El denario

Octavio Armand

Tomo un café con Septimio Severo en la Pastelería Danubio, acá en Santa Rosa de Lima.

Nacido en el 146 d.C. y emperador entre el 193 y el 211, fecha de su muerte, probablemente por envenenamiento; sucesor de Cómodo y Pertinax, ambos asesinados; padre de Caracalla y Geta, también asesinados -- Geta por su propio hermano mayor; Septimio Severo creó una nueva tesorería imperial y embelleció a Roma y muchas otras ciudades del vasto imperio. Lo tengo frente a mí en un denario que ayer mismo me trajeron de Hispania.

Perfectamente centrado en el metal, majestuoso, sereno, deja adivinar los reconocidos logros de su gestión, nada de la violencia que lo acercó al trono y al veneno. Me intriga su impavidez. Me desconcierta. Ha despertado una vez más mi pasión por los horizontes del pasado, que data de la infancia y que probablemente refleja un desapego -- por decir lo poco -- a la circunstancia inmediata y al presente.

Estoy en Santa Rosa de Lima pero por instantes -- ¿nanosegundos? ¿acaso importa? ¿no será nuestra eternidad un nanosegundo para los dioses? -- me desplazo en el espacio y el tiempo. Gran parte del hechizo que siempre he sentido en los objetos antiguos se debe precisamente a la capacidad que tienen para transformar lo inmediato, desfigurarlo, hasta producir una dislocación; remontándome así a épocas pluscuamperfectas, desconocidas, apenas intuidas, pero que me cuentan, como a Manrique, de un tiempo pasado que fue mejor: entiéndase más heroico, más abundante en sabiduría y belleza; o por el contrario más sangriento, más intolerante, brutal no solo por sus tiranos sino por las masas envilecidas que los vitorean en el circo entre mil despedazamientos y muertes.

Septimio Severo en el brillo de la plata me habla de todo eso. Veo su rostro de perfil; nítidos el bigote, la barba, las patillas; los crespos de la cabellera sobresalientes, escultóricos casi, palpables círculos alrededor de mínimas concavidades, que sugieren los ojos vaciados de la estatuaria. Increíble: hay pequeñas sombras en el interior de estos crespos, el único vestigio de interioridad en el rostro amurallado como una ciudad antigua entre las inscripciones y el margen de metal, pues la mirada, de perfil, no deja conocer del emperador más que su autoridad. Me fijo bien y noto en la mirada cierto asomo de interioridad: como en la estatuaria, el iris es un mínimo vacío y por lo tanto, aunque infinitesimal, una sombra. La pupila, así, está sorprendentemente viva: es negra.

La geometría encrespa la cabellera del emperador, como si Euclides mismo hubiera sido su estilista o su barbero. Y en la perfección geométrica de esos bucles, en el área imposible de medir de esos círculos peinados por la matemática y el pi que se pierde en lo infinitesimal, como gotas en cuencos liliputienses, se acumulan exquisitas, casi palpables sombras. No todo es brillo en la moneda, no todo es ras y superficie. Hay estas como entradas a cavernas o laberintos que invitan más allá de la autoridad imperial hacia los pensamientos o pesadillas del hombre que ahora parece a punto de abandonar su perfil y mirarnos -- quizá será aterradora su mirada -- de frente.

La nitidez de estos poros proliferantes dentro de ese otro círculo que es el denario insinúa una cornucopia. Es difícil no intuir un símbolo de abundancia, pues dentro de la plata, en esta pormenorizada y replicada geometrización, la moneda muestra una cantidad de otras monedas -- minúsculas, cóncavas -- que otorgan a la superficie lustrosa un paradójico brillo con sombra. Lo cóncavo que se traduce en plétora provoca una extraña sensación de monumentalidad. Anfiteatro, foso, arena, el denario es un espectáculo de simultáneas y múltiples contiendas. Crece, se multiplica, como Roma.

