La práctica del zen es difícil

Miguel Sardegna

Hoy se cumplen cinco años desde el día en que el japonés empezó a sacarme sus fotos, en una esquina del barrio de geishas más famoso de Kioto.
La mañana había comenzado igual de accidentada que todas las de aquel viaje. Tanto a Mariana como a mí nos costaba interpretar el mapa que nos había dado el encargado del “Sakura”, con sus abreviaturas orientales y su escala despareja de otro mundo. Pero finalmente habíamos logrado encontrar el legendario Gion Kobu. Casas con zócalos de bambú, el puente, los cerezos. Del lado del río, los árboles asomaban hacia afuera desde la ventana misma de la sala de estar, entre esterillas. Habían diseñado el barrio de geishas respetando la geografía preexistente.
Teníamos la esperanza de cruzarnos en la calle con auténticas geishas, sus caras blancas y sus peinados ampulosos. Llevábamos semanas ilusionados con tomar el té con ellas y sorprenderlas haciendo lo mismo que cualquier hijo de vecino. Nos reíamos inventándoles actividades cotidianas.
—¿Te las imaginás con la bolsa del súper, o sacando la basura?
Pero no, ahora que estábamos ahí, no había nada. Ni geishas, ni japonesas de civil, ni cosa parecida. Ni siquiera turistas occidentales. El entusiasmo se convertía de a poco en desazón. Incluso ya nos dolían los pies. En esas vacaciones descubrimos que el hastío siempre arrancaba por los pies.
Y lo peor: nos habíamos perdido, una vez más. Nuestro mapa concentraba el distrito de las geishas en cuatro manzanas irregulares, pero las casitas de madera —que para ese momento también imaginábamos vacías—  seguían apareciendo a un lado y a otro. Me arrepentí de haber dejado el chip de mi celular en Buenos Aires. Había preferido quedarme sin Internet ni gps y no arriesgarme a que me mataran con el roaming en el resumen de la tarjeta.
No sabíamos cómo regresar a nuestra incómoda habitación de dos por dos en el “Sakura”, pero no le dimos muchas vueltas y echamos mano de la mejor estrategia que conocíamos: abrimos el mapa, lo desplegamos bien grande, y pusimos cara compungida. Esa tontería ya había demostrado su eficacia. Cuando uno abre un mapa en Japón, los lugareños se sienten compelidos —sí, compelidos, por extraño que parezca— a acercarse y ofrecer ayuda. Esa persona perdida delante de ellos se les ha transformado en un problema que no podrán olvidar en todo el día; una pesadilla que los perseguirá implacable, si no la conjuran de inmediato.
Con el mapa desplegado, mágicamente apareció él, a escasos metros, en la esquina. Nuestro salvador era japonés, desde luego. Pero no se movía. Nos miraba fijo.
—Viene —le dije a Mariana—. Vas a ver que viene hasta acá, a ayudarnos.
Siempre con gestos teatrales, moví el mapa de un lado a otro; lo puse al revés, patas para arriba, lo cerré y volví a abrirlo. De reojo lo miraba a él, esperando que se decidiera.
De pronto sacó su cámara de fotos como quien desenfunda un revólver. Con un movimiento brusco nos apuntó y nos tomó una foto. Recién entonces sonrió. Sonreímos también nosotros, aunque incómodos. Era evidente que no le interesaba ayudarnos: habíamos dado con el único japonés sin cargo de conciencia en todo el Imperio.
Nos tomó otra foto y otra y otra más. Su cámara —una Nikon monstruosa, con uno de esos lentes que lo hacen a uno avergonzarse de la cámara propia— le colgaba del cuello, con la correa extendida. Ni siquiera se la subía a la cara. La disparaba a toda velocidad, como si no quisiera desperdiciar la oportunidad única de eternizar a una exótica pareja de latinoamericanos. El japonés se limitaba a apretar el botoncito de sacar fotos, aparentemente sin prestarle atención al encuadre, a la luz, al movimiento: todas esas minucias que nos atormentaban a Mariana y a mí, y que ya nos habían provocado más de una discusión.
Lo sobrepasamos, lo dejamos atrás, no tenía sentido seguir con el jueguito del mapa. No me atreví a mirar por encima del hombro, pero sabía que nos seguía fotografiando.

