CRUDAS. Selección de poemas

Paz Busquet

¿CÓMO MUERE UN AGUILUCHO?

El aguilucho impacta
en el parabrisas y astilla el vidrio.
El centro redondo del golpe
ocurre al costado de otro círculo más grande.
Se abren rajaduras como rayos.
Se dibuja esa historia en pedazos
diminutos de cristal.
¿Cómo muere un aguilucho?
¿Se apaga de a poco
hasta el final rígido del cuerpo
que ya no se mueve?
¿Se rompen sus sistemas?
¿Estallan los órganos y los ojos
en el impacto?
¿Se muere igual que vos?
¿Que un hermano, un genocida,
una nena en el invierno?
¿Que un viejo, una víbora,
un niño padre, un niño negro?


 

250 PATOS

Martín pone trampas
para completar el sueldo del padre.
Entra a la laguna, recorre los pozos
con la helada hasta los muslos.
Vende el cuero 2,50 sin pelar 4,50 peladas.
La trampa lastima a la nutria,
agoniza toda la noche.

Aunque en la cacería de los pateros
no hay sangre, no todo termina con la bala.
Una vez los vi: 250 patos, dos horas.
Necesitaron tres fotos para incluir
a todos sus muertos.


 

EL VIAJE AL PUEBLO A CABALLO

Fuimos al pueblo a caballo, a buscar
la casa en la que te concibieron.
Dijiste: Desde ese banco mi abuelo ciego
miraba las vías del tren.

La casa estaba en ruinas.
Recorrimos los presuntos cuartos.
Sacamos fotos a los espacios ausentes:
una cama allá, una mesa acá
y la bañadera al fondo.

Resultó que fotografiamos la casa de al lado.
Da igual, son relatos.

Y todo empieza con un error.


 

VOCES

De chica escribía cartas a mis hermanas,
me hacía pasar por seres.
Les dejaba fotos, regalos, historias.
Mentía para ellas, llegué a robar.
Nadie me había pedido nada,
y sin embargo... esperaba encontrar
los seres que había inventado,
que las miles de cartas fueran ciertas.

No sé por qué busqué extraños
que hicieran hablar a mis voces,
rincones donde esconder deseos
ajenos presentes todos en mí,
si para salvarme de la multiplicidad
o para no privar a mis hermanas
del poder de la correspondencia.


 

OLVIDO

En el monte hicimos fuego
y me quemé. El dedo ardía y ardía.
Entonces escuché tu grito.
Te caíste y se abrió tu pierna en el muslo.
Te dormiste, tu mejilla apoyada en el pasto.
Soplé y soplé. No quise que las moscas
comieran del tajo. Te canté
nanas de cuna y te cosí.
Del sueño no recordabas arder,
sufrir el corte.
Tampoco yo volví.


 

NACIDAS

Mi madre, la mujer de pechos blancos.
¿Te los imaginabas así?, pregunta.
Quiero probar la leche que le das a mi hermana.

Traigo un vaso y mamá ordeña su pecho
y mi hermana y yo comemos.

Y tus manos y tu mesa y el banquete
se derraman.


 

Y YO SIN RITUAL

El chico nuevo, el flaquito
que preguntó dónde acomodar las cosas
el papel higiénico, la cuna rosa
las sábanas en cuotas de su bebé.
Llegó con la hija entre brazos
en la mano agarrada la de su mujer.
Recién papá, recién casado.
El mismo que se cayó pialando,
golpeó, rebotó todo el cráneo en el poste.
¿Te acordás o no del cabezón?
La frente violeta roja como la piel
de la liebre abierta por la bala
el pelo manchado con sangre, se pega
espesa y endurece el coágulo.
Tan joven y sin experiencia
no quiere perder la primera vez que
trabaja y la primera mujer,
el primer hijo primer moretón.
Una caída única chico nuevo.
Papá. Los colores de ese hematoma,
la cabeza en la almohada
el olor limpio de las sábanas blancas.
Y yo sin ritual, sin religión.


PAZ BUSQUET. 1985. Nació en Buenos Aires en Agosto de 1985. Es Licenciada y Profesora en Comunicación Social por la UBA. Publicó poemas en la antología Marisma I (Melón, 2013) y escribió para la revista El Pasajero. Actualmente trabaja como docente y como investigadora en el Instituto Gino Germani. Crudas es su primer libro de poemas.


Foto. Audisea

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