Reflejado bucle tras bucle, Septimio Severo es un espejo del poderío romano. Cada bucle es una colonia que en pequeña escala repite a la metrópoli: sus dioses, su urbanismo, su ley; y cada denario, un escudo que la protege: un centurión. Las tres dimensiones le dan un aire imponente al emperador, quizá para que sea reconocido por todos sus súbditos y temido por cada uno de ellos. Los minuciosos detalles singularizan la imagen suspendida en el brillo de la plata: este es Lucio Septimio Severo y no otro, dueño del dueño de esta moneda. Fíjate bien, reconócelo, respétalo.

En la acuñación romana, donde quizá esté su origen, el retrato ni seduce ni atrae: impone una distancia. El dinero manoseado nos recuerda en qué manos estamos y nos coloca fuera de su impenetrable círculo. En las monedas griegas el rostro es una idealización y como tal -- como idea -- nace en el diseño que lo preconcibe. Es de metal y mental. Alejandro es Apolo: es un dios. Su perfil nos dice que es divino pero no nos dibuja su humanidad: no estamos frente a un hombre sino de cara al mismo sol. El brillo de la moneda es solar. Trátese de una estátera o una tetradracma, ese brillo que lo nimba, y que luego en el arte bizantino veremos tras el Cristo y los emperadores en los mosaicos, frescos y por supuesto en los sólidos, es la luz, el rayo de luz, un trozo de sol que el estado coloca en nuestras manos para que podamos comprar las necesidades del día y los placeres de la noche. Ese sol es vino como es sol la viña y la uva y luego el tinto que compramos y bebemos. Eso que para los cristianos será sangre del Cristo fue primero, en el espléndido mundo pagano, rayos de sol, luz, fuego.

En la moneda romana se enaltece la autoridad pero se muestra con rigurosa exactitud su rostro. A pesar de la deificación de algunos emperadores, sus rasgos no son sacrificados al ideal: la cara no es máscara ni idea. No es posible confundir a Nerón o Julio César con Septimio Severo. Cada uno está fielmente retratado. Para que se logre a cabalidad el retrato solo falta la mirada como imagen de lo invisible, o sea el carácter, la personalidad.

Aquí se destaca fundamentalmente -- y es eso lo que interesa -- la autoridad, la radiante
personificación del estado, que se muestra pero no se expone. En el perfil se evita la mirada frontal, acaso reveladora o al menos insinuante de un mundo interior susceptible a dudas, deseos, y otras mil debilidades. El metal, su brillo, contribuye a que nos quedemos en la superficie, como excluidos y lejos, muy lejos de la impenetrable intimidad de ese señor que vemos pero que nunca se rebajará tanto como para enfocarnos y mirarnos de frente: podemos estar a solas con el denario, no tutearlo.

Es muy probable también que se acuñaran exclusivamente perfiles en previsión del desgaste ocasionado por la circulación de la moneda. Un rostro de frente, al perder pómulo, cejas, boca, nariz, sería absolutamente irreconocible. Pero el desgaste nunca borra enteramente al perfil: la célebre nariz de los Habsburgo, en un real o un escudo, será siempre tan elocuente -- o casi -- como aquella que en el poema de Quevedo tiene un hombre pegado.

Los emperadores bizantinos, sin embargo, aparecen retratados de frente en sus sólidos. ¿Por qué? ¿Por qué el Imperio, al desplazarse hacia el este, se volteó hacia nosotros? ¿Qué no se insinuará ahí, así, de la conversión romana al cristianismo, de su debilidad y eventual decadencia? Los emperadores del Este, tras la conversión de Constantino, nos dan la cara en sus sólidos, ¿se trata, acaso, de poner la otra mejilla? Se pasa del perfil de Apolo, a quien no es posible sostenerle la mirada, pues no se puede mirar al sol de frente, a la frontalidad del Cristo en la cruz: no solo vemos cara a cara a este pobre dios sino que debemos apiadarnos de él.