Todavía hablábamos del japonés de las fotos, cuando descubrimos cómo volver. Discutíamos por no habernos detenido, por no haberle ofrecido un buen encuadre para su foto “pintoresca”, por no preguntarle dónde prefería que nos ubicáramos.
En definitiva, a nosotros también nos había sucedido lo mismo. ¿Por qué no se había mostrado cortés el día anterior el japonés que recitaba sutras en el Pabellón de Oro? Nunca había dejado de mirar al altar, nos había dado la espalda todo el tiempo, despreciándonos. O las japonesitas que caminaban por las calles de Nikko, envueltas en sus bellos kimonos multicolores. Hubiera sido lindo que nos dejaran fotografiarlas sin apuros, sin el estigma que lleva toda foto robada, sin la torpeza del que sabe que no puede perder tiempo porque pronto vendrá algún desvergonzado a cruzarse y ya no habrá foto posible.
Nunca se me ocurrió que esa misma tarde volvería a ver al japonés de las fotos. Fue en el templo Sanjusangendo, en el Pabellón de los Mil Budas. Lo reconocimos entre la multitud, con su cámara. Me indigné: estaba prohibido sacar fotos ahí. Quise gritarle: “Señor, ¿no ve los cartelitos? Nada de fotos acá. Vaya y cómprese una postal”. Pero nunca me entendería, y mi japonés es muy rudimentario: apenas sé los números, los cuantificadores, alguna frase inútil del estilo de “El señor Santos es empleado de una compañía” o “Esto es una revista de deportes”. ¿De qué me podían servir esas palabras cuando lo que quería decirle es que dejara de sacar fotos? Opté por poner mi mejor cara de reproche, frunciendo el ceño de manera exagerada, como los personajes de los dibujitos japoneses. No me debe haber entendido: siguió disparándonos fotos. Y, para colmo, con la anuencia de los cuidadores del templo, a quienes parecía no importarles esa infracción tan flagrante a su estricto código de “protección cultural”.
Mariana empezó a molestarse:
—Hacé algo —me dijo—, nos sigue sacando fotos. Encima tengo la misma ropa que ayer.

