigo peleando con esta astilla. Vidal está parado afuera, contra el ventanal, haciéndose visera con las manos para mirar el interior de la casa.

Disculpá que te moleste, vine porque Paula está preocupada, me explica mientras pasa y se seca la transpiración de la frente con el antebrazo. Dejaste el motor de la camioneta en marcha, le advierto, mirando el humo blanco que sale por el caño de escape. Deberías cambiarle el aceite, agregó como consejo. Son dos minutos y me voy, no era la idea, dice con un tono de reproche y yo lo miro sorprendido, pero no le contesto para dejarlo hablar.

¿Qué hacés con el ojo vendado? ¿Te lastimaste?, dice mirándome por primera vez a la cara. Me llamó Paula y me dijo que te escuchó ido, incoherente. Yo hace dos días que te mando mensajes y no me respondés ninguno. ¿Estás tomando algo raro?, me interroga sin dejar de sostenerme la mirada.

Le explico que estoy bien y que seguramente Paula exagera, que lo de los papeles es un pretexto. Resulta que después de seis meses ahora el muerto tiene que dar señales de vida, digo y sonrío para mí mismo, para festejarme la ironía.

Me estoy riendo de nuevo, sin darme cuenta. Camino relajado, descalzo, encima de la nieve. Puedo verla brillar a la luz del último sol con el ojo derecho. La mujer esquimal se ríe también y me señala una construcción de chapas y maderas pintadas de naranja. Son menos de doscientos metros, trato de apurar el paso y caminar a la par de ella. Mientras, de a poco, empiezo a sentir la novedad del frío en cada parte de mi cuerpo.

De cerca las maderas naranjas aparecen un poco despintadas. La mujer esquimal avanza y abre la pesada puerta hacia adentro. Yo me quedo esperando hasta que con un gesto me invita a pasar.

Cómo vuela la hora, lo escucho decir a Vidal. Está terminando de lavar la bombilla. Después guarda la azucarera en la alacena, dice que se va. Me dejaste solo con el mate, se queja. Sobre la mesa hay un cenicero con cinco colillas. Yo no fumé. Lo acompaño hasta la puerta, la cierro y paso el pestillo. Dijo que iba a estar dos minutos y se pasó toda la tarde acá, qué ganas de molestar. Veo por la ventana cómo Vidal se sube a la camioneta y acelera hasta perderse en el camino. La nube blanca que deja el aceite quemado en el parque se queda un momento formando una niebla y después empieza a disiparse. Tengo hambre. Mastico un pedazo de pan gomoso que traje el día que llegué. Me sirvo un vaso de leche fría. Debería ir a comprar algo, buscar un almacén.

Pero no tengo ganas de salir, no me quiero ir de esta cabaña en la que siento un calor seco, placentero, diferente al que me agobia en el verano de la quinta. La mujer esquimal mueve los rescoldos de la chimenea y me invita con una infusión. Me arrodillo al lado de ella, frente a la mesita baja. No distingo el sabor de la bebida. Un humo constante sube de la superficie de la taza. La mujer esquimal termina de beber antes que yo y toma del fondo del tazón unas hojas húmedas que empieza a masticar. El frío que trae el viento se filtra entre las juntas, y la mujer esquimal me ayuda a terminar el té caliente sosteniéndome la taza.

El teléfono suena de nuevo. Es domingo, son las siete de la mañana. No me gusta nada, vocifera Paula, no me gusta nada que te hayas ido a esconder en esa quinta. Es lo mejor que puedo hacer ahora, Paula, me justifico por si hiciera falta. Para mañana necesito los papeles, me emplaza. Acá no hay papeles, Paula, acá no hay nada de lo que hay allá. ¿Allá dónde?, me grita. Te querés evadir, dice subiendo más el tono, como si hubiese encontrado una verdad. Le pido por favor que me deje tranquilo. Prefiero no verte, le digo mientras espío el otro nuevo mundo.

La mujer esquimal enciende una pipa y ahora sí, aparece un humo denso que veo y que huelo y que me llega bien adentro de los pulmones. Aspiro el tabaco dulce mientras me tapo el ojo izquierdo con la mano; no quiero ni que Paula ni Vidal ni nadie arruinen este momento. La mujer esquimal me pasa una mano por detrás del cuello y me trae hacia ella, me apoya la nariz en la mejilla. Después me besa despacio en los labios. Yo mantengo los ojos cerrados y dejo que cada roce me anticipe el porvenir.

Pero los bocinazos me ponen de nuevo de este lado. Hago el cálculo: hoy se cumplen dos semanas, o tres, no estoy seguro. Escucho el motor de la camioneta destartalada de Vidal que otra vez se detiene en la entrada de la quinta. Del lado del acompañante baja Paula.

Los espero con la puerta abierta, les evito la molestia de tener que golpear. Caigo en la cuenta de lo mal que me hace verlos, de cuánto me doblegan solamente con estar. Levanto los brazos como si se tratara de un asalto, me rindo. Cuando están cerca, moviendo los labios, descubro que no los escucho, que apenas puedo adivinar lo que están tratando de decirme. Retrocedo y me dejo caer en una de las sillas. Vidal se queda parado en el umbral de la puerta, Paula viene hacia mí y se sienta en mis piernas, puedo verla haciéndolo pero lo mismo sería que se me posara una pluma de pájaro sobre el pantalón. Los papeles, mi amor, los papeles, no importan los papeles, llego a leer en los labios de Paula con el ojo izquierdo. La veo juntar los dedos de sus manos para apoyarlos sobre mis mejillas, pero no respiro su aliento ni me mojan las lágrimas que le enturbian los ojos. Me miro los dedos asustado, los muevo para saber si estoy vivo, los muevo y estoy recorriendo con ellos la espalda desnuda de la mujer esquimal, que está tendida boca abajo, con la cabeza de costado mirándome hacer. Respiro en su pelo los olores de la leña quemada. La paz que irradia toca todo lo que nos rodea. Mi mujer esquimal me susurra cosas en un idioma que no entiendo, la estoy escuchando y ahora todos mis sentidos viven acá, en esta casucha de maderas naranjas donde no hay más lugar que para nosotros dos. Me duermo con el rostro hundido entre sus cabellos negros y tupidos.

El calor húmedo me despierta. No quedan rastros del fuego, no lo escucho crepitar ni me llega el aroma a ahumado que antes me colmaba la nariz. No me animo a abrir los ojos, ninguno de los dos. Hasta que me decido a empezar por el derecho, confiado en que me va a mostrar a la mujer esquimal, dormida, o quizás contemplándome en silencio. Pero aparecen las formas que dibujan los nudos en la madera. Aparecen las vigas, el ventilador de techo muerto. Y adelante, la ventana hasta la que llegan las copas de los árboles más viejos de la quinta. No tiene sentido dilatar más el momento, abro el ojo izquierdo y giro la cabeza. Los dos me muestran una única escena, la de Paula vestida, de espaldas a mí, durmiendo al otro lado de la cama.


MARTÍN CASCANTE (Buenos Aires, 1975) Es economista, profesión bajo la que ha escrito trabajos de investigación y dictado conferencias en Argentina y en el exterior. Tiene estudios en literatura, su vocación, y se formó como escritor en el taller de Vera Giaconi. Fue finalista en concursos de cuentos en España y Argentina.

La noche en otra parte es su primer libro de cuentos, distinguido con el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, de manos de un jurado compuesto por Carlos Chernov, Ana María Shua y Liliana Heker; y publicado por la editorial La Parte Maldita (Buenos Aires, 2018)


Imagen: Obra de Tamuna Sirbiladzehttp (www.charimgalerie.at)

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