Toco el denario: la monumentalidad romana, para su mayor gloria, se contradice en esta miniatura. Espectacular profusión de detalles en diecisiete milímetros: un perfil con sus bucles, ceja, pómulo, párpados, pupila, y aureolado por la inscripción. El retrato en sí ocupa apenas nueve de esos diecisiete milímetros pero me da la sensación de un mapa en relieve: el vasto imperio, desde el muro de Adriano en el norte hasta el afilado tridente del último gladiador en la arena ensangrentada, cabe en milímetros.

No es necesario ser Proust para sentir, como él sintió, la magia de los objetos. Sobre todo objetos que tras siglos o milenios de abundar en la sombra ponen como una copa rebosante su peso en nuestras manos. La punta afilada del tridente centellea en el denario y de repente entreveo en Septimio Severo al radiante señor de Sipán, como si siguiera entre los siglos II y III pero en otro paisaje.

En las vasijas mochica los retratos poseen una tridimensionalidad absolutamente naturalista: la dimensión y el detalle nos colocan ante un rostro único, casi vivo, que tiene mirada y hasta piel. Tocamos la frente o la mejilla de un guerrero, o un prisionero, o un ciego. ¿Quién resulta más ajeno, o mejor quién resulta menos ajeno, el romano o el mochica? El mochica sin duda: siento que me habla, aunque no entienda nada de su lengua ni su cultura. Del romano solo entiendo su lengua muerta y su cultura: él ni me mira ni me habla. En ambos casos estoy solo pero mi soledad es enorme, tan grande que no me aterra. Por un instante -- lo pienso, no sé si me lo creo -- he sido romano y mochica y he estado tan solo como ellos en su señorío.

Me dan ganas de pagar el café con el denario de Septimio Severo, como si estuviéramos en Roma y la moneda todavía fuera intensamente romana, y no mía ni tuya sino del propio Emperador que conocía al Danubio como río y antigua frontera y nunca en este Danubio ni en ningún otro sitio probó café.

¿Cómo reaccionaría la cajera? El denario, para ella, no es dinero. Para mí tampoco. Ironía: el dinero deja de ser dinero cuando tiene tanto valor que no tiene precio. Las monedas y los huacos, me dice el amigo que es mi anverso o mi reverso, cuestan más pero valen menos en las galerías que en el tesoro o la tumba. Porque mientras más gente tenga en su poder el objeto cargado de magia menos va quedando de esta, contaminada, digámoslo así, por el dominio de sucesivos y como eslabonados dueños. Evitar esta cadena es acercarse al origen, trasladarse en espacio y tiempo, casi como para recibir de las propias manos de un señor romano o mochica algo exclusivamente suyo, personal de perfil y de frente y como imantado por su presencia.

El sentido mágico del objeto se me confunde con el sentido mágico de la palabra que tuvieron los cátaros y heredaron los simbolistas y está como oblicua poética en La lámpara maravillosa tanto como en los manifiestos surrealistas y vivo en cada poema que en cada sílaba resume al lenguaje. Tan vivo como el emperador cuyos bucles de plata la brisa acaba de deshacer.

Pago con bolívares y regreso a casa con el imperio.

Caracas, 8 de diciembre 2006


OCTAVIO ARMAND (Guantánamo, Cuba, 1946) En poesía, algunos de los libros publicados son: Clinamen (Kalathos, Caracas, 2011); Biografía para feacios (Pre-Textos, Madrid, 1980) y Cosas pasan (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977). En ensayo, Horizontes de juguete (Tsé-tsé Editores, Buenos Aires, 2008), El aliento del dragón (Casa de la poesía Pérez Bonalde, Caracas, 2005) o Superficies (Monte Ávila Editores, Caracas, 1980).
Recientemente aparecieron en Madrid sus memorias El ocho cubano (Efory Atocha Ediciones, al cuidado del poeta Santiago Méndez Alpízar) sello bajo el cual también apareció un estudio sobre su poesía titulado Octavio Armand contra sí mismo, de Johan Gotera.
Las referencias de García Vega sobre Armand se encuentran en Los años de Orígenes (Monte Ávila, Caracas, 1979; reeditado en Buenos Aires por Bajo La Luna, 2007) y en El oficio de perder (Ediciones Espuela de plata, Sevilla, 2005).

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