Y lo vimos una vez más en Osaka. Y en Kamakura. Y también en Tokio. Desde entonces, el japonés continúa sacándonos fotos. Sacándome fotos, en realidad: es a mí a quién siguió a Buenos Aires, no a Mariana. No quería confesar esto, pero ella me dejó a los pocos días de volver a la rutina de siempre, con su hastío laboral y los almuerzos rápidos en el microcentro. Surgió como un juego, casi como un experimento: “Separémonos”, me dijo una vez, cansada del japonés que nos sacaba fotos desde una mesa cercana, en el bodegón de la esquina de casa. El tuco de los sorrentinos le enchastraba la boca, y los clics de la cámara se oían como truenos. “A ver cómo se las arregla si no estamos juntos. No puede seguirnos a los dos, ¿no?”.
Accedí, su lógica era irreprochable. Y nos separamos. Se mudó a lo de su madre y nunca más volvió. Descubrimos que solo yo le importo al japonés; que ella es libre, tan libre como antes del fatídico viaje. Siempre supe que teníamos razones para no viajar a Japón.
Muchas veces me he preguntado por qué el fotógrafo se las agarró conmigo, un porteño sin nada especial. Que yo sepa, jamás hizo otra cosa en estos cinco años que sacarme fotos. Cada mañana me acompaña al trabajo, me mira desde el visor de la cámara. Y dispara. Y dispara. Mientras, desde mi escritorio, yo me esmero sacando expedientes administrativos. Incluso me acompaña a casa, caminando apenas unos pasos delante de mí, y siempre disparando.
Pienso a menudo en esa costumbre que tanto se ha extendido, este último tiempo, de colocar cámaras en cualquier negocio. Incluso en los quioscos más pequeños tropiezo con carteles de “Sonría, los estamos filmando”. Vigilancia constante con el pretexto de nuestra propia seguridad.
Pero lo de este japonés es todavía peor. A veces imagino sus fotos como constantes paraguazos en la cabeza. Leves golpes indoloros, pero infinitamente molestos.
Cada vez salgo menos. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Vivo con las persianas bajas. Varias veces reconocí el flash de su cámara colándose entre las hendijas.
Alguna vez pensé en encajarle un trompazo al japonés. ¿Pero qué conseguiría? La policía se la agarraría conmigo. Todos tomarían partido por el japonés: es tan calladito que cae simpático.
En los primeros tiempos, en la oficina se reían de mí, con sus dentaduras iluminadas por los disparos del japonés. Al menos ya no le dan importancia, se acostumbraron. Los de seguridad hasta le convidan mate. Claro que él nunca acepta; lo rechaza sin una palabra, apenas moviendo la mano como esos gatitos de la suerte. ¿Cómo se llaman esas cosas? ¿Maneki neko? El caso es que el japonés sigue sacándome fotos mientras simula escuchar las anécdotas triviales de los uniformados. Ellos me aseguran que es bueno escuchando, que siempre les presta atención.
Mi jefe no es tan tolerante. Me amonestó un par de veces. Me explicó que no debo llevar asuntos personales al trabajo, que debo ser solidario con mis compañeros. Intenté decirle que yo no tengo la culpa, que el japonés me sigue a todos lados con su bendita cámara. No hubo caso. Los jefes nunca entienden nada.
También me advirtieron mis compañeros que cada día voy más desaliñado.
—Aprendé del guía —dijo el gordo Fernández, señalando con el pulgar al inmaculado japonés—. Ni una arruguita.
Es cierto: en tanto mi perseguidor resplandece de pulcritud, mi traje se ha vuelto un verdadero despojo, muy lejos de esos sacos planchados al vapor, o de las camisas con aroma a lavanda. Ellos creen que ya no me preocupa mi imagen, que no me interesa el qué dirán. Ignoran la verdad: cierta vez que llevaba mis trajes a la tintorería, reconocí una sonrisa cómplice entre mi japonés y el tintorero; también japonés, de más está aclararlo. Algo tramaban con mis cosas. Soy más vivo que ellos: nunca volví. También pesco sonrisas raras entre mis compañeros de oficina y el japonés. Traman algo. Todos traman algo. Lo sé. Debo mantenerme alerta.
Extraño a Mariana. Mi Mariana. Mi Maru. Mi maruchancita. Sin ella me siento solo. ¡Qué rico café preparaba por la mañana! ¿Con quién tomará café ahora? ¿Será expreso, como el de casa? ¿O preferirá el té verde? Pobre, no lo soportó.
Por lo menos lo tengo al japonés cuando necesito hablar. Aunque odio esas fotos en la que salgo con la boca abierta, en mitad de una palabra.
Mariana no sabe que uno a la familia no la elige. Hay quienes tienen tíos borrachos, primas solteronas y malhumoradas. Yo tengo a un japonés en la familia. Y un hombre de bien debe aceptar la familia que le ha tocado en suerte, llevarse lo mejor posible, con sus defectos y virtudes.


MIGUEL SARDEGNA nació en 1978 en Buenos Aires. Es abogado, docente universitario y jugador de ajedrez. Publicó el libro de cuentos Horario de oficina, en la colección Exposición de la actual narrativa rioplatense y Hojas que caen sobre otras hojas, en la editorial Conejos. Ese libro obtuvo el Primer Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires en la categoría libro de cuentos inédito, bienio 2010-2011. Sufrió los cambios naturales que le imprime el paso del tiempo antes de ser publicado por Conejos en 2017. Su novela Los años tristes de Kawabata obtuvo la Primera Mención en el Premio Clarín de Novela 2016.

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